Diario oficialista adjudica palabras sorprendentes al presidente Kirchner
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Raúl Alfonsín y Roberto Bendini
«Clarín».
«La Nación».
Pero Roberto Lavagna no da aún para tomarlo en serio como candidato. ¿Puede tomarse en serio alguien por ahora sólo impulsado por Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, los dos principales complotados del primer golpe civil anticonstitucional en la historia argentina en 2001 contra Fernando de la Rúa? Además, dos desastrosos administradores del Estado ya que Alfonsín llevó a la primera hiperinflación de la historia argentina y Eduardo Duhalde a manejar tan mal la provincia de Buenos Aires que estableció otro récord histórico: los 4.100 millones de dólares de déficit provincial -vía su heredero Carlos Ruckauf también- más el hundimiento del Banco Provincia, todo lo cual fue el cartel luminoso que anunciaba ¡desastre inminente! y provocó la no menos histórica crisis económico-financiera de 2001, única por su dimensión desde la de 1930.
Que estos dos «históricos» (en desastre, desde ya) que entregaron el país a los brazos de Néstor Kirchner ¿pueden ahora impulsar un nuevo candidato presidencial? Aun cuando el pueblo argentino alarma a veces por su falta de memoria, parece ridículo el esquema de apoyo del ex ministro, aun cuando se mueva del brazo de un buen economista como Jorge Sarghini, ex duhaldista.
El columnista trata de apuntalar a un Lavagna que no quiere formar estructura política sino que se presenta como « candidato de convocatoria», o sea «ruégueme y yo encabezo pero nada más». Poco normal aunque en la columna lo llaman «el primer candidato en serio» que sale a enfrentarlo a Kirchner. Le adjudican, además, ser « apreciado por los empresarios», que no es así salvo en comparación con Guillermo Moreno, obvio. Lavagna es un híbrido nada más que mesurado. El gobierno lo critica porque dice que es «demasiado derechista». Macri y Carrió dicen que es parte del kirchnerismo, o sea que sería de centroizquierda y lo apoyan Alfonsín y Duhalde que son dos populistas, el primero de centroizquierda y el segundo de centroderecha. A todo esto Lavagna es un vivo que desarrolló 40 años de carrera administrativa dentro del Estado, fue entusiasta controlador de precios con el peronismo, jugó de liberal con Carlos Menem y se buscó un cómodo pasar con Fernando de la Rúa en una embajada en Bruselas. Lo único cierto de Roberto Lavagna hoy es que es comodín político para todos. Si va de candidato a presidente en 2007 no tiene agallas para enfrentar a Elisa Carrió que decididamente se presentará. Apenas se dividirán votos para gran negocio político de Néstor Kirchner y señora. Inclusive Lavagna candidato presidencial le puede venir óptimo a Mauricio Macri que ama intentar la conducción de la Capital Federal más segura y no ir a la elección nacional si ya hubiera dos candidatos antikirchneristas. Si Lavagna va por la Capital Federal, a su vez, le acerca un gran negocio a Kirchner restándole votos a cualquiera, inclusive a Macri. Lavagna hoy por hoy «lanzado a algo» es negocio para el oficialismo gobernante. Por eso se atacan sin estocadas a fondo, salvo los gurkas tipo Luis D'Elía y Hugo Moyano. «Soberbio», le dice Felisa Miceli y no sabe si no es en realidad un elogio.
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
El ensayista hizo ayer una exhibición de sus recursos narrativos más conocidos: la etimología, la taxonomía, la comparación. En la nota, Grondona expone lo que, para él, constituye una novedad: no siempre la agresividad de Néstor Kirchner resulta victoriosa. Menciona tres casos para demostrarlo. El primero, el choque con la Iglesia: después de pedir el reemplazo de Antonio Baseotto sin éxito, el Presidente debió volver al tedeum de la Catedral a escuchar en silencio las imprecaciones de Jorge Bergoglio (el año anterior había intentado «boicotear» esa ceremonia realizándola en Santiago del Estero). Segundo: el gobierno debió levantar la veda de las exportaciones de carne cuatro meses antes de lo previsto, exactamente cuando «el campo» se preparaba para declarar un paro nacional. Tercero: Kirchner debió ir marcha atrás con la decisión de enviar a los militares condenados por violaciones a los derechos humanos a cárceles comunes y también con la de suprimir los liceos militares. Habría sido por las manifestaciones de descontento que aparecieron entre uniformados jóvenes, muchos de los cuales no habían siquiera nacido mientras ocurrían los hechos condenados.
Grondona utiliza estos tres ejemplos para demostrar que agresividad no siempre es fuerza, por más que las dos palabras tengan raíces indoeuropeas similares. Al final, el columnista cita a Alexander Kojeve y propone una clasificación entre distintos usos de la autoridad. El que obtiene obediencia por el mérito y el respeto es «autoritativo». Quien procura la obediencia mediante amenazas y subsidios es «autoritario».
Grondona ubica en el primer tipo a Ricardo Lagos y deja la puerta abierta para que Kirchner decida si quiere ocupar el segundo casillero de su esquema.
VERBITSKY, HORACIO.
«Página/ 12».
La columna de ayer parece una caricatura de una columna de Verbitsky. Con fruición hace un repaso de prontuario, una « lista negra» se diría, de algunos de los uniformados que participaron del acto de recuerdo a las víctimas del terrorismo en la plaza San Martín el 24 del mes pasado. Como en un parte de inteligencia interna, Verbitsky hace escarnio público de algunos de los oficiales jóvenes arrestados por concurrir a ese acto quienes, dice, lloraron al conocer sus sanciones. «Recién entonces advirtieron que habían sido usados y que ello les costaría la carrera», dice como si fuera un teleteatro soviético con moraleja escrito para escarmiento de futuras generaciones.
Ingresa ya en el ridículo cuando caracteriza a algunos jóvenes oficiales por lo que hicieron sus padres y aun sus abuelos durante la represión, como si determinadas conductas obedecieran a una fatalidad genética y merecieran castigo de generación en generación. Hubo en el país un militar acusado de terrorismo de Estado que prometió la eliminación no sólo de los guerrilleros sino también de sus hijos, y a los hijos de sus hijos.
En otro pasaje de la columna usa información oficial difundida por funcionarios para beneficio del poder. Es cuando dice que el contenido del proyecto de reglamentación fue «filtrado» al diario «La Nación» presuntamente por los jefes de Estado Mayor. Esa acusación la hizo «off the record» el gobierno el día en que se conoció que se reglamentaría la norma y le preguntaron los demás medios a sus funcionarios sobre detalles de esa reglamentación. Reproducir esa queja del Ministerio de Defensa es convertir una columna de análisis en una gacetilla.
Verbitsky recoge también el enojo del gobierno hacia algunos uniformados por haberle dado la espalda al Presidente en el acto de El Palomar. Usa para insistir en esa versión (que divulgó ya el diputado Carlos Kunkel) una foto sacada del video de la transmisión del estatal Canal 7 que muestra a algunos oficiales de costado, pero a otro mirando hacia el lado contrario, con lo cual la prueba naufraga. Se disculpa diciendo que sólo Canal 7 vio eso pero que el operador de la señal cortó las imágenes porque creía que había algo más interesante. Duda, además, de que esa hipotética protesta haya tenido a Kirchner como destinatario; y que habría sido dirigida a Roberto Bendini.
Rara pasión por las formalidades de este Verbistky que sirve a un presidente que hizo cuernitos y tocó madera ante un ex presidente -algo más agraviante que ponerse de lado en un acto oficial- y que cuando litigó con un juez de la Corte que lo acusaba de desacato logró que la Argentina eliminase ese delito. Quizá obedezca a su encono por perjudicarlo al jefe Roberto Bendini, muy comprometido en juicios penales, y a quien quizá Kirchner comenzó a esmerilar a través de este columnista amigo para mandarlo a su casa.



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