Carlos Custer, el sindicalista izquierdista al que Néstor Kirchner le confió la embajada argentina ante la Santa Sede, estará en el país la primera semana de febrero. Está inquieto Custer, al saber que sus posturas tercermundistas no son las que mejor fama hacen en el Vaticano y en buena parte del episcopado argentino. Por eso, el embajador y gremialista le confió al Nuncio Apostólico, Adriano Bernardini, la misión de mediar entre su orilla y la de los obispos que lo miran con recelo. Casi un Samoré, aquel cardenal componedor de argentinos y chilenos.
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Bernardini, quien adquirió en el lejano oriente una paciencia casi budista, recurrió al hombre que mejor conoce a esos prelados que, ubicados en el centro del dial doctrinario, están disgustados con la designación de Custer. El lugar de la conciliación será la embajada de la Orden de Malta, en Puerto Madero, donde tiene despacho el embajador Antonio Caselli y reina su padre, Esteban «Cacho».
Caselli padre consiguió con Néstor Kirchner lo que no pudo con Fernando de la Rúa (a pesar de sus relaciones estrechas con el secretario Leonardo Aiello) ni con Eduardo Duhalde (a pesar de que lo sirvió como secretario de Culto durante la gestión de Carlos Ruckauf en Cancillería): voltear a su enemigo Vicente Espeche Gil de la embajada ante la Santa Sede. Por eso, Custer es para él, aunque no lo conozca personalmente, un aliado para el que merecen ser abiertas las puertas de la embajada de su hijo. Es el primer paso de apropiación de esa representación. El que sigue es presentar a Custer delante de Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano y hermano de uno de los más íntimos amigos de Caselli en el Viejo Mundo.
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