26 de mayo 2006 - 00:00

El Presidente logró su plaza sin todo el relieve buscado

El Presidente logró su plaza sin todo el relieve buscado
Al momento del discurso -15.58- la Plaza de Mayo reunía unas 80.000 personas y las calles y diagonales convergentes, que definen el número de concurrentes, le agregaban 40.000 más. Un total aproximado de 120.000 personas (el límite de un chasco organizativo era menos de 100.000) que brindaron al gobierno el logro político pero sin todo el relieve buscado. Menos todavía en función de los fortísimos aparatos gubernamentales, provinciales, municipales, sindicales y de organizaciones «piqueteras» que convocaron. Hay que señalar que quienes rotaron por la Plaza durante el día, o sea sumando a quienes ya no estarían en el momento culminante del discurso presidencial, el número último podría ser 150.000.

Hubo inexperiencia y falta de organización notable, comenzando por los encargados del audio ya que el discurso de Néstor Kirchner no lo escuchó casi la mitad de la gente. «Del discurso no me pidan opinión, no lo escuché», confesó el camionero Hugo Moyano a sólo 25 metros del micrófono del Presidente. A la mala distribución de parlantes se sumó el ensordecedor repicar de los redoblantes sin control de jefes. Esto es propio de actos políticos con escasa espontaneidad, como el de ayer, donde hay que «marcar presencia», para algunos por temor a ser sacados de la corte y otros por afán de ser incluidos. En este juego de hacerse notar se vio mucha picardía. Huestes sindicales de empleados de comercio aprovecharon una sede en Diagonal Sur, a 150 metros de Plaza de Mayo, para taponarla y lanzarse a avanzar recién cuando llegaron columnas ajenas para dar más idea de tropa propia. Algunos sindicatos uniformaron a su gente (camioneros, aunque mucha era gente de villas recogida por 20 pesos y un gorro verde, y los propios con pecheras también verdes). Gremio de la construcción con color amarillo. Los piqueteros -poco aporte ayer- se encerraban en corralitos con soga (como eran los «buenos» concurrieron sin palos ni pasamontañas como hacen los «malos»).

Con relación a los famosos actos del peronismo cincuentista nada que ver el de ayer. Con viejos altoparlantes los discursos de Perón los oían todos, no proliferaban tantas pancartas y minipancartas (no había que «marcar presencia»); se llevaba gente también en trenes y subtes gratuitos con más camiones y menos colectivos como ahora. El camión abierto con gritos, fotos y banderas multiplicaba el acto por la ciudad cuando avanzaban hacia la Plaza. Con Perón se redondeaban las 85.000 personas con la Plaza apiñada uno junto a otro. Perón decía «compañeros» y venía un minuto y medio a dos de clamor y bombos. Decía después aquel líder: «De nuevo estamos aquí...» y había un silencio total. Gran orador graduaba párrafos cortos y daba entrada él mismo a los vítores y el potente «Peeerón Peeerón». Además, todos los concurrentes lo veían a lo lejos en el balcón y en las casas lo oían por radio. Prácticamente no había televisión en los '50 (sí hacia el final en 1955, pero tan poca gente tenía aparatos que no gravitaba mucho). Algo más en los últimos 10 meses de su tercera presidencia a partir de octubre de 1973. La sonoridad, tan particular, del apellido «Perón» agigantó enormemente el folklore de aquel peronista. El apellido Kirchner no tiene esa sonoridad ni provoca fervores. Con Perón la famosa «marcha peronista» aliviaba la espera y enfervorizaba sin necesidad de artistas previos como en los modernos actos. Y había humor (la gente dentro del rito de siempre lo pedía y al día siguiente del festejo de cada 17 de octubre era «San Perón», feriado nacional por decreto verbal desde el balcón de la Casa Rosada antes que por escrito. «Mañana San Perón, que trabaje el patrón», decía alegre la gente. Las empresas ya descontaban que cada 18 de octubre no se trabajaba.

Perón llegaba al extremo de dialogar con la multitud enfervorizada. «¿Uds. vieron alguna vez un dólar?». La plaza tembló ese año con un «no» y Perón les dijo: «Entonces no se preocupen por el dólar» y cerró dudas de esa gente por un problema de paridad que hacía levantar incertidumbres sobre la marcha de la economía del país en determinado momento. A Perón la muchedumbre nunca lo tocaba ni le estrechaban manos algo que a Néstor Kirchner le agrada y por eso lo provoca.

Inmensamente lejos de los actos fervorosos y espontáneos de Juan Perón, es cierto, se vio ayer «la plaza de Kirchner». ¿La primera? Pero, para el bien de la democracia, es mucho más conveniente cierta apatía, mucho menos apasionamiento, más presencias interesadas que fanatizadas como se observó ayer en el acto kirchnerista. La idolatría por Perón llevó a la pérdida de libertades esenciales.

La Capital Federal no apoyó el acto de ayer. Casi toda fue gente traída. Apenas debe haberse notado un 10% o 12% de público realmente espontáneo y principalmente por la mañana, coincidente con el tedeum.

Nunca hubo fervor, como la noche del miércoles despidiendo a la Selección argentina de fútbol en el estadio de River. Había más expectativa por el discurso de Kirchner en los políticos que en la gente de la plaza. Lejos en gente y adhesión de las plazas de Juan Carlos Blumberg.

Casi no quedaron neutrales cuando irrumpieron las columnas sindicales (que deben haber aportado 60.000 de los 120.000 concurrentes de ayer y justificó la crítica gremial de que actos en feriado son muy difíciles para lograr concurrencias masivas). En aquellos lejanos actos de Perón, a decir verdad, casi no había neutrales ni turistas. Una curiosidad ayer -sorprendió hasta a policías veteranos- era ver gente concurriendo y saliendo de la plaza continuamente. Inclusive se iban cuando aún no había hablado Kirchner. «Es la primera vez que vengo a Buenos Aires, quiero conocer», decían contingentes del interior que tras mirar la Catedral y la famosa Plaza preferían caminar por Florida o Puerto Madero. Los porteños, tan ajenos al acto, miraban con simpatía esos grupos de gente sencilla asombrándose por la magnitud de la urbe. Puestos a opinar -y dado que eran ajenos al resultado- los porteños hubieran señalado que prefieren estos actos bastante fríos pero calmos del kirchnerismo con 120.000 personas a uno violento y amenazante de los piqueteros con sólo 2.000.

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