En 1977 ingleses temían una invasión a Malvinas
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Finalmente, el gobierno accedió a enviar la flotilla británica, que partió en noviembre de 1977 y consistía de dos fragatas, dos buques de guerra y un submarino nuclear conocido como el Dreadnought, pero sin fines de agresión.
«Los oficiales comandantes y los capitanes de aviones deben responder a cualquier agresión con firmeza y tacto, y deben exhibir determinación para enfrentar cualquier escalada de violencia», indicó el memorando secreto a las FF.AA. británicas. Semejante uso de fuerza «sólo debe utilizarse hasta que sea evidente que se ha logrado el objetivo deseado y no debe ser en ningún sentido forma de retaliación».
Por su parte, el comandante del submarino nuclear recibió la orden expresa: «Si su buque es atacado con armas de las fuerzas argentinas, debe atacar, cualquiera sea la consecuencia o el riesgo de vida».
En tanto, Sam Silkin, el por entonces fiscal general, aconsejó al gobierno británico que cualquier zona de exclusión alrededor de las Islas Malvinas «quebraría toda ley internacional».
El Ministerio de Defensa estableció una «zona de seguridad» de 50 millas alrededor de las islas, que demarcaría el límite que no podrían cruzar los argentinos sin entrar en guerra. Ese envío secreto coincidió con negociaciones privadas en Nueva York entre el gobierno de Gran Bretaña y el de Argentina para reducir las tensiones por la soberanía de las islas. Una vez que comenzaron las reuniones en Nueva York, el gobierno británico reveló a la Argentina del envío de la flotilla de la Royal Navy, y poco después, los 50 argentinos que desembarcaron en South Thule abandonaron esa isla, reinstaurándose el «status quo».
Sin embargo, cinco años más tarde, se desató el conflicto del Atlántico Sur entre la Argentina y Gran Bretaña, por la soberanía de las Islas Malvinas, en el que cientos de soldados de ambas partes perdieron la vida.



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