24 de octubre 2002 - 00:00

Interna PJ, un torneo de picardías y traición

Si alguien ha resuelto, por desidia, no prestar atención al intrincado minué interno que bailan los justicialistas, debe saber que a esta altura se está perdiendo un espectáculo casi cómico. Las impugnaciones, recursos judiciales, cartas que van y vienen, renuncias y asambleas están plagados de incoherencias y vacuidades. Importa demorarse un instante para contemplar a los máximos dirigentes del país enredados en esa trama burocrática, profesional. Revelan como pocas veces su incapacidad para conectar su voluntad de poder con ideas e intereses, algo que los verdaderos profesionales de la política cultivan aunque más no sea por cinismo.

De las inconsistencias que aparecen en estos días las más notorias son las de Eduardo Duhalde. No porque su conducta sea más errática que las del resto sino porque, sencillamente, es el Presidente. Por ejemplo, el 8 de enero de 2002 el caudillo de Lomas de Zamora se dirigía a Carlos Reutemann para renunciar a la presidencia del congreso partidario. Mucha solemnidad en los términos de aquella carta, escrita «en medio de la tormenta»: «Tengo plena conciencia de no llegar a la Presidencia de la Nación de la mano del voto del pueblo argentino sino por la designación de sus representantes en una circunstancia crítica y -espero-excepcional. Este es el marco de legalidad en que se encuadrará mi gobierno que es de unidad nacional y debe ser construido por encima de toda investidura partidaria. Por eso formalmente elevo a Usted mi renuncia al cargo de presidente del Congreso Nacional del Partido Justicialista. Se trata de una renuncia de índole ética y moral». El martes, Duhalde se vio obligado a relativizar aquellos sentimientos: reasumió el cargo de presidente del congreso para dictaminar sobre la interna peronista, respecto de la cual litigará también en los tribunales.

• Reutemann, el receptor de esa nota, también zigzaguea en la pista. Cuidadoso de entreverarse en conflictos internos cuando se trata de su propia carrera, exhibió en las últimas horas un altruismo llamativo en favor de las tácticas de Duhalde, José Manuel de la Sota o Néstor Kirchner. También su epistolario lo compromete (hombres acostumbrados al uso del teléfono, han perdido quizá la dimensión de lo comprometedora que es la letra impresa): el 27 de agosto de 2002, dirigiéndose a Adolfo Rodríguez Saá, afirmó que «creo oportuno que toda convocatoria al máximo órgano partidario sea la culminación de un proceso consensuado entre todos los sectores del justicialismo».

El miércoles compartió la escena con Duhalde para suscribir un acta en la que se desautorizaba lo actuado por otro sector del partido, en este caso el Consejo Nacional. Si algo destaca al congreso partidario que el Presidente y Reutemann convocaron es que no será una asamblea de la discordia. Paso en falso del gobernador de Santa Fe quien, además, se sumó a una facción en el momento menos oportuno desde el punto de vista estético: el mismo día en que el gobierno lo favorecía con dos o tres obras públicas para la provincia. Ayer «Lole» se comunicó con Eduardo Bauzá para trasladarle una inquietud de De la Sota, quien al parecer requiere más tiempo para su carrera. Propuso llevar los comicios para mediados de enero, algo bastante parecido a que no se realicen.

• Anoche Menem y Juan Carlos Romero redactaron una carta en la que, cariñosamente, le advierten a Reutemann sobre la posibilidad de que lo instrumenten, en su buena fe, para una «guerra sucia» dentro del PJ. Le sugieren que podría convertirse, como presidente del congreso de esa fuerza, en el causante de la ruptura del peronismo. Parece desproporcionado cargar sobre los hombros de «Lole» los fantasmas de Evita, Perón, Felipe Vallese y otros «mártires del movimiento», como diría Antonio Cafiero. Pero los norteños, como Menem y Romero, suelen divertirse con estas ironías.

Sin embargo, en materia de posturas poco sustentables -por decirlo con palabras que le gustarían a Paul O'Neill-es José Manuel de la Sota quien más llama la atención. El martes de la semana pasada, en su calidad de consejero del PJ, suscribió un acta en la cual la conducción ejecutiva del partido fijaba el 15 de diciembre para la realización de internas. Fue el propio De la Sota quien alentó esa definición, presentándose a sí mismo como un enamorado de las urnas, una descripción que tenía el mérito de herir a su máximo enemigo, Adolfo Rodríguez Saá, a quien acusaba de querer mantenerse en el poder sin convocar a elecciones.

• En el menemismo esa dualidad causó reacciones diversas. Los más hirientes le atribuyen a Olga Riutort, su esposa, haberle hecho cambiar de opinión al cabo de un sermón destemplado. En cambio Rubén Marín cree que De la Sota pecó por su propia culpa: «Adentro del consejo dijo una cosa y cuando salió comenzó a decir otra, para favorecer a Duhalde». Esta irritación es la que llevó a Marín a firmar, en definitiva, una carta destemplada contra quienes conducen el congreso. Fue dirigida a Reutemann, con quien tal vez iba a componer una fórmula en el caso de que el santafesino se postulara. Sólo una condición puso Marín para suscribir el texto: que no estuviera dirigido a Duhalde, «porque no podemos desgastar a la investidura del Presidente en todo esto», explicó.

Queda para el final el caso de Menem. Escandalizado porque Duhalde manipula el congreso partidario, donde controla la mayoría, casi hay que intervenirlo quirúrgicamente para que se desprenda de una junta electoral compuesta casi exclusivamente por gente de su entorno, ya casi envejecida de mantenerse en el cargo gracias a prórrogas que consiguen Rodolfo Barra y César Arias con una pericia más cercana a la magia que al derecho.

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