1 de febrero 2002 - 00:00

"Explíquenles la crisis a los de la cacerola"

"Les venimos a decir que no crean que la Argentina no está en crisis. Está en crisis y es gravísima. Se lo decimos a las provincias, porque la Nación ya parece haberse dado cuenta. A ustedes y a la gente, a la que tienen que explicarle la gravedad de lo que pasa. A veces nos parece que a esa gente con las cacerolas nadie le ha dicho lo grave que es esta crisis." Esta sentencia del chileno Tomas Reichmann ante un grupo de gobernadores y legisladores de todos los partidos imprimió el tono más grave posible a la reunión que mantuvo en la Casa de Gobierno la misión del Fondo Monetario Internacional que visita el país. Estuvo acorde con la importancia que tiene ese encuentro entre delegados del organismo y mandatarios provinciales, algo que es nuevo en la historia y abre una etapa en las negociaciones de consecuencias imprevisibles: nunca antes el FMI ni otro organismo financiero había negociado cara a cara con gobernadores.

Lo habían pedido el año pasado los mandatarios del Frente Federal, que coordinaba el misionero Ramón Puerta, y fue propuesto en la última carta colectiva de los gobernadores peronistas que redactó José Manuel de la Sota dirigida al agónico Fernando de la Rúa. Figuró en el documento también final que le envió Carlos Menem al ex presidente antes de su renuncia, casi una invitación a un cogobierno entre el gobierno aliancista, arrinconado por la crisis, con los responsables directos de la administración de la Argentina en el nivel real de la vida cotidiana.

El dictamen de Reichmann fue anotado por los gobernadores pero no se quedaron sin dar la respuesta (ver nota aparte). El mendocino Claudio Loser -amigo de varios de los presentes- explicó la importancia de la cita. Arrancó diplomático y se mostró ducho en el conocimiento de su país, pese a que se siente del otro lado de la mesa, el de los inspectores. «No les voy a contar cómo están las cosas, pero que les quede claro, venimos a ayudar. La solución la tienen ustedes, más allá de que la actitud nuestra sea la de ayudar a la Argentina con todo lo que está a nuestro alcance.»

Siguió con una glosa sobre la excepcionalidad argentina, algo que suele halagar mucho a los locales cuando hablan ante extranjeros. «Conocemos el federalismo porque existe en muchos países. Pero reconozcamos que federalismo como el de acá no tiene experiencias parecidas, con esto de que el que gasta no recauda, y donde hay una coparticipación incompatible con una economía sana», explicó Loser.

Ese federalismo que seguramente se mantendrá, agregó, no es algo que afecte la imagen externa de un país: «Para nosotros no hay países federales o no, hay países sin problemas o con problemas y vemos cómo se los soluciona».

Mirando a los presentes, reseñó de memoria: «En ese panorama que nos hacemos de afuera, vemos un conjunto de provincias con un alto endeudamiento, con mala administración, con economías desequilibradas. Y eso tiñe la percepción del conjunto país».

Reichmann
vio que los motores estaban calientes y tomó la palabra: «Voy a ser duro, porque somos amigos», y brindó el rap sobre la gravedad de la crisis. «Con esas cacerolas no se arregla nada y ustedes lo saben. Porque querer arreglar todos los problemas de toda la gente y al mismo tiempo es una utopía. La Nación ya lo entendió, ustedes tienen que explicarlo también a la gente de las provincias donde viven; la Argentina tiene que hacer un ajuste del gasto drástico, más grande del que se haya hecho ya en el pasado. Eso es lo que tiene que entender la calle.» El mendocino y radical Roberto Iglesias pidió la palabra. Orgulloso del terruño, contó cuál es la situación de la economía de Mendoza con tonos que casi hicieron lagrimear a Loser y a Gabrielli, sus comprovincianos. «Dejen algo», rió el salteño Juan Carlos Romero, algo celoso de tanta mendocinada. «Hemos hecho todo lo que se recomienda, reformamos la actividad privada, privatizamos, bajamos gasto, bajamos sueldos. Por eso les dijo para que lo entiendan: es casi imposible que hagamos un ajuste más profundo. Queremos encarrilar la economía pero nos tienen que ayudar porque estamos en el límite de lo que podemos pedirle a la gente.»

Romero
salió al quite sin dejarle un respiro al otro lado de la mesa. Preciso en los números, dijo que la Nación había trasladado a las provincias en diez años los servicios de salud, educación, acción social, que no enviaba los fondos necesarios y que además retenía estructuras en la Capital Federal que duplican lo que hacen las provincias. «Eso se nota más en la crisis. El que atiende la necesidad es la provincia y la Nación mantiene con este y anteriores gobiernos ministerios llenos de gente.»

Gabrielli
amagó una explicación que Romero interceptó en el aire: «¿Cómo se divide la deuda argentina? ¿50% y 50% Nación y provincias?». Enfrente asintieron con cabeceos de duda. «Está bien, ¿cuánto de nuestro 50% le pertenece a una sola provincia? No lo neguemos, aunque sea la provincia del Presidente, 30% del total de la deuda de todas las provincias es exclusivamente de la de Buenos Aires.» La mesa quedó algo incómoda y Romero gozó el remate: «Y acá, a esta mesa, no han llamado a la provincia de Buenos Aires, que es 30% de la deuda total de las provincias. ¿De qué nos vienen a hablar?».

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