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6 de agosto 2004 - 00:00

El gobierno cambia de táctica política

El medio más oficialista -por eso mismo escasamente leído, "Página/12"- publicó una nota muy adecuada al momento: el arrepentimiento del gobierno por haber creído en los "transversales" políticos que nunca terminan de consolidar partidos consistentes. La nueva táctica es volver al viejo y criticado (por los kirchneristas) Partido Justicialista para tratar de poner en sus listas en los 24 distritos hombres que respondan al gobierno, si llegan al Parlamento. Refleja también el artículo la queja por haber tratado mal a los peronistas "tradicionales" y tratar de hacer presidir ese partido por el presidente de la Nación. También habla del hoy indispensable acuerdo Kirchner-Duhalde, aunque se recelen y odien mutuamente pero en una unión indispensable o corren riesgo "de que los devoren los de afuera". La táctica del presidente Kirchner de "ser raro" para diferenciarse parece una pérdida de tiempo frente a una sociedad aterrada por la seguridad, el desempleo, no tener certeza mínima sobre su futuro y esa sensación alimentada por permanentes diálogos últimos en casi todos los sectores de que el período constitucional no concluye, realimentando ante cada tropiezo o rareza del primer mandatario. Veamos párrafos salientes de una nota escrita por Mario Wainfeld bajo un título no menos acorde a la realidad política del momento: "Aquel sueño del pingüino domesticado".

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Llevados de la nariz por Kirchner a decisiones que no compartieron, fastidiados ruidosamente por algunas (el acto de la ESMA, como momento cúlmine), hartos de ser «corridos por izquierda» por los peronistas no pejotistas, los peronistas-peronistas suponen que Kirchner cambió. Y buscan catalizar la tendencia. «¿De qué le sirvieron los librepensadores como Miguel Bonasso? No le sumaron a nadie y muchas veces votaron en contra. ¿Y los transversales? No sirven para nada, se pelean entre ellos, tampoco crecen. Hasta Gustavo Béliz, una especie de transversal, le salió un traidor. ¿Qué hace Graciela Ocaña en el PAMI? Puros tropiezos. ¿Para qué sirve Pablo Lanusse, un novato en la política, en Santiago del Estero? Va en auto a perder las elecciones con los Juárez.» Una espada parlamentaria del gobierno, alguien que le votó cuanta ley propuso, muchas de ellas a contragusto, se despacha contra quienes se apoltronaron en sus pertenencias previas pero aportaron menos a la gobernabilidad. El hombre celebra los cambios reseñados en el primer párrafo y, de boca para afuera, no le pide tanto al Presidente. «Hay que hablar más con los radicales, reconocerles algún lugar. Alberto Fernández se va a ocupar de reunirse con nuestros legisladores, en grupos de cinco o seis, porque el Presidente no banca reuniones grandes. Seguro que en esos encuentros Kirchner aparece y saluda. Eso contiene a la tropa.»

«También serviría que Kirchner acepte ser presidente del PJ, que llegara a un acuerdo con Duhalde. Y acá en el Congreso que se olvidara por un rato de los transversales y prodigara un par de gestos para algunos legisladores que han sido importantes en el pasado, muy fieles hasta ahora, pero que están muy resentidos porque han sido maltratados.»

Humberto Roggero y Oscar Lamberto, sin ir más lejos, ponen cara de enfadados y, por ahora, hurtan sus cuerpos al debate sobre la Ley de Responsabilidad Fiscal. Un entuerto que sólo bancarán peronistas y radicales porque los transversales y los librepensadores no aceptan votar esa norma, encomendada por el Fondo Monetario Internacional.

Eduardo Duhalde, explican todos, está dispuesto a colaborar, máxime si de depone la idea de lanzar a Cristina en la provincia. Duhalde ofrece una reestructuración del PJ bonaerense, colocando a su cabeza al duhaldista más afín a Kirchner, José María Díaz Bancalari.

«Arregló con Duhalde, va a presidir el PJ, ya firmó el Pacto de Olivos», se solazan, a su modo, casi todos los integrantes del espectro político. Y acaso así sea, a costa de su novedad. Sería casi una rendición, algo exagerado para quien eligió un modo de gobernar y, aún con tropiezos, sigue manteniendo la iniciativa.

El punto es que, aunque parezca lo contrario, aceptar esa sabiduría añeja significaría para Kirchner una tranquilidad transitoria, pero un salto al vacío. Es que siempre registró que la sociedad le pedía otra forma de gobernar. Transgredir las reglas, no ceñirse a la lógica de lo preexisatente, distanciarse de las corporaciones. Un pingüino de riña, por decir algo. Hasta ahora, su intuición le indica que sólo así podrá mantener el consenso que logró. «Llegamos acá de pedo. No vamos a pasasr haciendo lo mismo que los demás», arenga siempre a los suyos.

El final sigue siendo abierto. Tal vez el Presidente siga buscando, vía ensayo y error, con avances y retrocesos, mantener la gobernabilidad y la legitimidad, a su extraña manera.

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