¿Faltó cadena?

Política

Ciento cincuenta mil personas colmaban el estadio de Vélez aquel 17 de octubre de 1983 para asistir a un acto doblemente significativo: por la fecha que se conmemoraba y porque el país estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales que pondrían fin a más de siete años de dictadura.

Era también la apoteosis para el hombre que había ido tomando control del aparato peronista y del proceso de determinación de las candidaturas. Lorenzo Miguel, líder de la poderosa Unión Obrera Metalúrgica y de las 62 Organizaciones, había logrado además entronizarse como vicepresidente primero del Partido Justicialista. En ausencia de Isabel Martínez de Perón, titular del PJ, él era el jefe absoluto.

  • Heridos

    Pero la interna había dejado demasiados heridos. Heridos en el alma, porque se habían ido cerrando los espacios de participación en el peronismo, con el resultado de una oferta electoral que no estaba a la altura de su historia. Pero también heridos en el cuerpo, ya que eran tiempos en los que las diferencias se dirimían con métodos poco amables. Prepotencia del aparato, aprietes, palo y cadena, si hacía falta. Fue por todo eso que aquella noche en Vélez bastó que un pequeño grupo lanzase los primeros silbidos, en el momento en que se anunciaba que «el compañero Lorenzo Miguel» tomaría la palabra, para que el estadio entrara en catarsis. La silbatina se generalizó. Volaban piedras y botellas hacia el palco y se oían gritos: «¡Hijo de p.!» y «¡Lorenzo, compadre!, etc.». Algo impensable. Impotentes ante la masividad del repudio, los custodios del sindicalista masticaban broncay rumiaban venganza. Lorenzo tuvo que retirarse sin hablar.

    Al día siguiente, en su círculomás cercano, el estado de ánimo era una mezcla de odio y desconcierto: ¿Cómo pudo pasarnos esto, si estaba todo bajo control? Con admirable capacidad de síntesis, un «culata» del jefe sindical tradujo el sentimiento de los hombres de la UOM: «Faltó cadena».

  • Preanuncio

    Néstor Kirchner afirmó que los cacerolazos de los días previos a las sesiones en el Congreso por retenciones no fueron espontáneos. Aquella silbatina en Vélez tampoco lo fue. Pero si la pradera no está seca, la chispa no enciende el pasto. Como los hombres de la UOM, también los kirchneristas se preguntan hoy cómo, teniendo mayoría en ambas cámaras, la jefatura del partido y el control del aparato del Estado, todo salió tan mal. El incidente de aquel 17 de octubre de 1983, vale recordarlo, fue el preanuncio de la derrota electoral que se avecinaba.

    El viernes, en el Chaco, refiriéndose a todos los que votaron en contra en el Senado, la Presidente dijo: «Algún día entenderán». Según los legisladores que la visitaron en Olivos el sábado, ella «no consideró de ninguna manera» que hubieran tenido «una derrota». Sobre Julio Cobos, Cristina Fernández dijo: «Ya sabemos quién quiere ser el próximo Carmona», aludiendo al empresario venezolano involucrado en el golpe de 2002 contra Hugo Chávez. «El problema fue mi compañero de fórmula que me votó en contra», concluyó. En fin, que ellos no cometieron ningún error, todo fue fruto de la conspiración enemiga.

    «Tenemos que ser más fuertes y más determinantes», fueron las instrucciones de Cristina a la tropa legislativa. Faltó cadena.
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