La deuda que tiene Néstor Kirchner con Eduardo Duhalde, no sólo por el caudal de votos del conurbano que se volcaron en su favor sino por el diseño que le impuso al proceso electoral completo, obliga a muchos a imaginar que si el gobernador se impone en la segunda vuelta está condenado a armar un gobierno títere. Es obvio que a Kirchner no le interesa verse en el futuro de esa manera. En cambio está menos claro si le interesa a Duhalde. Es decir: ¿hasta qué punto quiere el presidente actual verse involucrado en la hipotética gestión de su sucesor? Esa es la incógnita.
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Si se observa la puja que existe en torno del candidato para acceder a los cargos si gana el próximo 18 habría que ajustar esa imagen. Duhalde sólo aspira a que le concedan tres áreas, de tal manera que se puedan mantener algunas políticas a partir de las cuales mantener su base de poder. Esas carteras servirían para sostener tres pactos: el que el Presidente mantiene con el sindicalismo más burocrático a través del Ministerio de Trabajo; el que mantiene con los piqueteros y otros cabecillas de «organizaciones sociales» a través de los planes Jefas y jefes de Hogar, que se tramita en el Ministerio de Acción Social; y el que mantiene con las entrañas del peronismo a través de la SIDE, convertida en una central política y económica de movilización política.
Si fuera por Duhalde, le bastaría con controlar esas tres zonas de un futuro gobierno Kirchner. Para Trabajo cree que el hombre más indicado sería Aníbal Fernández. Garantizaría para sus aliados sindicales, los «gordos» pero también Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios, que el santacruceño no se entregará a la CTA de Víctor De Gennaro. Además, el titular del Ministerio de la Producción es el principal contacto del oficialismo actual con los piqueteros, a tal punto que se dice que la corriente más numerosa en este sector no es la «Aníbal Verón» sino la «Aníbal Fernández».
• Luces amarillas
Pero Kirchner no parece soñar igual que Duhalde para esta área. Al lado suyo milita desde hace varios años Carlos Tomada, un laboralista que formó fila en aquel «grupo Calafate» de peronistas setentistas que siguen al gobernador de Santa Cruz desde 1999. Tomada fue también colaborador de Alfredo Atanasof en Trabajo. Este avance ya encendió luces amarillas en la CGT «gorda» de Rodolfo Daer -que ayer buscó un puente en Daniel Scioli- y en el MTA de Moyano y Palacios. Están inquietos estos gremialistas porque, contra lo que les prometió el Presidente, Kirchner se niega a fotografiarse con ellos.
En Acción Social también se amplía la distancia entre el Presidente y quien aspira a sucederlo. Chiche, la actual primera dama, confesó varias veces que «me gustaría dar una mano en la ayuda a los más humildes» y el propio Duhalde dijo que su mujer querría seguir trabajando en ese campo. Eran mensajes hacia su pupilo, que éste parece no haber captado: él está fascinado con la obra de su hermana Matilde, quien lo secundó en la acción social de la intendencia de Río Gallegos y, después, de las tres gobernaciones.
Finalmente, queda el manejo de la SIDE, para el que Duhalde ha sido más que celoso. Es cierto que no tuvo inconveniente para ceder a los diputados la designación de Miguel Angel Toma. Le importaba poco si debajo de él se ubicaban Oscar Rodríguez, manejando la operación política, y Angel Sormani en la financiera. Sormani fue el contador eterno de los Duhalde en la provincia de Buenos Aires.
Es posible que el candidato todavía no tenga «in péctore» el nombre de su secretario de Inteligencia si llega al poder. Y el duhaldismo se entusiasma con la posibilidad de que sea José Pampuro quien se encargue de ese imperio.
Que haya otros funcionarios del gobierno actual en un eventual gabinete de Kirchner (G. González García, Martín Redrado o Roberto Lavagna, por ejemplo), no significa necesariamente que los haya puesto Duhalde. Serían más bien opciones del candidato o imposiciones de la necesidad electoral (el caso de Lavagna). Y es aquí donde debe regresarse al problema inicial sobre qué grado de involucramiento desea mantener el actual presidente con la hipotética administración de su pupilo. Este interrogante entraña un problema político: si Kirchner se impone sobre Carlos Menem, lo más probable es que pretenda ocupar el lugar político de Duhalde, no el de Menem. Por eso en torno del caudillo de Lomas de Zamora comienzan a pensar en un distanciamiento del peronismo del conurbano respecto de su sucesor. Es ostensible que los Duhalde se arriesgaron a ver fracasar su gobierno con tal de no pagar costos electorales resolviendo ajustes o restricciones. ¿Querrán asociarse a las medidas antipáticas que adopte otra gestión? En la intimidad del duhaldismo sospechan que no y apuestan a que «Negro», puesta la mirada en 2007, querrá seguir abrazado a su populismo visceral, aunque eso implique tomar distancia y aún enfrentar al gobierno que podría emerger de sus entrañas el 25 de mayo.
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