28 de noviembre 2001 - 00:00

El día en que Bush fue desafiado por su esposa

Nueva York - A Laura Bush no le gustó nada aquello de «quiero a Bin Laden, vivo o muerto». La primera dama no comulgó con el tono de macho ni con la imagen de cowboy irritado que dio su marido, nada que ver con la cabeza fría que cabe esperar de un presidente.

Pero Laura Bush no se lo dijo tal cual. Se mordió la lengua y contraatacó al cabo de cuatro días con una indirecta. «Bushie, ¿lo vas a capturar tú mismo?», le preguntó, como insinuando si estaba dispuesto a tomar la pistola para lanzarse a la busca de Bin Laden por los polvorientos cañones de Afganistán.

Lo cuenta la revista «Newsweek»: la historia íntima de los Bush desde el 11 de setiembre. «De dónde sacamos nuestra fuerza», título de portada. En páginas interiores, la respuesta: de la plegaria, de los dos perros, de las hijas gemelas, de los amigos, de la gimnasia, de la determinación y de los libros de historia.

Deber histórico

Bush reconoce, de paso, que puede tardar no tres, sino hasta 10 años en capturar a Bin Laden... «Pero lo atraparemos, a él y a su organización... El deber histórico de nuestra generación es liberar al mundo del terrorismo. Y esto va a tener unas fantásticas consecuencias. Una nueva relación con Rusia, por ejemplo. O la posibilidad de alcanzar la paz en Oriente Próximo, o que países como Siria adopten la línea dura contra los grupos terroristas.»

Bush admite también que Saddam Hussein es «malvado» y que necesita «abrir el país» para permitir que se compruebe que «no está fabricando armas de destrucción masiva». El presidente insinúa que se le dará la «oportunidad de demostrarlo». Sus palabras suenan a ultimátum, aunque prefiere no hablar de la guerra «inacabada» de su padre.

Bush se está apoyando menos de lo que cabía esperar en su ilustre predecesor, y mucho más en sus hijas, Bárbara y Jenna.

El 11 de setiembre, en el búnker situado bajo la Casa Blanca lo estaba esperando Laura, a las 17.30. Bush no entra en detalles sobre su periplo de ocho horas por los cielos norteamericanos a bordo del Air Force One: «Yo era un objetivo, la Casa Blanca era un objetivo; todas la precauciones en esos momentos estaban más que justificadas».

El presidente confiesa que se sintió «triste,
enojado, y furioso» tras contemplar las imágenes por televisión. «Pasé por todo tipo de emociones, pero también me di cuenta de que tenía que mantener la visión clara, para entender lo que estaba ocurriendo y para preparar la respuesta.» «¡Estamos en guerra!», espetó a sus más estrechos colaboradores a bordo del Air Force One. «Para esto nos pagan, muchachos.» La noche del 11 de setiembre, George y Laura estaban ya dormidos a las 11.30 cuando los sacaron de la cama el servicio secreto: «¡Presidente, presidente! Hay un avión no identificado avanzando hacia la Casa Blanca». Y el presidente salió en camiseta y pantalones de deporte, la primera dama se puso la bata, tomaron a los dos perros y tomaron el ascensor de vuelta al búnker. Todo quedó en un falsa alarma.

Arma secreta

La presencia «calmada y firme» de Laura a su lado ha sido el arma secreta de George W. Bush desde el 11 de setiembre. «Ella no es una perita en dulce», reconoce el presidente a «Newsweek». «Si cree que me he pasado de la raya, me lo dice y punto.»

La primera dama se confiesa también a la revista y resta importancia a su papel en la sombra. Casi todo el mérito es de su marido, dice: «Y no pienso que haya cambiado desde los ataques. La gente lo ve como yo siempre he sabido que era: muy centrado, muy disciplinado... Por supuesto, es más serio. Todo el mundo es más serio en nuestro país».

George W. Bush defiende finalmente los tribunales militares -»necesitamos tener esa opción en tiempos de guerra»- y afirma sentirse «destinado a ganar y a servir el país». «Pienso que Dios nos sustenta, pero yo no me siento elegido», concluye. «A mí me eligió el pueblo americano.»

Dejá tu comentario

Te puede interesar