El detalle de las invitaciones también acosó a los propios vietnamitas: es que un rato antes de la cena, como si fuera un saldo gratuito, les entregaron 40 entradas que valían para una cena. Como es de imaginar, ni para los miembros de la delegación extranjera les podía resultar sencillo encontrar vietnamitas en la tarde porteña. Por lo tanto, hubo varias mesas vacías y otras ocupadas con personal de la casa, contenta de sumergirse en el cordero patagónico, sabroso pero tan desbordante del plato que vulneraba reglas comunes del servicio de la gastronomía elegante. Por suerte estaba
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