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Una de las vías para alcanzar esa meta es, según se razonaba anoche en uno de los tantos conciliábulos de estos secesionistas, el reclamo para la convocatoria a un congreso de la CGT. Hasta ahora, la unificación del mando sindical bajo la batuta única del inestable Moyano iba a ser una decisión del consejo directivo de la organización. Es decir, todos los secretarios que integran la conducción proclamarían al camionero como secretario general único de la CGT.
Para los «gordos», ese método tenía sentido cuando el poder del camionero era la expresión de un consenso absoluto dentro del grupo. Ahora, con ellos en la vereda de enfrente, exigen otro procedimiento, más formal y apegado a la ley.
Quieren que se convoque a un congreso para julio y que en esa asamblea se voten las distintas postulaciones para comandar la CGT. Cavalieri, Lescano, West y los gremialistas que los acompañan saben que no están en condiciones de imponerse en ese congreso. Controlarían poco más de un centenar de delegados en un cuerpo que cuenta con 900 congresistas. Pero el interés no es construir una conducción alternativa, sino dañar a la que aparece como inevitable.
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