Raro este Duhalde que se despide del cargo con los fastos de los exitosos -como venirse a Davos, que es una sala de festejo de a quienes les va bien-y con esa elasticidad para disfrazar la realidad que tienen los que están en campaña, algo que niega insistentemente.
Acertó cuando dijo que los «los países más industrializados no tienen en cuenta los intereses de los países emergentes o en desarrollo y están imponiéndole al mundo un doble estándar muy injusto», al pedirles una apertura económica que no practican en sus países.
El resto de la pieza, de menos de cinco minutos, repitió la misma rutina de los discursos dados acá: que la Argentina vivió una depresión, no una recesión, que es un país tan especial que debe tener recetas propias, que los derechos a la seguridad jurídica de los acreedores son el mismo nivel de los jubilados y asalariados a los que Fernando de la Rúa les recortó 13% -algo que olvida el guillotinazo que fue la devaluación de su gobierno sobre todos los ingresos de la economía. Y el chiste que repite, con una sonrisa que termina comprometiendo la risa del auditorio, algo que nunca ayuda a un presidente: «En una semana en la Argentina tuvimos cuatro presidentes... Yo fui el cuarto», y arrancan las risas.
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