Diputados: hablar menos, votar más
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Alberto Balestrini
Cristina pidió después que una resolución similar se votara en Diputados, pero el trámite se demoró. Así el voto nominal, por ahora, sólo funciona cuando lo solicita algún legislador.
Todas las reformas al reglamento -que debatirá la comisión que preside el kirchnerista tucumano Gerónimo Vargas Aignasse, el mismo que apuró el dictamen contra el ingreso de Luis Patti- tendrá dictamen hoy y bajarán al recinto mañana.
Pero hay una última modificación que tendrá tanta utilidad en agilizar la tarea del recinto, como lo tiene el voto nominal para acentuar la transparencia (siempre que la planilla de votación sea luego puesta a disposición del público): se quiere limitar el tiempo y la cantidad de veces que un diputado puede hacer uso de la palabra en el recinto.
Esa iniciativa fija que cada legislador podrá hacer uso de la palabra en la discusión en general de un proyecto una sola vez a menos que tenga que rectificar su exposición. Se terminarán así los largos debates sin sentido con diputados del mismo bloque que repiten conceptos en varias ocasiones los que hoy tienen el límite de cinco minutos por legislador más otros treinta minutos el bloque.
Cuando se vote la reforma cada bloque de uno a tres miembros tendrá 12 minutos para hablar, los que tengan de cuatro a diez diputados 15 minutos y los de más de once diputados podrán exponer hasta veinte minutos. No será una solución definitiva, pero ayudará a calmar el tedio de horas de discursos sin contenido que sólo dilatan las votaciones e incluso en muchos casos las ponen en peligro cierto de quedarse sin quórum.
No incorpora la reforma al reglamento otras disposiciones que han resultado útiles en distintos parlamentos del mundo. Por ejemplo, en el Capitolio de EE.UU. cada representante dispone de sólo tres minutos para exponer su punto de vista, un lapso que solamente se utiliza para fijar la idea central del proyecto ya que el verdadero debate -como también debería suceder en la Argentina- se da en las comisiones. Las leyes así llegan discutidas y cerradas al recinto que se limita, salvo casos históricos -ejemplo claro fue el impeachment a Bill Clinton-, a ratificar o rechazar lo acordado en comisión. Allí, como en la Asamblea Nacional de Francia, los representantes, además, deben levantarse de su banca y hablar con un atril frente al recinto. Abandonan así los legisladores la comodidad y el refugio que significa la banca para exponerse frente a sus pares, lo que ayuda a que los discursos superfluos sean evitados.




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