El triunfo de Néstor Kirchner, en cabeza de Aníbal-Ibarra, es el dato más relevante de las elecciones de ayer si se examina su significado nacional. El gobierno nacional salió airoso de su difícil apuesta y recibió el aval de la clase media porteña, principal destinataria de toda la operación política que se lleva adelante desde la Casa Rosada. Sin embargo, el panorama que ofrece el poder en la Argentina aparece lleno de paradojas y ambivalencias. El propio Kirchner dejó la impresión de haberlo interpretado así en su discurso de anoche, tan medido y generoso. Es cierto que el esquema de poder que se instaló en el orden nacional el 25 de mayo pasado sale fortalecido de la elección de ayer. Y, para su lógica interna, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, zafó de lo que fue una exposición demasiado audaz en la Ciudad de Buenos Aires. No es el único que se fue a dormir tranquilo anoche: Gustavo Béliz y Rafael Bielsa también hacen navegar sus biografías en aguas porteñas y, a pesar de las formidables distancias que los separan de Ibarra, salvaron sus ropas gracias a él anoche.
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Se podrá relativizar esta victoria de muchas maneras. Decir, por ejemplo, que es el triunfo del «aparato», lo que tiene mucho de verdad: Ibarra hizo jugar su peso de jefe de Gobierno con la misma contundencia que la izquierda les reprocha a los caudillos de provincia. Además, el Estado nacional funcionó por entero en su apoyo durante los últimos tres meses. ¿Cuánto influyó esto en el crecimiento del candidato? Imposible saberlo, por más que se instalara la idea de que hace tres meses Mauricio Macri triplicaba a Ibarra. Pero hace tres meses la gente que votó ayer tampoco estaba prestando atención a la política porteña.
Desde otro ángulo, Kirchner ayer zafó. Consiguió, por ejemplo, sustraerse de una corriente general de reafirmación de la dirigencia reinante en cada distrito. Si algo están indicando las elecciones de este año es que el electorado confirma en sus posiciones a quienes gobiernan. Ibarra, que puede ser visto como un exponente de un proyecto de cambio, pasablemente centroizquierdista, expresado por Kirchner en el vértice del poder, también puede ser mirado como uno más de los gobernantes que retienen el mando en todos los distritos del país. Este «continuismo» se verificó en Jujuy, en el Chaco y adquirió dimensiones monumentales en Buenos Aires, con el triunfo del aparato duhaldista, y en Santa Cruz, donde el propio Kirchner pudo consagrar a Sergio Acevedo con 80% de los votos. En otras palabras, a lo largo y a lo ancho de la Argentina, corre una ola de confirmación de quienes mandan que impondrá respeto al sueño kirchnerista de iniciar un nuevo ciclo de liderazgo. Esta evidencia habría exagerado el daño de una derrota de Ibarra. Y hubiera expuesto a Kirchner a una vulnerabilidad riesgosa frente a los viejos caudillos del PJ, que emergen de una ola de descrédito político, abstención y cacerolazo.
El traspié de Macri abre la incógnita sobre el futuro de una carrera política que se inició con una derrota. Alivia también a la clase política peronista, atemorizada por el desembarco de un dirigente desafiante por el poder económico con el que cuenta y por la proyección de su popularidad como dirigente futbolístico.
¿Qué significa, en el orden de las individualidades, el triunfo de Ibarra? ¿Es el primer «kirchnerista» puro, ajeno al PJ (algo parecido a lo que fueron los Alsogaray para Carlos Menem)? ¿Cambiará su estilo de gestión o dejará comprometido al gobierno nacional con una administración que hasta ahora careció de encanto?
La provincia de Buenos Aires consagró la apoteosis de Duhalde, quien consiguió imponerse muy ampliamente en el distrito que alguna vez perdió frente a Graciela Fernández Meijide con Chiche como candidata a diputada. Con la victoria de ayer, ocupará 18 bancas de las 15 que renueva el peronismo. ¿Y las quejas por la marginalidad social? ¿Y la ola de inseguridad, con su consiguiente psicosis colectiva? Esos problemas siguen vigentes, pero el electorado parece confiar su resolución a los conocidos. Titulares de una maquinaria electoral temible, los Duhalde volvieron a demostrar que no hay buen candidato posible que los pueda enfrentar si no cuenta, además, con un aparato muy bien montado.
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