De la Rúa ya hizo atender a Álvarez por Colombo
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Agotada esa vía, golpeó a la puerta sirviéndose de la mano de Darío Alessandro y, ya desbordado por la necesidad de regresar al primer plano, invitó a tomar un café al jefe de Gabinete Chrystian Colombo para agilizar el trámite de su pedido.
El «Vikingo» consultó con De la Rúa y, el viernes a última hora de la tarde, partió hacia Callao y Bartolomé Mitre para sostener con Alvarez una conversación de una hora y media. Era el encuentro entre dos personas que nunca se llevaron mal pero que, en realidad, se desconocían mutuamente.
Esa ignorancia era peor en el caso del jefe del Frepaso, ya que suele sustituir su falta de información con prejuicios. En este caso, Colombo era para él un ex cuñado de Enrique Nosiglia, amigo de Fernando de Santibañes, integrante del reducido grupo de funcionarios que están en el poder por exclusivo arbitrio del Presidente.
Esa impresión parece haberse borrado el viernes. Colombo llegó con la misión -por cierto reservada- de resolver la pregunta que se formulan en Olivos desde hace meses: «¿Qué quiere Chacho?». En este caso está referida a qué pretende con la entrevista presidencial y, sobre todo, con la carpeta de propuestas que hizo llegar al gobierno y que De la Rúa le hizo analizar a Colombo ¿Es una excusa para dar un portazo? ¿Se trata de otro intento de menoscabar a De la Rúa? ¿Es el boquete por el que ingresaría, más tarde, Domingo Cavallo al gobierno?
Todos estos interrogantes circularon por la cabeza de De la Rúa y fueron un factor para que se demo-rara la definición de la cita.
El método ya se conoce en el gabinete como «la prueba del Vikingo». El mensaje que le llevó a su jefe cuando le informó del encuentro fue del tipo «me gusta/ayuda». Llegó a esa conclusión a partir de la charla. Alvarez comenzó la conversación con una declaración de intenciones: «Elaboré ese documento que les hice llegar para aportar, no para presionar a nadie». Colombo le respondió que hay aspectos de la propuesta que son interesantes para ser analizados e, inclusive, adoptados. Mencionó, concretamente, la «agencia» en la que el ex vice pretende organizar toda la acción social del Estado nacional. Otros aspectos de la relación resultaron más problemáticos en la charla. Chacho se sintió obligado a aclarar sus compromisos con Cavallo. Le dijo al jefe de Gabinete que «yo no estoy presionando pero creo que Cavallo aportaría en el gobierno». Colombo puso allí un límite: «Que aporte o no es una discusión aparte. Lo relevante es que no hay espacio para él dentro del gabinete porque no se plan-tearía un problema respecto de Machinea o de mí sino del propio De la Rúa». Si se detuvieron en ese problema ocupacional, no sucedió lo mismo con el otro, el que afecta al propio Alvarez. Ni una palabra sobre su eventual reincorporación al gobierno, ni siquiera sobre el Consejo Asesor en el que Federico Storani imagina incluir no sólo a Chacho sino también a Alfonsín.
Como si se tratara de un repaso imaginario de la carpeta de Alvarez, una audiencia previa en la cual limar temas conflictivos, Colombo se detuvo también en el Ministerio de la Producción que auspicia el jefe del Frepaso. La ocurrencia cayó en el sector «no ayuda» y así se lo expresó el «Vikingo» a su anfitrión: «Necesariamente hiere a José Luis (Machinea) y hoy no hay elemento objetivo alguno que haga pensar que abandonará el gobierno» se definió, contrariando indirectamente la opinión de Chacho, para quien el ministro de Economía debería ser otro. El acuerdo fue congelar la propuesta de esa nueva cartera.
Por la distancia que había entre ambos, la reunión fue positiva. Al menos es la evaluación que realizaron los protagonistas. Para De la Rúa también, seguramente. Colombo le resolvió otro problema: ahora el Presidente no tendrá que hablar con Alvarez más que de formalidades. Aunque resulte extraño, lo que más le gusta.




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