El lenguaje diplomático castrense apela a designaciones de hombres para mitigar molestias entre países. Son gestos de buena voluntad ante entuertos generados por actores de la política. Así el alto mando naval ordenó el regreso inmediato desde Washington al contraalmirante Guillermo Iglesias para designarlo en la Dirección de Inteligencia de la Armada (DIA). Hasta la semana pasada Iglesias representaba al país en la Junta Interamericana de Defensa (JID), organización integrada por militares de todos los países de la OEA. Se reconoce al marino cercanía con estamentos de la inteligencia naval norteamericana, ya había estado en ese mismo puesto de la JID tres años antes. Y por el asunto de la posible vulneración del sistema ARMS, la designación de Iglesias al frente de la Dirección de Inteligencia de la Armada pretendió dar un mensaje tranquilizador al Pentágono. Algo así como recuperar la confianza en medio de las filtraciones producidas desde el tribunal y alentadas por despachos del Ministerio de Defensa. Claro que nadie en el gobierno nacional se haría cargo del enorme presupuesto que demandará al Pentágono el cambio del software de encriptado del sistema ARMS a nivel global. En tan sólo 24 horas el contraalmirante asumió y dejó el cargo. ¿Es un indicador de la gravedad del conflicto con los Estados Unidos por la ausencia de disciplina del secreto? No puede preocuparle otra cosa. Las oficinas de la DIA fueron allanadas e inspeccionadas por el juez federal Ariel Lijo cuando estalló el caso Trelew y nada se encontró. Si hasta presta servicios en la DIA un familiar directo del camarista Eduardo Luraschi que nadie podría sospechar de confidente o parcial.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario