Un renovado Eduardo Duhalde prometió por carta a George W. Bush que está firmemente comprometido a dejar de lado medidas de corte dirigista. Incluso fue más allá y se mostró firmemente comprometido con medidas de libertad económica, a las que defendió como un liberal a ultranza.
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Pero, además del Duhalde neoliberal, también en la misiva se mostró a un Duhalde ortodoxo. Confesó que la salida de la crisis será «dolorosa». Hace exactamente siete días, el N°1 del FMI, Horst Köhler, había señalado que la salida de la crisis argentina iba a ser con dolor y sacrificios, lo que inmediatamente generó un rechazo profundo de su equipo de asesores. El jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, le respondió a Köhler que «el esfuerzo de los argentinos ha sido muy grande» y que «no necesitamos que nos digan cómo hay que sufrir». Ahora Capitanich deberá reprender al Presidente, quien afirmó que habrá dolor para superar la crisis e incluso fue más allá ya que se tomarán las medidas con plena conciencia de los sacrificios que implican.
Además del reto de Capitanich, Duhalde deberá recibir una reprimenda de su ministro de la Producción, Ignacio de Mendiguren. Osó hablar de «integrarse al mundo» cuando el deseo del hombre de la Unión Industrial sería, como señalara el economista Fréderic Bastiat, «tapar el sol para beneficiar a los fabricantes de velas».
Hasta este nuevo Duhalde se consustanció tanto en su rol que utilizó palabras de uso exclusivo de funcionarios del Tesoro norteamericano como ser «sustentable», «presupuesto equilibrado» y «trabajar con el FMI». Para calmar acreedores, habló claramente de que la suspensión de los pagos de la deuda es «transitoria».
Todo este giro en el pensamiento intelectual del Presidente es por un objetivo al que se menciona al final de la carta: la solicitud de ayuda rápida para que la Argentina supere esta crisis. Incluso el Presidente fue más allá y extendió el pedido a los países del G-7 con un agradecimiento anticipado de esos esfuerzos por parte de todos los argentinos. Por problemas de traducción, en lugar de cacerolazo, se refirió a «convulsión social».
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