1 de agosto 2008 - 00:00

Hábeas corpus

Dos desaparecidos de la política, Néstor Kirchner y Elisa Carrió, tal vez reaparezcan si alguien presenta hábeas corpus.

Aunque ella fue protagonista de la batalla del agro, al final no pudo cobrar dividendos: su estantería política se derrumbó cuando, la madrugada en que se votó a favor del campo, ella pretendió compartir alegría con los dirigentes rurales. No pudo subir al escenario, la bajaron de la escalera y, desde entonces, no se repuso.

Néstor Kirchner, en cambio, gran derrotado ese día -luego del patético discurso frente al Congreso-, se oculta entre Olivos y la Rosada, ni se asoma por el PJ (ya parece que no tiene autoridades), más bien se sirve de su mujer Cristina como un escudo. Pero no aparece, ni siquiera se sabe si acompañará socialmente a su esposa en la reducida cena que Lula programó para este domingo en la embajada. Nadie cree que esté deprimido, más bien se lo percibe enardecido.

Hasta imagina -mientras utiliza instalaciones públicas sin ser funcionario (teléfonos por ejemplo), queja que planteará algún puntilloso leguleyo- que se ha formado un arco opositor imprevisto: de Julio Cobos a los gobernadores Juan Carlos Schiaretti, Hermes Binner, ex aliados como Felipe Solá y, por supuesto, lo que cosecha Eduardo Duhalde todos los días. Piensa lo peor de todos ellos, se propone combatirlos, jamás admite que algo habrá hecho mal para que se le pongan en contra. Esa sería una conclusión de represores de los 70.

Se confiesa con casi nadie, lo escuchan el mudo Oscar Parrilli y Carlos Zannini, quien hasta lo podría alentar con la expectativa de que las contradicciones fortalecerán a Cristina en el poder. Más de lo mismo, por supuesto, y sin un elemento a mano como Alberto Fernández para castigar (Sergio Massa no destaca siquiera para esa función, ya se devaluó éticamente el día que asumió la Jefatura de Gabinete -quizás la máxima trinidad a la que podría aspirar un político- sin renunciar a su cargo de intendente de Tigre). Nadie lo objeta, tampoco su mujer. Para colmo, no abren las ventanas, ya ni ven empresarios y hasta continúan con el pensamiento de que los commodities superarán todo tipo de barreras, que la soja pasará los 600 dólares y, quizás, ni por un minuto advierte que la suba de tasas en el mundo y la remisión del crédito generarán recesión. Y que ese fenómeno afectará a la Argentina.

No hay tiempo para ese detalle, ni para corregir la economía; sólo se atiende la menudencia provincial, párroca, los nombres apartados y ahora odiados, los dimes y diretes, la interna. Destino de declive a menos que alguien salga a la puerta y advierta que otros vientos soplan y no estaría mal refrescarse. Al menos, la cabeza.

Dejá tu comentario

Te puede interesar