Aníbal Ibarra tiene dos 10 marcados en su calendario. Uno es el próximo, el 10 de noviembre. El jefe porteño está convencido de que ese día la Sala Acusadora de la Legislatura porteña no avalará el pedido de juicio político en su contra y se cerrará para él un tramo político trascendental derivado del trágico accidente del local Cromañón.
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Otro, es un mes después, el 10 de diciembre, cuando la Legislatura recambie la mitad de sus diputados, tras los comicios que fortalecieron al ARI y al kirchnerismo, ya que Mauricio Macri, a pesar de haber hecho la mejor elección, sólo recuperará bancas, tras el éxodo que sufrió su bloque desde 2003 hasta ahora. Esa nueva conformación alienta a Ibarra, no porque contenga más votos que le faciliten la sanción de leyes que envíe, sino que el jefe de Gobierno ha hecho una lectura particular del escrutinio que lo anima a amasar un frustrado proyecto que tenía en mente antes de Cromañón: relanzar una fuerza política propia, que ahora intentaría con nuevos actores. Cree Ibarra que la grilla de votos en la Capital Federal les ha demostrado a quienes se dicen del centroizquierda, que si se suman en una reedición de la extinta alianza, pondrían un vallado a las intenciones de Mauricio Macri para sucederlo, aunque el empresario ya esté pensando en otra cosa, debido, precisamente a una lectura propia de los votos porteños, en los que cree contar con un techo. Ibarra quiere que pase lo más rápido posible el 10 de noviembre, cuando piensa recluirse hasta que Cromañón desaparezca nuevamente de la escena. Todo, si también sopla a su favor la causa judicial y el magistrado Julio Lucini no lo llama a indagatoria.
De ser así, luego Ibarra piensa en dotar a su gabinete de una cuota de maquillaje y comenzar a gestar un aglutinamiento centroizquierdista donde el peor escollo lo encontraría en promover una convivencia de socialistas y kirchneristas. Ese arreglo de su staff estaría orientado en esa dirección. Por un lado, Ibarra no querría tocar a los cuatro secretarios que hoy comulgan con el oficialismo en la Ciudad de forma activa (el de Seguridad, Diego Gorgal -a pesar de ser un enviado del duhaldista Juan José Alvarez, los kirchneristas lo consideran propio-; el de Infraestructura, Roberto Feletti; el de Salud, Donato Spaccavento; y el de Descentralización, Héctor Cappacciolli). En cambio ofertaría que esas cuatro sillas las cambie, si quiere, el propio oficialismo.
Con el resto, incluidos cargos de menor jerarquía que secretarios, Ibarra considerará una apertura hacia sus aliados, sean del socialismo como de otras fuerzas que hasta han promovido fotografiarse en plena campaña electoral con el jefe de Gobierno o bien aportar algunos candidatos ocultos del ibarrismo en sus boletas, ante el desaire del gobierno por sumarlos a las del Frente para la Victoria.
Antes de la tragedia del local bailable, dentro del Gobierno porteño se alentaban algunas internas en procura de las elecciones.
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