Fernando de la Rúa y CarlosChacho Alvarez podrán reunirse o dejar de hacerlo en las próximas horas.Probablemente no lo hagan, pero, si eso sucede, será por la razón que dio elsecretario privado, Ricardo Ostuni: «Se tienen un afecto entrañable». Ostuni esmás poeta que político, es decir, un sentimental. Pero su jefe y el exvicepresidente no tiene un problema del corazón sino de poder, que está lejosde resolverse. Tanto es así que se decidió crear una comisión para disimularque en las alturas no hay novedades. Si el acuerdo se muestra esquivo es porqueninguno de los dos protagonistas tiene en claro su conveniencia. En especial Dela Rúa.
El Presidente advirtió hacetiempo que la disidencia de Alvarez no está definida dentro de los límites deun conflicto específico. En un principio, el vice-presidente parecía reducirsus quejas al episodio de las presuntas coimas del Senado. Ansioso por lalentitud de la Justicia -o acaso escéptico acerca de lo que pueda resultar dela investigación-se abrazó a la práctica del «escrache»: apuntó contra AlbertoFlamarique, José Genoud y Fernando de Santibañes. Los acusó de estar sometidosa un inconveniente desgaste público, lo que sería una buena razón pararenunciar si no fuera porque ese desgaste lo produjo, de antemano, quien losquiere desalojar del poder. En derecho eso se llama «preconstituir la prueba»pero, es sabido, los «escraches» los llevan adelante quienes no confían en elderecho o aquellos a quienes se les ha negado la vía judicial. Alvarez pareceincluirse entre los primeros, salvo en el caso de Mary Sánchez y las denunciaspor presuntos sobornos cobrados en el instituto de mutuales, donde su criterioes «que investigue el juez», igual que pretendía el jefe de Estado para el casodel Senado.
En un primer momento, De laRúa supuso que su segundo había confeccionado un pliego de condiciones previasa la renovación del contrato de la Alianza. Satisfechas esas condiciones,Alvarez bendeciría de nuevo la unidad familiar. Acaso por eso entregó aFlamarique y a Genoud. Sin embargo, en los últimos días comenzó a dudar de esaforma de ver las cosas. Sospecha que el jefe del Frepaso inició un proceso dediferenciación sin término preciso y que, por lo tanto, de nada sirve atender asus requerimientos, que pueden resultar infinitos. Alvarez colaboró bastantecon esa presunción. Como él mismo definió -autocalificándose de historiador-,«hay que transformar el acontecimiento en proceso». Esto quiere decir que no setrata de resolver el entredicho sobre el Senado y las supuestas coimas sino deimprimirles al gobierno y a la relación de De la Rúa con el Frepaso una lógicadistinta de la que el Presidente vino cultivando hasta ahora. De allí que enOlivos se frenó la alternativa de dejar a De Santiba-ñes fuera de laadministración, con la sospecha de que el jefe de la SIDE no es la últimafrontera que pretende alcanzar Chacho con sus disidencias.
Actitudes
Alvarez confirmó esapresunción al decir que «el problema (con De la Rúa) no está en la renuncia deDe Santibañes, por más que sería un símbolo fuerte; se trata de un cambio deactitudes». El problema, está claro, es el Presidente. («Después de DeSantibañes irán por Antonio -el hijo del mandatario-y finalmente por Fernando»,comentó en Olivos, el viernes, uno de los más íntimos colaboradores de De laRúa.) Es lógico que, entonces, el mandatario no esté convencido de avanzarhacia el acuerdo que le propone su ex socio. Si bien Raúl Alfonsín y casi todala UCR piensan que debe favorecerse la entrada de dirigentes del Frepaso a lasegunda línea del gobierno para comprometerlo más con el oficialismo -y para notener que ir con el viejo sello radical a las elecciones del año que viene-, elmandatario sigue dudando: ¿y si esas incorporaciones sólo sirven para saciar elhambre de cargos del «chachismo»? En otras palabras: ¿quién asegura que, paratramitar una nueva presión, Alvarez no dará la orden de dejar el barco a todala segunda línea que ahora se piensa en sumar a la administración? Hasta anochese seguía hablando de designar a Nilda Garré como viceministra de Justicia(aquilató una enorme experiencia al lado de don Vicente Saadi, cuando trabajabacon él en el Senado durante los '80); a Rodolfo Rodil como segundo de FedericoStorani; a Marcos Makón como vice del jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, y aAlejandro Peyrou en alguna oficina del Palacio de Hacienda. Otros ministeriosse quedarían sin el aporte del Fre-paso, salvo que Adalberto RodríguezGiavarini, por ejemplo, decida reemplazar a su «alter ego», Horacio Chighizola,por algún colaborador de Alvarez o que Ricardo López Murphy acepte a unestratega de Chacho para manejar a las Fuerzas Armadas.
Toda esta «ingeniería» -enla Casa del Frente jamás la llamarían «reparto»- está en veremos y quien máscontribuyó a que De la Rúa desconfíe de ella fue, paradójicamente, Alfonsín. Sidesde el propio radicalismo, en un momento de descontento, el jefe de la UCRmandó a sus subordinados (Federico Storani, Federico Polak, etc.) a criticarpúblicamente las decisiones del Presidente sobre el armado del gabinete, ¿quécabe esperar de un Alvarez enojado cuando el gobierno esté plagado de sushombres? También para el ex vice el pacto que se ofrece está en tela de juicio.Cuidadoso de su propia imagen hasta extremos desconocidos, a Chacho le preocupasobremanera desmentir que toda su cruzada y aun su propia renuncia hayan estadodirigidas a mejorar el lote de funcionarios del Frepaso. Es la impresión quepodría quedar si la paz se sella sobre una parva de designaciones. Sin embargo,el partido de Alvarez resulta más sensible que su jefe a ese problema deocupación de espacios. Por eso claman por un ministerio propio, que compense elque perdieron cuando Patricia Bull-rich fue designada en Trabajo. Habrá que versi Alvarez los atiende. No hay que olvidar que en el Frepaso también se quejan,como Chacho con De la Rúa, de las «decisiones inconsultas». El abandono de lavicepresidencia se decidió de madrugada, en la alcoba de «el jefe» y ellos seenteraron por la radio.




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