Eduardo Duhalde estaría a punto de resolver designaciones de funcionarios que, en total, deberán manejar unos $ 33.000 millones, bastante más de 10% del PBI de la Argentina. Es lógico, entonces, que más allá del pacifismo que envuelve la imagen del gobierno -sobre todo después del mensaje episcopal de anoche, en el convento de Santa Catalina-, entre bastidores haya una guerra despiadada por la ocupación de cargos. Concretamente, están todavía vacantes las secretarías de Energía (mueve $ 7.300 millones por año, aproximadamente), Comunicaciones, Transportes (ambas significan $ 23.000 millones al año) y Pesca ($ 500 millones anuales). La megacaja del PAMI ($ 2.400 millones) despejó su incógnita anoche con el nombramiento de José Manuel Corchuelo Blasco, histórico del sanitarismo peronista, chubutense y amigo de Ginés González García, el ministro del área.
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Los codazos, zancadillas y otras vilezas son comprensibles y no sólo por el afán de lucro: también por el criterio que adoptó Duhalde para resolver estas nominaciones. Quiere que estas secretarías sirvan para conseguir lo que no alcanzó en el nivel de los ministerios, es decir, que el peronismo del interior asuma su gobierno como propio y se involucre en la gestión.
El primer beneficiario de esta lógica podría ser Néstor Kirchner. Podría haber sido jefe de Gabinete, tal como se lo ofreció el propio Duhalde, si no fuera porque su esposa, la decisiva Cristina Fernández, lo convenció a tiempo de que mejor sería no quedar asociado a una gestión presidencial cuyo «progresismo» no está del todo garantizado. En cambio, ubicar a un allegado en la Secretaría de Energía podría resultar menos rutilante, pero acaso menos riesgoso en términos ideológicos. Allí se lo ve, entonces, a Daniel Cameron negociando con las petroleras el formato que tendrá el «aporte» que se les viene reclamando (del pago de retenciones se pasó ahora a un adelanto de impuestos que estaría ligado a una reforma tributaria amplia para el sector). Cameron corre con la ventaja de la inercia: ya es secretario de Energía, designado por Adolfo Rodríguez Saá y se mueve con tanta seguridad en el área que parece haberla escriturado. Sin embargo, en las últimas horas apareció desafiado por un histórico del sector, el ex senador César Mac Karthy, quien ya ocupó la secretaría durante las postrimerías del menemismo. El ascenso de «Cuqui» Mac Karthy estuvo motivado en una razón previsible: díscolo como siempre, Kirchner, el padrino de Cameron, realizó declaraciones enojosas para Duhalde que hicieron peligrar la captura del área.
En Telecomunicaciones la guerra es más despiadada y tiene una significación política inusual. El Presidente resolverá, según cómo llene el casillero, la profundidad y consistencia de su entente con José Manuel de la Sota. El gobernador de Córdoba, quien también fue tentado con la Jefatura de Gabinete, prefirió -como Kirchner- minar el gobierno por su segunda línea. Por eso pretende ubicar por lo menos a uno de sus hombres en una secretaría codiciable. Para controlar el sector de comunicaciones postula a Mario Cipollatti. Con la designación quiere, además, cobrar venganza de Oscar González. Ex ministro de Gobierno de su administración cordobesa, González pasó a la secretaría «de los teléfonos» sin pedir siquiera permiso. Peor aún: le desmintió al gobernador -y, lo más grave, a su esposa Olga Riutort- que Rodríguez Saá estuviera por designarlo. Los De la Sota se enteraron de la asunción de González mirando televisión y después de que quien hasta ese momento había sido «propia tropa» los dejara plantados en una comida. Esta experiencia, inolvidable, es la que lleva ahora a De la Sota a querer exorcizar la Secretaría de Telecomunicaciones con otro cordobés, leal.
Sin embargo, las relaciones de Duhalde con De la Sota, se habrían deteriorado en los últimos días por razones insondables, por lo que el Presidente podría repetir la actitud de Rodríguez Saá, pero designando a un enemigo declarado del cordobés: Julio César Aráoz. Conocido como «Chiche», este peronista histórico está enfrentado desde hace años a De la Sota y especialmente a uno de sus operadores intermitentes, el «Colorado» Miguel Egea. Aráoz fue jefe de campaña de Duhalde en 1999, hasta que De la Sota recomendó al brasileño «Duda» Mendonça.
• Alineamiento
En competencia con «Chiche» se mueve Juan Manuel Valcarcel, viejo seguidor de Alberto Pierri y cuya foja de servicios registra un comportamiento sumamente disciplinado con el monopolio «Clarín» cuando presidía la Comisión de Comunicaciones de la Cámara de Diputados, donde se discutía una Ley de Radiodifusión crucial para los intereses de las familias Magnetto y Noble.
Si en Telecomunicaciones se juega la relación entre Córdoba y el poder central, en Transporte se cifra el vínculo con Salta. Juan Carlos Romero, el gobernador de esa provincia, tiene «in pectore» un candidato para ocupar el área. Si no, habría que pensar en otro hombre de De la Sota: Carlos Di Cola, el diputado nacional que cobró notoriedad con la defensa de la Ley de Lemas para la elección presidencial que se iba a realizar en marzo. Da la sensación de que el mandatario cordobés cobra cara su buena vecindad, pero él se basa en un «metro patrón»: con menos activismo oficialista, Carlos Reutemann se llevó la Secretaría de Hacienda (Oscar Lamberto) y la de Agricultura, Ganadería y Pesca, Miguel Paulón. Justamente alrededor del área de Pesca se libra otra guerra, en la que tienen también aspiraciones las provincias del Sur, pero para la cual todavía no había anoche candidato definido.
Finalmente, en el área de Salud todavía había humo anoche después de la batalla. Ginés González García impuso su voluntad y nombró a Corchuelo Blasco al frente del PAMI. En la Superintendencia de Salud, encargada de regular las obras sociales sindicales, González García parecía anoche desafiar a los gremialistas designando a un colaborador de su propio vivero, ajeno a la CGT: Rubén Torres, ex ministro de Salud de Misiones. Finalmente, el propio Duhalde habría asignado un destino a Juan José Mussi, el ministro de Salud de la provincia: no seguirá allí con Felipe Solá y ocupará una embajada, presumiblemente la de Roma. «Lo que queda en Salud es de poca monta, apenas las dos secretarías del ministerio» explicó un entendido anoche, a este diario. La guerra ya estaba definida.
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