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La Ley 24.948 de reestructuración de las Fuerzas Armadas, sancionada en marzo de 1998, aprobada por unanimidad en el Congreso, permitió ciertos brotes de modernización institucional, ya que si bien establecía un marco muy general para gestar cambios, daba plazos para que el Ministerio de Defensa propusiera reformas concretas, lo que se fue demorando.
El reciente Decreto 727 -junio 06- reglamentó por fin la Ley 23.554 (con apenas 18 años de demora), pero lo hizo a contramano de su letra y espíritu, y con una metodología de puertas cerradas que obvió toda discusión social. En suma, en materia de Defensa tenemos algunas buenas leyes sin cumplir, y una dosis de decretazo sin mucho consenso político.
Las recurrentes crisis económicas y el desinterés social por la materia nos llevaron a la actual indefensión operativa. Porque no es que falte sólo dinero o equipamiento. Mucho peor: faltan ideas. Por ejemplo, el reemplazo del conscripto por el soldado profesional suponía cambiar el viejo ejército de masas por otro más entrenado, culto y moderno. En Malvinas, frente a una fuerza profesional, educada, entrenada y compacta quedó en evidencia la necesidad de instrumentar este cambio de cultura organizacional. Para completar el desquicio, se puso franca marcha atrás a la modernización educativa iniciada a fines de la década del 80, que apuntaba a sacar al Ejército de su autista cultura cuartelera, y que trató de multiplicar el escueto número de oficiales con título universitario, así como de suboficiales con título técnico en disciplinas llamadas «civiles». Es que tales saberes se han vuelto imprescindibles en el combate moderno, y me refiero a un abanico que comprendedesde las ciencias duras y sociales,hasta las de la administración, así como todas las ingenierías y el manejo de idiomas. Esta fue la base de la llamada Nueva Educación Militar, que se desarrolló en los 90 bajo la asistencia y certificación de calidad de la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), pero hoy, increíblemente, se vuelve a la educación cerrada y castrense del siglo XIX.
El resultado es una contradicción en término: un amorfo ejército de masas, pero sin ellas. Y sin parque, además, porque tras el desguace de nuestras fábricas, ya no fabricamos más nuestro armamento básico de tanques, fusiles y cañones.
La Argentina no tiene ningún imperio, pero sí 2,8 millones de kilómetros cuadrados casi vacíos, un Estado democrático, un nivel de vida aceptable, y una cantidad y calidad casi apabullantes de recursos humanos y naturales muy escasos en el planeta. Durante el siglo XXI, en un mundo superpoblado, caótico y lleno de miseria, ¿se defenderán solos?
(*) General de División retirado, ingeniero militar. Par evaluador de la CONEAU.




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