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La Argentina, con 2 siglos de vida organizada con independencia política, no escapó al afán del gobernante de perpetuarse o asegurarse el retorno tratando de imponer su delfín. No tuvo el país la constancia en la libertad política, el resguardo extremo al derecho de los individuos y el respeto a las decisiones legales de la mayoría de los ciudadanos que caracterizó siempre, por ejemplo, a países como Estados Unidos, que acrecentó tales valores que le vinieron como herencia de los anglosajones.
Pero, históricamente, ¿cómo les fue a los gobernantes argentinos que casi indefectiblemente trataron de imponer sucesor desde el poder como ahora, continuando la tradición, trata de hacer Eduardo Duhalde?
La mayoría fracasó en el intento, hayan sido mandatarios constitucionales o de facto (militares), sobre todo estos últimos, que no lograron imponer un solo civil cuando cesaron y retornó la democracia.
Vamos a tomar desde 1916, cuando se implanta la ley Sáenz Peña del voto secreto, universal y obligatorio. Lo anterior son elecciones a mano alzada en atrios de iglesias, designaciones palaciegas o caudillos victoriosos con mando.
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