22 de agosto 2002 - 00:00

Insistió la UCR en votar interna con padrón diferenciado

La idea de que Eduardo Duhalde quiere permanecer en el poder más allá de los plazos establecidos por él mismo con su renuncia anticipada ya es un lugar común para la dirigencia política del país en estos días. Hasta se comentó jocosamente en la reunión que el ministro del Interior, Jorge Matzkin, mantuvo con los radicales Rafael Pascual, Horacio Pernasetti y Carlos Maestro el martes, a última hora de la tarde, en la Casa Rosada. Ese proyecto de permanencia, que se podría extender más allá, con la postulación del propio Duhalde como candidato a presidente, tiene un principal inconveniente en las elecciones internas obligatorias del 24 de noviembre. El gobierno no tiene un candidato promisorio para esos comicios ya que el experimento de José Manuel de la Sota está demostrando cumplir con la definición que enunció José María Díaz Bancalari cuando lo vio nacer: «Un barrilete emparchado que habrá que ver cómo lo remontamos».

Cualquier dirigente del PJ que hable en estos días con Jorge Matzkin o con Miguel Angel Toma, los dos funcionarios que controlan el monitor de encuestas del oficialismo, está enterado de que hoy el gobierno maneja como principal hipótesis el triunfo de Carlos Menem en la interna del PJ (aunque después aparezcan dudas sobre las chances del riojano para imponerse en una eventual segunda vuelta, posición en la que aparecería más firme Adolfo Rodríguez Saá, según los mismos sondeos).

Estas deficiencias de De la Sota sirven por lo menos de coartada para que el duhaldismo piense en el lanzamiento de su jefe como candidato presidencial. El discurso que sirve de papel celofán a ese sueño es conocido: «Con casi todo el mundo en contra Duhalde logró controlar la economía (dólar estable en $ 3,50), reinsertar a la Argentina en el mundo (roll over del Fondo y comienzo de la renegociación
de la deuda) y establecer el programa social más ambicioso de Sudamérica (Jefes y Jefas de Hogar con 2.000.000 de beneficiarios)».
Claro que ni siquiera para los duhaldistas más fanáticos esto alcanza como para ensayar un pase a la arena electoral, que requeriría más tiempo.

Por eso no hay mejor proyecto inmediato para el gobierno que convertir a la interna del 24 de noviembre en una ciénaga, como ya ocurrió
gracias a las disparatadas reglas de juego que se impusieron para esos comicios.

Un ministro que tiene contacto con el Presidente varias veces por día, explicó así a este diario el problema en que se encuentran: «Ni nosotros nos creemos que con esos resultados tan pobres podemos hablar de permanecer en el gobierno; en esto es central la fecha del acuerdo con el Fondo, aunque se trate nada más que de un roll over. Si eso se produce a fines de setiembre, no alcanzamos a inscribir la candidatura, que hay que anotarla el 24 de ese mes. Por eso es mejor postergar todo y no hacer la interna». Así de sencillo (y de sincero).

Por eso Duhalde, como adelantó este diario, comenzó a examinar el proyecto de Juan Carlos Romero con mayor atención: que los distintos candidatos peronistas concurran a las elecciones generales con sus propios partidos, usando todos el escudo peronista y comprometiéndose a votar a un «compañero» en la segunda vuelta. (Curiosidad: es la segunda vez que Romero le ofrece al PJ una fórmula para encarar una crisis. Ya lo había hecho con los 14 puntos que forzaron al gobierno a no caer en el tipo de cambio fijo y romper con el Fondo).

•Intolerables

Las internas que hoy conspiran contra Duhalde ya resultaban intolerables para el resto de los candidatos. Al Presidente lo complican porque su candidatura no ha madurado todavía. Pero a los demás estas elecciones los agredían por otra razón y es que nadie cree que pueda haber «fair play» en una elección a la cual uno de los competidores concurre en posesión de los recursos que ofrece la maquinaria electoral bonaerense y el Estado Nacional.

Por primera vez estos dos dispositivos están en las mismas manos, es decir, por primera vez en la historia quien controla el aparato de la provincia de Buenos Aires ocupa también la Presidencia de la Nación. Ahora se comprueba el desequilibrio que supone esa acumulación, de la que el país siempre se quiso preservar. Uno de los más gravitantes gobernadores del interior del país lo expuso así ante un periodista de este diario cuando se discutía la convención constituyente de 1994: «Ubicar a un peronista de Buenos Aires en Olivos supone concentrar tanto poder en un solo punto que nuestros nietos estarán siendo gobernados por los nietos de ellos dentro de 40 años».

Esta sola anormalidad, por la cual el gobierno nacional volcaría todo su peso en un candidato ostensiblemente «favorecido» como De la Sota (esta exhibición de parcialidad acaso haya sido un salvavidas de plomo para el cordobés), era suficiente para que no se realice la interna del 24 de noviembre en el PJ y la mayoría de los candidatos decidiera competir por fuera de la estructura partidaria.

Pero el gobierno decidió agregar otra aberración, agresiva para todos los partidos, como hicieron notar los radicales que vieron a Matzkin anteayer: la interna abierta, obligatoria y simultánea se realizaría con el padrón general y no con padrones en los que estuvieran discriminados afiliados a cada partido y ciudadanos independientes. «Nosotros no podemos tolerar que nos obliguen a esto por el antecedente que supone. Este año ustedes tienen varios candidatos y ningún jefe. Pero el día que tengan un jefe y un solo candidato, es decir, que no tengan interna, ese día sí el PJ se va a volcar de lleno a la interna de cualquier otro partido para forzarla en la dirección que más le convenga» se quejó Pascual delante de Matzkin, quien moviendo la cabeza debió admitir el argumento. Los radicales le recordaron a Matzkin que cuando ellos libraron la interna de 1998 entre Fernando de la Rúa y Graciela Fernández Meijide, lo hicieron con padrones que incluían a afiliados de la UCR y el Frepaso e independientes. «¿Por qué no se pueden entregar esos padrones ahora?» preguntaron, casi irónicamente. Ellos saben que esos listados están inflados, sobre todo en el caso del duhaldismo bonaerense, que controla el congreso partidario sobre la base de esa exageración (la cuestión fue motivo de pleito judicial en 1998-99 y los jueces no pudieron ponerse de acuerdo sobre la cantidad de afiliados del PJ en la provincia).

El gobierno intentó corregir ese problema, empeorándolo. Propuso prohibirle a los afiliados a un partido que no realiza internas intervenir en la elección de otro partido. En cambio si alguien pertenece a una fuerza que tiene internas, eso le da el derecho de participar en la competencia ajena. Un disparate de esta naturaleza no se explica en la falta de capacidad técnica de quien lo propuso; más bien revela que no se quiere solucionar el problema y que el empantanamiento de la interna no es un accidente sino un objetivo.

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