15 de agosto 2001 - 00:00

Interna y país

El domingo votaron 50.000 radicales en otra interna en la Capital Federal, uno de sus principales distritos dado que tienen menos relevancia, como partido, en el interior del país. Igual son 50.000 (200.000 si los tomamos como cabeza de familia tipo) contra 3 millones de habitantes de la Ciudad.

Al resto no le interesa mucho que haya perdido Facundo Suárez Lastra, un político joven, simple, sin carisma, pero incapaz de latrocinios. Un producto típico de la política radical, donde se heredan los cargos en la corte vitalicia del partido. «Facundito» es hijo del otrora nunca destacado, pero al menos original, Facundo Suárez en cuanto a encarar la acción política hace años en su Mendoza natal. Es como Conrado Storani en el pasado y actualmente su hijo «Fredi»: no van a llegar alto (en una interna a «Fredi» Storani lo derrotó hasta el rionegrino Horacio Massaccesi) pero van a permanecer viviendo de la política de por vida. Sustituirán carisma por manipulación de comités, captación de «punteros» y todo pagado vía empleos públicos (salvo que desde ahora la Argentina cambie).

El ganador de Suárez Lastra tampoco es atractivo, pero entrará en octubre al Senado y será uno de los más inteligentes, aunque más no sea por el caso del tuerto en el reino... A Rodolfo Terragno, de él se trata, algunos lo llaman «marciano» por sus propuestas esotéricas que escribe y cada tanto cuenta en algún reportaje. Fue dos veces ministro, una de Raúl Alfonsín en Obras Públicas y otra de Fernando de la Rúa en la Jefatura de Gabinete. En ninguna de las dos carteras hizo nada destacado.

Nunca lo han considerado «radical de pura cepa» porque no es hijo de otro radical, no militó siquiera en la juventud y arribó al partido dentro del esquema de teorización que siempre lo caracteriza: dispuesto a elegir partido hace pocos años dedujo que había menos figuras con inteligencia entre los radicales y podía destacarse. Y no se equivocó. Además en la otra opción estaban los peronistas, que son bulliciosos y prácticos -en realidad pragmáticos-y le producían rechazo.

De Terragno no pueden esperarse grandes cosas, menos aún ideas prácticas y normales, pero tampoco latrocinios groseros de los que caracterizan a muchos peronistas cuando obtienen un cargo. Sus teorizaciones o su rótulo de «marciano» lo ganó en 1988, cuando no decía sí o no a la privatización de Aerolíneas Argentinas. A un simple gerenciamiento externo que se estudiaba lo llamaba «elección de un socio estratégico», por supuesto a dedo. No prosperó y le vino bien porque había elegido por su cuenta a SAS y hoy quizá estaría en manos de la Justicia, aunque raramente ésta interviene sobre negociados de los radicales, entre otras cosas porque los peronistas no los denuncian, ya que les gusta que los hagan para poder realizar más tranquilos los propios.

Importa poco si Terragno o Suárez Lastra irán a un Senado que puede ser una obra de terror porque también estarán Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde y entonces es cuestión de ponerse ya en la cola del consulado de emigración a España aunque se vote en octubre.

Lo que verdaderamente preocupa de esta interna radical y su resultado es el país y la posibilidad de que se vuelva a oscurecer nuestra casi única chance en décadas de salir a flote de una vez por todas.

Terragno dice, por ejemplo y para alarmar a todo argentino moderado, que el voto de esos 50.000 radicales a él «fue para reivindicar la Alianza y su programa original». La Alianza fue un engendro meramente electoral para ganar comicios, aprovechando que 10 años continuos en el gobierno desgastaban, evidentemente, a Carlos Menem y al justicialismo, como desgasta el tiempo a cualquier partido que persiste, aun cuando haga las cosas bien.

Además, que Terragno hable de «reivindicar el programa original» de la Alianza suena una humorada porque jamás existió ese plan ni podía existir con fuerzas tan opuestas amontonadas en una poco seria «Alianza». Esta fue la versión moderna e igualmente deplorable de
«la concordancia» de radicales y conservadores cerca de los años '40 o la «Unión demo-crática» de 1946, similar engendro político que aglutinaba desde comunistas a conservadores para tratar de frenar, inútilmente en definitiva, a Juan Perón. Por tradición las «alianzas» nunca han sido útiles en nuestro país.

Sucede que Terragno quiere ser presidente de la Nación en el 2003, algo que le profetizó -sin que sea de mucha valía la profecía-la frustrada política «Pinky». Por eso el nuevo candidato proclama loas a una «Alianza» obviamente destrozada a partir de su incongruencia desde el parto. Si miramos el nivel de nuestros presidentes desde Yrigoyen para aquí, salvo excepciones como Alvear, Perón, Frondizi y Menem, en verdad Terragno, teórico, carente de carisma, «marciano» puede serlo, ¿por qué no? Ya de por sí tiene la virtud de la persistencia que en la política criolla es más importante para llegar o al menos permanecer que la formación, la inteligencia o la visión de estadista.

No importa mucho que haya perdido «Facundito» Suárez Lastra. Sí importa que haya arrastrado en su pérdida a otros importantes que lo apoyaron. Por ejemplo el «Coti» Nosiglia que viajó a La Pampa con el actual jefe de Gabinete Chrystian Colombo -ambos hombres realmente importantes en esta épocahace poco para convencer al influyente senador justicialista Carlos Verna para que el Senado con mayoría peronista votara la más importante ley sancionada en la Argentina en últimos 50 años: la del déficit cero.

Que vía Suárez Lastra y su derrota haya recibido una bofetada un Nosiglia que hoy con sus gestiones aporta mucho a la recuperación del país es penoso para los argentinos. Rodolfo Terragno ha cuestionado a un gobierno que sin duda actuó en forma mala, pero que ahora está haciendo cosas muy buenas para encaminar a la Argentina. ¿O Rodolfo Terragno va a desafiar a los capitostes de la CGT a que presenten sus declaraciones juradas de bienes y dejen de robar, además de intimar a los gremios a paritarias dentro de poco? Esto jamás lo encaró Terragno como jefe de Gabinete. Sí una buena ministro, «la piba» Patricia Bullrich desde el Ministerio de Trabajo y convenciendo de tales audacias al presidente De la Rúa.

¿Terragno se hubiera jugado en sacar una ley como la del déficit cero? Jamás, pero especuló y ganó la interna con el lógico descontento que le trae al que hace sancionar esas normas duras -el gobierno-pero indispensables para el país. De los pocos radicales que lo votaron a Terragno predominaron los jubilados radicales, comprensiblemente heridos por el ajuste pero ¿que les puede prometer Terragno? ¿Pagos abultados con qué? ¿Con el mismo lirismo de «Juampi» Cafiero que propone utópicos planes sociales con dinero que no existe?

No votaron tanto a Terragno, cuyas ideas ni entienden, sino enojados por no recibir lo que el gobierno no le puede dar.

Suena un poco a traición, entonces, lo de Terragno aunque nadie se apiade de «Facundito». No hay limpieza política en ganarse una candidatura aprovechando el momento más difícil y antipopular de su propio gobierno partidario obligado a hacer lo justo, lo ineludible para superar la crisis, aunque obviamente todo sea doloroso.

También el triunfante en la interna radical se lanzó contra la política «de Cavallo». ¿Puede hoy día el gobierno prescindir de Cavallo? Jugando con la fama «de afuera» tenía más asegurada una candidatura frente a esta crisis que Terragno ¿o no? Es otra falacia y juego sucio la de este candidato como también Leopoldo Moreau atacando a Cavallo para ganar la interna bonaerense reciente. La política de Cavallo, además, cuando asumió nunca fue ajustar sino descuidar el déficit y tratar de reducirlo, pero en un conjunto de país reactivado y por tanto con mayor recaudación; no darle importancia a los mercados financieros sobre los que supuso, erróneamente, que se iban a rendir a sus pies apenas mostrara sus vinculaciones en el exterior y esos mercados lo acostaron, le impusieron el déficit cero, a vivir de acuerdo al ingreso, a reducir el Estado, a olvidarse de la tonta teoría del euro afectando la tranquilidad cambiaria.

Esta política en principio sólida que ha encaminado ahora y finalmente el gobierno no es «de Cavallo» sino de una serie de hombres que han comprendido y dado los pasos necesarios con evidente costo político. De Colombo, Nosiglia y Verna, como se dijo; de los senadores que se arriesgaron a lo antipopular que sancionaban, de los gobernadores que apoyaron, de los banqueros que convencieron a sus casas matrices; de una parte del periodismo; del presidente de la Rúa que no comprendió de qué se trataba, pero al menos apoyó las sucesivas propuestas duras.

Esa política, esos hombres que se arriesgaron por el país es lo único importante que ha quedado lastimado en la Capital. Un Terragno que dice no querer estar con «eso» y se apoyó en otro radical de la persistencia partidaria de Jesús Rodríguez dominador de «aparatos» y costoso para el Estado, que hace poco fue descubierto destinando 3.000 planes Trabajar a activistas de la Universidad de Buenos Aires, donde además tienen los radicales más de 10.000 «ñoquis» todavía al margen de toda depuración como viene ahora en el PAMI y la ANSeS igualmente atiborradas de militancia.

En la interna radical triunfó el oportunismo, la no ética partidaria, la posibilidad de reeditar una temible «alianza» y la politiquería más costosa para el erario público que nos llevó al Estado decadente del que ahora queremos emerger.

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