Abundaron los elogios y las sonrisas. Néstor Kirchner y Evo Morales compartieron ayer un acto en el conurbano bonaerense, que sirvió como coronación de la breve visita que el boliviano hizo para firmar un acuerdo para la provisión de gas -56% más caro- a la Argentina.
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En Hurlingham, ante una multitud, Kirchner y Evo se mostraron sobre un mismo palco, que cada uno usó en beneficio propio: Morales, de cara a la constituyente del próximo domingo en Bolivia; el patagónico, para continuar su campaña «de gestión» hacia 2007.
Fue un detalle en un acto colorido y ruidoso, donde se mezclaron pancartas del Che Guevara, el PJ y grupos piqueteros, adornados por la bandera multicolor del indigenismo. A tono, la escenografía oficial combinó los pabellones de la Argentina y Bolivia.
En ese escenario -en teoría, pensado para el consumo internacional-, Evo y Kirchner se enfocaron en sus mercados políticos internos. Cada uno, con urgencias propias.
En 48 horas, Morales enfrenta el primer desafío electoral desde que asumió hace cinco meses. El domingo se votan delegados para la Asamblea Constituyente que el cocalero plantea como un proyecto para la refundación de su país. Todo indica que tendría un éxito abrumador.
Ayer, en Hurlingham, el boliviano martilló con ese planteo: volvió a embestir contra la minoría que conforman las «familias oligárquicas», como contracara de los movimientos originarios, referencia a partir de la cual recordó su origen como dirigente indígena y defensor del cultivo de coca.
En ese proceso, Evo se detuvo en un puñado de halagos a Kirchner: agradeció el « esfuerzo» de la Argentina al aceptar el nuevo precio del gas: «Aumento de ingresos que supone un alivio para las finanzas de Bolivia», se encargó de remarcar el visitante.
Siempre, sin embargo, miró hacia sus votantesen Bolivia: de hecho, tras mencionar el acuerdo por el gas, defendió la nacionalización de los hidrocarburos y afirmó que su propuesta es que los constituyentes dicten la reestatización de todos los recursos naturales bolivianos.
«Necesitamos inversión, pero queremos socios, no patrones», dijo, calmo, y desató los gritos de los residentes bolivianos, al que se acoplaron los piqueteros que pretenden trasladar a la Argentina el modelo Evo.
Luego se sumergió en un asunto brumoso: los talleres clandestinos que se detectaron en el país, donde trabajan en situación casi de esclavitud inmigrantes bolivianos. El tema se detonó cuando se incendió un local, en la Capital Federal, lo que provocó la muerte de seis personas, entre ellas, cuatro niños.
«Kirchner está luchando para terminar con esos problemas», expresó Morales y luego apuntó otro reconocimiento al patagónico: la recuperación argentina «es un ejemplo para nosotros», dijo.
El mandatario argentino, a su turno, recogió el planteo de Morales: acusó a pseudoempresarios de montar los «talleres clandestinos» y reclamó que «se pague por el trabajo, con dignidad, justicia y equidad».
Luego, tras transitar por el capítulo regional -relanzó la idea de Duhalde de la Unión Sudamericana (ver nota aparte)-, se dedicó a su propio público al destacar la baja de la desocupación, que en mayo fue de 9,8%, logrando romper el piso de los dos dígitos tras 13 años.
«Este superávit nos sirve para consolidar la soberanía», incineró el patagónico todas las bibliotecas del progresismo vernáculo que, ahora, aplaude los pagos anticipados al FMI y festeja, a los gritos, balances financieros que antes le cuestionaban a Roberto Lavagna.
En la misma murga electoral, Kirchner repasó los datos sobre superávit de la balanza comercial y el récord de las exportaciones. Todo, claro, en el clima de campaña no declarada en que siempre navega Kirchner.
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