Ex embajador de EE.UU., de Miami al conurbano a manejar a los bingos

Política

Cada día sorprende más el negocio del juego en la Argentina, al margen de las ganancias que recoge. Una de las más grandes empresas participantes, la española Codere, apeló a la contratación de Luis Lauredo para presidir el emporio (dispone de 14 bingos con su arsenal de rentables máquinas tragamonedas): un ex funcionario del gobierno norteamericano, embajador en la OEA, recaudador de fondos en su momento para la campaña de Bill Clinton, abierto manifestante contra el régimen de Fidel Castro, lobbysta sin éxito en los últimos años para la instalación del ALCA. Esta última actividad de Lauredo es lo que habría apreciado la empresa para contratarlo. No es la primera experiencia al respecto: ya Boldt, de la familia Tabanelli, en su momento rescató a otro embajador, James Cheek, para ubicarlo en su directorio.

  • Refuerzo

  • Lauredo fue presentado en el hotel Hyatt por uno de los peninsulares hermanos propietarios, Martínez Sampedro, de vasta influencia -en su momento- sobre la administración Duhalde (tanto que hastaesponsorean, aún hoy, al club Banfield, por no hablar de la relación estrecha con el intendente de Lomas de Zamora, Carlos Rossi). Para algunos intérpretes del negocio lúdico, Lauredo llegaría al país para reforzar la gestión en el ámbito bonaerense que, desde la llegada de Daniel Scioli, no goza de los beneficios de otros tiempos. Resultó obvio que en la presentación del Hyatt no hubo delegados de ese distrito, tampoco del gobierno nacional, los cuales -se dijo- ni siquiera fueron invitados. Lauredo también sucede a un argentino, Héctor Luna, de controvertida actuación al frente de Codere (memorables disputas con la competencia del rubro, algunas de orilleo perpetuo con la Justicia).

    Entre los que se desentendieron de ese conflicto con el sciolismo y comieron en forma opípara -mejor que en los bingos- estuvieron Julio Werthein, Carlos Bulgheroni, los ex embajadores duhaldistas José Octavio Bordón y Eduardo Amadeo. Si no hubiera sido por su tostado perenne, nadie hubiese descubierto entre los invitados a un delegado de la Cancillería, Luis María Kreckler, subsecretario de Comercio Internacional.Ninguno de ellos, claro, participa de la misión de Lauredo: renovar los permisos que le vencen -casi lo logran anticipadamente con Felipe Solá- para la explotación de su negocio, el más importante de toda la compañía en el mundo, a pesar de que también participa en hipódromos y otras actividades. Para conservar algo tan suculento, Codere creyó necesario convocar a Lauredo, asiduo visitante de la Argentina en otros años pero con propósitos diferentes a los que ahora representa. De esos tiempos debe haber conocido a Scioli, aunque la ruda competencia en el sector también podría involucrar a empresas afines al ex presidente Kirchner. Se confía en que el trato de Lauredo con mandatarios ahora les pueda garantizar a los españoles una continuidad bonaerense que imaginan complicada.

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