11 de junio 2004 - 00:00

Duhalde calló para acelerar un pacto

Eduardo Duhalde
Eduardo Duhalde
Eduardo Duhalde dio instrucciones a sus principales colaboradores desde un spa de Canadá: «No contesten ninguna agresión. No den lugar a pelea. Vamos a comenzar a acordar y para eso aportaremos desde ahora nuestro silencio. Para que haya pelea se necesitan dos». Todos los integrantes del estado mayor bonaerense se convirtieron en monjes de clausura (es una forma de decir, claro). Tan firmemente cerraron los labios y pusieron la otra mejilla al azote mediático de Néstor Kirchner y «los Fernández», como ya se denomina a Alberto y Aníbal, los voceros presidenciales. Sin ir más lejos, anoche el ex presidente desalentó una solicitada que tenían preparada los diputados del distrito en defensa de las posiciones de Felipe Solá. Como la patrulla perdida de aquel japonés que seguía peleando contra los aliados años después del fin de la II Guerra, sólo el diputado Daniel «Chicho» Basile siguió respondiendo la balacera verbal de la Casa Rosada. «Por lo visto, mi presidente y los gobernadores Jorge Obeid y José Manuel de la Sota tomaron el elixir de la juventud, se olvidaron de su pasado y han vuelto a ser imberbes de la Juventud Peronista», se enojó el legislador, convertido desde hace dos meses en el paladín de la coparticipación bonaerense.

Desde Canadá, Duhalde manifestó con sus íntimos su estupor ante las expresiones que le prodigó Kirchner por TV. Sobre todo por la interpretación que expuso el Presidente sobre la alianza de poder que los une: «A mí me fueron a buscar porque a Duhalde no le cerraban los números con otros candidatos». El elenco santacruceño que hoy gobierna el país siempre tuvo esa lectura de su llegada al poder: «No le debemos nada a nadie; los duhaldistas nos deben a nosotros que hoy no esté gobernando Carlos Menem, con ellos tras las rejas», explicó a este diario un interlocutor cotidiano del primer mandatario. Alberto Fernández suavizó la tesis diciendo que «se le reconoce al peronismo bonaerense lo que hizo por la llegada de Kirchner al poder, pero eso no debería dar lugar a condicionamientos». En cambio, Aníbal mantuvo su agresividad, sirviéndose del ingenio ajeno (Felipe González, en este caso): «Los ex presidentes son como los jarrones chinos; donde se los pone, molestan». Este Fernández -cabe aclarares el mismo al que en casa de los Duhalde, siendo ministro de la Producción del anterior gobierno, lo llamaban «el felpudo» y no por el bigote. Sucede siempre lo mismo con los conversos.

• Impresionados

Pero más que las palabras, al ex presidente y los suyos los impresionaron los hechos. Sobre todo la imagen de «los Fernández» -así se refieren a ellos desde Felipe Solá hasta Ricardo López Murphy-escoltando a cada uno de los gobernadores del país, peronistas o radicales, profesando la versión de coparticipación federal alentada desde la Presidencia delante de las cámaras de TV, en un desfile incesante e implacable. Como decía el correntino don Julio Romero, «poder que no abusa, poder que no sirve». Peronismo puro.

El jefe del PJ bonaerense ya había probado de esta medicina, aunque de manera más discreta: cuando confeccionó la lista de integrantes de la cúpula del consejo nacional del partido, con Eduardo Fellner al frente y él mismo como titular de una Escuela de Formación Política (sería apasionante saber cuáles serían las asignaturas que enseñaría allí Duhalde a las futuras generaciones), Kirchner le hizo renunciar a todos sus miembros con una ronda de llamados telefónicos.

Ahora, el aislamiento impuesto desde la Casa Rosada a los bonaerenses es más riguroso. Cuando comenzó a hablarse de plata, José Manuel de la Sota y Jorge Obeid se bajaron del vagón de San Vicente, donde sólo acompañan a Duhalde el vicepresidente Daniel Scioli y Antonio Arcuri. Por eso, la única materia de negociación que cabe entre Kirchner y quien lo llevó a la Presidencia es el reparto de poder en la provincia de Buenos Aires. Por algo apareció, como una hebra distinta en la enmarañada madeja de la coparticipación, la candidatura de Cristina Kirchner, a quien los voceros oficiales suponen como invencible. ¿Lo será?

El caudillo de Lomas pretende sentarse cuanto antes a trazar esa línea con el Presidente. Duhalde teme que le estén preparando una operación electoral similar a la que tuvo lugar en 1985, cuando Antonio Cafiero compitió por fuera del PJ denunciando a la conducción del partido como una mafia fraudulenta. En esta nueva versión, el papel de Herminio Iglesias lo ocuparía el propio Duhalde.

En las principales oficinas del duhaldismo se presumen las exigencias de la Casa Rosada. Y están cerca de acertar. Por ejemplo, siete lugares en condiciones de convertirse en bancas en la lista de diputados nacionales para amigos bonaerenses del Presidente. Y una discusión a fondo sobre la candidatura a senador nacional, posición que prefigura la de gobernador de 2007, donde también Kirchner tiene pretensiones. ¿Cuánto está dispuesto a abrir la mano Duhalde en esa contienda?

Es cierto que para el Presidente, sentado a la mesa de negociación, también existen algunos límites. En principio, la discusión llegó a una instancia de la cual no se puede salir sin algo de dinero para los bonaerenses. Duhalde está dispuesto --como muchos empresarios-a aparecer ante la opinión pública como perdedor frente al gobierno. Pero no está para soportar humillaciones.

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