11 de octubre 2002 - 00:00

Duhalde pide tiempo para construir su propia estatua

Duhalde pide tiempo para construir su propia estatua
Eduardo Duhalde tiene decidido cuál es la mejor manera de aprovechar el fallo en el cual la jueza María Servini de Cubría devuelve a los partidos políticos la facultad de controlar las internas para elección de candidatos. Con sus íntimos apostará a demorar esos comicios todo lo posible, por lo menos hasta marzo. Es exactamente lo contrario de lo que pretende Carlos Menem, interesado en que se cumpla el cronograma decretado por el propio Duhalde y que convoca esa competencia para el 15 de diciembre. Cada uno tiene instrumentos para alcanzar sus objetivos que, como siempre, son contradictorios.

En el caso de Menem, está en posesión de la pluma de presidente del PJ: desde ese sitial puede ratificar la realización de comicios domésticos para el 15 de diciembre. Es cierto que desde un congreso del PJ podrían entorpecer esa decisión, pero ¿quién está en condiciones hoy dentro de ese partido en convocar a la asamblea y controlar su mayoría? Nadie.

Sin embargo Duhalde cuenta con otra herramienta: el gobierno nacional que, afectado porque la jueza descalificó decretos oficiales, debería apelar el fallo. La demora no derivaría de una acción directa pero, al correr los plazos procesales de la querella, la interna podría irse postergando, lo que le deja a Duhalde el margen de un inocente «yo no fui».

¿Qué es lo que mueve al Presidente a arrastrar los pies en ese proceso interno? Si se acerca el oído a lo que hablan los ultraduhaldistas en sus tertulias más reservadas, la salida de Carlos Reutemann de la competencia, sumada a la mala performance de José Manuel de la Sota y asociada a la pasable mejoría que se advierte en algunas variables económicas, todos esos factores deberían desembocar en un hecho: el lanzamiento del propio Duhalde como candidato presidencial, dispuesto a mantenerse en el poder más allá del 25 de mayo próximo, esta vez con la legitimidad de los votos. Son proyectos alentados por cierto fanatismo bonaerense, papismo que el propio jefe desautoriza.

Una perspectiva más razonable es la que esgrimen los duhaldistas moderados y, seguramente, el propio Presidente. El correr de las horas, si el viento de la economía sigue soplando en la misma dirección, beneficiaría al actual oficialismo. Y, lo que es más, perjudicaría a su principal adversario, Menem. Duhalde cree que la imagen del riojano se agiganta en la medida en que la sociedad se acerca al abismo del colapso económico. Al revés, una atmósfera más reposada debería volver a Menem menos imprescindible para quienes lo piensan como un piloto de tormentas. Quien provee más argumentos en este sentido es Roberto Lavagna, quien tiene convencido a Duhalde de que hay que esperar mejores noticias económicas con el paso de las semanas. Lavagna fue siempre el máximo opositor al adelantamiento electoral que decidió su jefe y, sobre todo, a la realización de internas en el PJ de manera precipitada.

• Retirada


Sobre la base de esta hipótesis según la cual el tiempo fortalece al Presidente, los duhaldistas creen que podrían retirarse más ordenadamente del poder. El plan del propio Duhalde es comenzar a construir su propia estatua con los materiales más a mano, por modestos que fueran: «Yo no estoy para quedarme; tal vez puedo volver en dos años, por lo menos a una banca en el Senado. Pero para eso tengo que dejar en claro qué es lo que hicimos de bueno entre tantas dificultades». En las habituales reuniones de las 5 de la tarde, donde todo el staff de comunicación del gobierno borronea argumentos para proveer a Duhalde, se enumeran estas «hazañas»: 1) Se evitó la «guerra civil» con la que el propio gobierno venía amenazando desde antes de asumir; 2) comenzó a salirse de la recesión; 3) se liberó el «corralito» y se reprogramó el «corralón»; 4) se acordó con el Fondo, aunque sea de manera muy modesta, casi contable; 5) se redujo la tasa de indigencia gracias al «plan social más ambicioso de América latina» -el orgullo duhaldista se detiene en ese subcontinente más por ignorancia de lo que sucede en el resto del mundo que por modestia- y 6) se abrevió el mandato presidencial y el gobierno pasó ordenadamente a manos democráticas. Sobre esta colección de buenas acciones, convenientemente embellecidas por el marketing, Duhalde cree tener derecho a reclamar un lugar en la historia como el hombre que, abnegadamente, «salvó al país de la guerra civil». Busca, como siempre, equipararse con Menem, quien también fue recordado por haber terminado con una plaga, la de la hiperinflación.

Construida la escultura, evidentemente estilizada, podría sacarse algún provecho político: no tanto una postulación presidencial como la reafirmación del poder bonaerense como para garantizar el control férreo de la provincia. Sólo así podrá Duhalde sentarse en la mesa de los señores feudales que controlan de manera colegiada el poder en el PJ.

Si éste es el juego de Menem y de Duhalde, Rodríguez Saá también cree haber detectado cuál es la vía más conveniente hacia la interna. Uno de sus principales operadores se conectó con hombres muy cercanos a Juan Carlos Romero para pedirles que convenzan al salteño de volver a pedir un acuerdo por el cual cualquier candidato peronista pueda usar los símbolos oficiales del PJ. De ese modo, sería menos costoso en términos electorales que cada uno concurra con su propia agrupación, sin necesidad de internas. La respuesta que en Salta recibieron los «adolfistas» fue contundente: «Cuando Romero propuso esa ecuación lo miraron como un delirante; ahora es tarde». Romero, igual que Menem y Duhalde, descreen de la posibilidad de que el radicalismo preste auxilio en el Congreso para aprobar la «Ley Conte Grand», una especie de ley de lemas atenuada que haría evitar la interna. Rodríguez Saá también comenzó a sospechar y, tal vez por eso, anoche se sumó resignado al planteo de Menem: internas el 15 de diciembre, en las que participen todos.

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