17 de mayo 2001 - 00:00

De la Rúa sufre dedo letal de un Alfonsín E.T.

El hombre que más aumenta el riesgo-país de la Argentina, como se sabe, es Raúl Alfonsín (sobre todo desde que Carlos Chacho Alvarez se declaró desaparecido o en ausencia). Del lado político, claro, porque los desatinos económicos siempre los cometen otros. Pero anteanoche, como hacía tiempo que no saturaba el amperímetro del riesgo-país, Alfonsín se despachó desde Brasil contra el ministro de Economía, Domingo Cavallo -justo él quien siempre le reprochó a Cavallo su incontinencia verbal cuando hablaba desde el exterior-, y de paso objetó la ley de crédito público como si fuera un objeto del demonio (como se sabe, todo lo opuesto al pensamiento del ex mandatario proviene de Lucifer).

Su mensaje excluyente no fue inútil: impactó en el corazón de Fernando de la Rúa, quien adhería al proyecto de pagar títulos con coparticipación desde hace varios meses, pero se paralizó luego del pronunciamiento de su jefe partidario y, con una verónica típica, se distanció de la ley y le transfirió la responsabilidad exclusiva a Economía, como si ese ministerio perteneciera a otro país no debería sorprender porque con la misma prescindencia se pronunció el mandatario sobre el nonato ajuste fiscal de Ricardo López Murphy. En suma, el gobierno se aparta de un proyecto propio para no complicarse políticamente en el radicalismo con la tonta e increíble excusa de que «no era tan importante». Si así fuera, ¿para qué lo impulsaron, convencieron a la oposición, gastaron tiempo y energía en ese emprendimiento y, sobre todo, promovieron la idea de que habría una segura baja de tasas y una tentación para inversores? Un dislate.

Gracias a Alfonsín habrá que admitir: con su dedo de E.T. más que iluminar, sepulta antes que iluminar. De nada valió que dos días antes almorzara con Cavallo y el Presidente e insinuase en esa reunión alguna comprensión a la norma enviada al Congreso. Después evaluó que esa aprobación no era conveniente para su interés electoral de octubre (compite para senador en Buenos Aires contra Eduardo Duhalde). No le podía obsequiar a su oponente una ley que éste ya había denostado (a pesar de que vaya con el cavallismo a los comicios) y, sobre todo, deseaba calmar a sus asistentes bonaerenses Leopoldo Moreau, Federico Storani y Juan Manuel Casella, quienes por supuesto imaginan el proyecto de Crédito Público como una «entrega». No en vano pegan carteles diciendo que son «radicales, populares y progresistas». Con esa declaración Alfonsín también mantiene el tutelaje ideológico sobre quien lo admira casi idílicamente y, por estas actitudes, duplica su amor: Elisa Carrió.Y, por si le faltara una fantasía, envía un mensaje paternal a los dirigentes del Frepaso, ovejas sin pastor.

El odio a Cavallo del ex mandatario -que tiene, claro, una comprensible historia-se incrementa en los últimos días no sólo por esta ley sino porque se le quiere infiltrar en el partido integrando listas capitalinas y, también, porque el ministro se interesó en que la Argentina pudiera lograr un acuerdo económico con los Estados Unidos. Eso, como se sabe, es pecado en la biblia alfonsinista, sobre todo si afecta el Mercosur que él hubo de inicialar y al que todavía observa como panacea del país por la sencilla razón de que es la única criatura engendrada en su gobierno, que aún respira. Se le murieron el austral, Viedma, el Punto Final, etcétera. Además del pacto de gerontes que mantiene con José Sarney, alguien que para el Brasil será tan inolvidable como Alfonsín para la Argentina.

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