El presidente Néstor Kirchner decidió no viajar a Davos, al encuentro anual del World Economic Forum, donde tenía previsto permanecer entre el 23 y el 25 de enero. Tampoco a Estocolmo, a la reunión de un foro internacional para la prevención del genocidio, donde se proponía exhibir, como es habitual cuando se apresta a enfrentar auditorios calificados, su postura más dura en materia de derechos humanos.
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Las razones que se han dejado trascender es que el Presidente concluyó que no tiene sentido hacer ese viaje. ¿Para qué? dicen que se pregunta. En sus diarias confesiones, les ha manifestado a sus íntimos que con el titular del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, ya se vio en Monterrey, en México. Y después de su charla con George W. Bush y su irregular mensaje de cierre en la reciente cumbre, no le queda nada por añadir. Además no estarán sus amigos, los presidentes de Chile y Brasil, Ricardo Lagos y Luiz Inácio Lula Da Silva, que también anunciaron que no concurrirán a esa estación invernal suiza.
La realidad muestra a Kirchner como a un presidente que cada vez le cuesta más viajar al exterior, por exclusiva culpa de la airada reacción de los poseedores de bonos en el exterior. Ya canceló en octubre de 2003 una gira que comprendería Alemania e Italia. Los italianos están furiosos, y Davos está peligrosamente cerca de Milán. Una lástima, porque el Presidente por estas razones vuelve a cancelar un viaje que lo hubiera puesto cerca de la tierra de sus ancestros. Un gusto que pudieron darse Raúl Alfonsín, Carlos Menem y hasta Fernando de la Rúa, dos gallegos y un árabe, aprovechando las giras al exterior para el regreso como hijos célebres. El de los padres de Kirchner, Althaus, y en el cantón suizo de Interlaken el de su abuela materna. De cualquier manera no será el primero ni el último presidente que no pueda salir de su patria. Francisco Franco, generalísimo de España por la Gracia de Dios, tampoco salía mucho. En realidad no salía. Y suplía ese necesario roce entre tan elevadas jerarquías apelando a las invitaciones para que lo visitaran a él. Y Eva Duarte de Perón, entonces primera dama, visitó en 1947 a la pareja, Franco y Carmen Polo, recibiendo el aplauso del pueblo español, gracias a los cereales que llegaron acompañándola. Es precisamente a España donde se propone viajar el Presidente hacia fin de mes. El 29 de enero estará en Madrid por tres días. Aprovechará la onda Daniel Scioli concurriendo a un congreso de turismo, seguramente para vender con justicia la imagen de un país riquísimo en materia turística. A propósito de Scioli, juran que Cristina Fernández de Kirchner mandó comprar la revista «Luz» para interiorizarse de una extensa nota hecha a la segunda dama de la República, Karina Rabolini.
Es en la madre patria donde el Presidente intentará remover esa imagen adolescente de iracundia que dejó en su anterior visita del 16 y 17 de julio del año pasado. Donde no sólo incomodó al rey Juan Carlos I -los plantones, tan cuidados en Monterrey, fueron incomprensibles-, sino también a los empresarios locales, convocados para agasajarlo por la Federación de Organizaciones de Negocios Españolas. Donde su titular, José María Cuevas, terminó diciendo que «nos han puesto a parir», aludiendo al destrato presidencial.
Se atribuye a su hombre de confianza para las tareas más delicadas, el ministro de Planeamiento Federal, Julio De Vido, haber encarado algunas gestiones ante empresarios españoles para que lo vuelvan a recibir con una sonrisa a su llegada a Barajas. Porque será segura su reunión no sólo con Juan Carlos I y Doña Sofía, sino también con un mimado de EE.UU. después de Irak, el presidente del gobierno español, José María Aznar. Y ya no habrá espacio para desplantes, porque de lo contrario no habrá lugar en Europa donde sea bien recibido. Y allá deberá definir qué hará con un tema central para España, las tarifas eléctricas.
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