El juego bonaerense: otra "coparticipación"

Política

Discreta, casi imperceptible, en la provincia de Buenos Aires se libra una guerra por recursos. No es la coparticipación que enloquece a algunos diputados nacionales del duhaldismo. Tampoco son deudas impagas, como las que Felipe Solá le endilga a Néstor Kirchner. El dinero sobre el que se cifra la disputa está originado, como casi todos los fondos que rozan la política, en los juegos de azar.

Como se sabe, en los hipódromos bonaerenses está prohibida la instalación de máquinas tragamonedas o mesas de casino. Por eso a los administradores de esos circos se les hace agua la boca cuando se asoman a la recaudación de Palermo, donde se instaló Casino Club y sus «tragapelas», por usar la denominación hispánica. El dueño de esa empresa es Cristóbal López, acaso el empresario más cercano a Néstor Kirchner y también el menos conocido de los que forman su entorno. López consiguió la habilitación durante el gobierno de Eduardo Duhalde, cuando administraba la Lotería Nacional el actual intendente de Lomas de Zamora, Jorge Rossi. La instalación de esas máquinas, que ahora rondan el millar, fue irregular en un comienzo. Pero una ley solícita de la Legislatura porteña, alentada por Aníbal Ibarra, enderezó un poco las cosas a costa de derechos que la Ciudad reclamaba para sí.

• Aproximación

Antonio «Tony» Bullrich, que disfruta de la lluvia de dinero de Palermo desde que ese casino se instaló en la zona más próspera de la Capital, comentó las novedades a sus amigos, parientes y colegas del Jockey Club, que administran el hipódromo de San Isidro. Los convenció de las habilidades casi milagrosas de «don Cristóbal» para lograr autorizaciones de la política: «Sólo él consiguió juntarles la cabeza a Kirchner y a Duhalde», se escuchó en el Jockey. Finalmente, algunos integrantes de la Comisión de Carreras tuvieron una aproximación con el empresario López.

Al parecer, se selló un convenio informal, tácito, poco justificable: «Si usted nos consigue la ley que habilita máquinas en la provincia, le daremos la prioridad en la instalación del negocio a su empresa». Un trueque bastante atractivo de mercado a cambio de lobby. López, que en su momento se acercó al lomense Rossi, debió ahora buscar un contacto con otro vecino de esa localidad, enemistado a muerte con el intendente: Osvaldo Mércuri.

Mércuri es el presidente de la Cámara de Diputados de la Legislatura bonaerense y uno de los interlocutores habituales del poder político con la industria de los juegos de azar. En su entorno dicen que quedó interesado con la iniciativa, que podría reanimar también al Hipódromo de La Plata. La onda expansiva llegó, como una marejada, a la intendencia de San Isidro, donde Gustavo Posse hace números para plantear sus pretensiones sobre lo que espera que deje el nuevo -y todavía eventual-negocio en su municipio.

La semana pasada, estas negociaciones produjeron un tembladeral y los teléfonos de Mércuri comenzaron a sonar incesantemente: los españoles de Codere, los Vázquez Laureda y Jean Renaud, principales cabezas del negocio de los bingos en la provincia, pusieron el grito en el cielo. Le hicieron saber a Mércuri que «se terminará nuestra buena relación» si se seguía adelante con la iniciativa de abrir casinos en los hipódromos.

Un principio general de la actividad lúdica es que para que sea rentable debe ser pasablemente monopólica. «Porque se habiliten más mesas de juego no habrá más jugadores. Por lo tanto, lo que ganen los nuevos se lo quitan a los que ya están», sostuvo un experto a este diario. Esto explica que el malestar de los dueños de bingos haya llegado a Eduardo Duhalde: «Se terminó todo», le hicieron saber. «No mandamos más nada», le mandaron a decir, enigmáticamente.

Los que quieren ver a través de las cosas se hacen fantasías acaso incorrectas. Creen que el desembarco de Cristóbal López en la provincia está en conocimiento de Kirchner y que el Presidente lo alienta. Y que la resistencia que está obligado a poner el duhaldismo es parte del conflicto entre Lomas de Zamora y la Casa Rosada. Exageraciones, propensiones a sobreinterpretar y a ver conspiraciones en todos lados. Son los vicios de esas sospechas que quieren ver en torno a los recursos del juego una pelea similar a la de la coparticipación, sólo que mucho más opaca.

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