Ex funcionario explica maquiavelismo oficial
El sociólogo y ex secretario de Cultura Torcuato Di Tella ha sido señalado como uno de los intérpretes de la ideología del gobierno, una administración a la que hay que entenderle más los gestos que las palabras para conocerle el rumbo, muchas veces hermético. Eso pese a que Néstor Kirchner alardee de que entró en Casa de Gobierno sin haber dejado sus convicciones en el zaguán. En un artículo que publicó Di Tella en el semanario «Debate» desentraña el sentido de algunos gestos del Presidente y lo exhibe como un modelo de maquiavelismo. Di Tella viene a decir que es cierto que Kirchner se muestra en alianzas con «feos, sucios y malos», pero que eso obedece a una estrategia que busca sacar provecho de, por caso, Hugo Chávez y Fidel Castro, a quienes en el futuro terminará traicionando, agotados los beneficios de haber frecuentado esa relación.
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Y, vistas las cosas desde el otro hemisferio ideológico, hay que recordar que De Gaulle «usó» a los fascistas de la OAS ( Organisation de l'Armée Secrète) para llegar al poder en 1958, y luego los borró del mapa. ¿Otro ejemplo? Mitterrand en 1981 ganó la presidencia mediante una alianza con los comunistas, a quienes luego pulverizó electoralmente, manteniéndolos siempre, sin embargo, en su coalición (y además, estuvo catorce años en el sillón del Elíseo).
(...) La incorporación de Venezuela al Mercosur es claramente conveniente desde el punto de vista económico y financiero. No nos están haciendo favores, ni nosotros a ellos, sino que son negocios mutuos.
(...) Más compleja es la relación del Mercosur con Fidel Castro. Esta aporta poco en lo económico y, además, irrita a sectores empresariales norteamericanos y al gobierno de George W. Bush. Pero un poco de irritación es parte de la vida. Por supuesto que no hay que ocasionarla porque sí no más, pero a veces es necesario incurrirla para conseguir otros fines, haciendo un delicado equilibrio. Además, hay que tener en cuenta quién es el actor que «hace el equilibrio». No es un individuo, digamos, Kirchner, Lula, Bachelet, o quien sea. Tampoco es el país en su totalidad, que en su mayoría mira el partido desde la tribuna. Los que juegan el partido son un centenar de miles de personas en cada país, que ejercen responsabilidades de gobierno, o que otorgan apoyo político significativo.
(...) Desde esta perspectiva hay que entender la relación con Fidel Castro. Entre esas cien mil personas en la Argentina (y lo mismo en otros países) hay un buen 20% que simpatiza con el régimen cubano, creyendo que él practica la «democracia participativa», contrapuesta a la representativa, liberal, o burguesa que impera en otras partes. Otro 20% o 30% no comparte esas ideas, pero simpatiza. Debo decir que no me incluyo en ninguno de esos dos grupos. Pero, preferencias personales aparte, hay que operar con «lo que hay», o sea, con esa gama de actitudes (reproducida, en diversas proporciones, en el resto de la población y en la alta dirigencia), y eso explica que, aunque Kirchner le pidió a Castro que dejara viajar a la disidente Hilda Molina, no se encarnizó en una crítica sociológica de su régimen, como no lo hace Bush cuando habla con el rey de Saudi Arabia o con los dirigentes chinos.
(...) El problema con Cuba es que la isla es una caldera sometida a mucha presión, que puede explotar en cualquier momento. Cualquiera se da cuenta de que debe existir un fuerte descontento interno con el régimen, y una lucha por suceder a Castro. Es probable que en algún momento surja un Gorbachov que quiera establecer cambios, y sólo cabe esperar que sea más exitoso que el reformista ruso. Habrá que prepararse para esa eventualidad, o incluso estimular su aparición, y para ello es deseable una apertura comercial, una disminución del bloqueo económico. Un Mercosur ampliado va a ser muy útil en esa circunstancia, y no sólo para los cubanos, sino para los propios Estados Unidos, para quienes una explosión en la isla no es conveniente (aunque la fantaseen algunos exaltados).



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