Néstor Kirchner sabía desde hace semanas que debía evitar el tedeum en la Catedral de Tucumán que ayer se celebró en conmemoración del 9 de Julio. El arzobispo Luis Villalba, en línea siempre con el cardenal Jorge Bergoglio, le hubiera estropeado el día al Presidente con la homilía que pronunció frente a Jorge Alperovich que, por haber pedido el tedeum, no pudo esquivar las críticas. En algunos tramos, el presbítero se dedicó a repetir el discurso de Hugo Moyano hace dos semanas en la reunión de la Pastoral Social en Mar del Plata. En otros, fue mucho más allá.
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Como hace tiempo no se escuchaba desde el púlpito, Villalba repasó la crítica más dura al programa económico de Kirchner, el mismo que tres horas después el Presidente reivindicaría desde otro palco como un éxito.
«Son muchos los adultos que viven en la pobreza y en la indigencia. Hay que reconocer que el crecimiento económico no resolvió el problema de la exclusión y la iniquidad social», alcanzaba con esa frase inmersa en una homilía sobre la dignidad humana para irritar al gobernador.
Pero el arzobispo, que por segundo año consecutivo se quedaba sin auditorio presidencial, había preparado más. «Si bien los planes sociales fueron, en su momento, una necesidad para enfrentar la crisis, no solucionan los problemas, y cuando se prolongan en el tiempo, desalientan la cultura del trabajo», dijo, haciendo centro en un asistencialismo que para el gobierno es un orgullo.
Deuda
Pero nada como relativizar el mayor éxito que enarbola no ya el Presidente, sino la propia Cristina, que desde el exterior se ha adelantado al INDEC en dos ocasiones con la baja en el índice de desocupación: «La falta de trabajo sigue siendo una deuda social no saldada. A esto hay que agregar la iniquidad del pago en negro, tanto de parte de los privados como del Estado», disparaba Villalba en el altar de la Catedral.
La crítica era esperada, pero no la dureza del lenguaje del Episcopado, de hecho Villalba no hablaba allí por cuenta propia ya que es el vicepresidente del Episcopado, por lo tanto segundo de Bergoglio. « También merecen una vida digna los adultos, hombres y mujeres, muchos de los cuales viven en la indigencia», le insistía a Alperovich, que a esas horas agradecía a Dios no ya la declaración de Independencia en 1816 sino que el Tango 01 no hubiera despegado aún de la Capital Federal.
«Los ordenamientos y las estructuras de la sociedad deben estar organizados para que los hombres alcancen una vida digna, sagrada e inviolable», sentenciaba al final el clérigo. Para ese momento nada podía asustar ni al gobernador ni al vice presentes. Poco antes había escuchado hablar también de los niños, pero no en lenguaje cándido: «Los hoy llamados 'chicos de la calle' ya forman parte de nuestra realidad cotidiana. En nuestro país hay 400.000 chicos de entre cinco y trece años que trabajan. El trabajo infantil más común en las ciudades es recolectar cartones o limpiar parabrisas en las esquinas». Termina así la más dura homilía que le tocó escuchar a Alperovich y con una fría despedida: «Dios proteja a quienes, por razón de su cargo, tienen responsabilidades ciudadanas».
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