Raúl Alfonsín no se queda quieto, al menos desde que volvió de unas breves vacaciones en Francia. Le preocupa lo principal, su partido, aunque se hizo tiempo para visitarlo a Eduardo Duhalde y trató de disuadirlo de los decretos electorales que lo ponen al borde del fraude. Después, en una sucesión de cenas con amigos del radicalismo -aparte de mencionar que jamás pensó en asociarse con José Manuel de la Sota, aunque no le disgustaba Carlos Reutemann-, detalló su plan electoral.
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En principio, como siempre hay que buscar un adversario (o enemigo, ya que en política la diferencia semántica no existe), ya declaró a Rodolfo Terragno como el rival a vencer. Más que el odio o el desprecio, en rigor lo alienta el interés partidario: sabe que la realización de internas puede movilizar a la UCR, le da vida o sangre a una agrupación en decadencia. Como dice José María García Arecha, «las internas para nosotros son salir de terapia intensiva».
Para enfrentar a Terragno, Alfonsín ya se recostó sobre Angel Rozas, gobernador chaqueño con el que siempre intimó y quien acaba de regresar de Italia. Es el perfil que le gusta y que, además, le permitirá terciar en su propio territorio bonaerense. Allí, Federico Storani ya se inclinó por Terragno, Leopoldo Moreau lanzó su propia e inaudita candidatura presidencial mientras Melchor Posse, otro referente, se pasó a Adolfo Rodríguez Saá. Por lo tanto, aunque no sea por descarte, propone Alfonsín en su distrito a una figura con peso. ¿Qué puede pedir a cambio? Simplemente, ubicar al número dos de Rozas. Y su hombre para ese cargo podría ser un bahiense, ex storanista, llamado Jaime Linares.
• Fascinación
Lo de las internas ya parece fascinar a todo el partido. Provoca revulsión interna y, a regañadientes, implica que cada intendente radical debe llevar gente a las urnas, al igual que sus opositores. Eso revive. La propuesta por Rozas supone una jugada de Alfonsín del interior hacia la Capital, más exactamente de los núcleos más fieles del radicalismo sobre los centros urbanos. Estos, en apariencia, constituyen la base de Terragno, tal vez por su reiteración mediática.
No aparece solo Alfonsín en su movida, ya que hasta descubre adhesiones a la candidatura de Rozas que no le son propias. Caso del santafesino Horacio Usandizaga -parecen ridículas las versiones de que se irá del partido- o del santiagueño José de Zavalía, quien ni siquiera lo consultó al ex presidente para postularse como gobernador. Después, su ejército de siempre, diezmado pero latente.
Aunque por el momento éstos son los dos máximos aspirantes a la nominación, queda pendiente un tercero. Es el gobernador Roberto Iglesias, de Mendoza, al que varios sectores del radicalismo -sobre todo el «federal» que acaudilla el porteño Rafael Pascual- aguarda por si se decide. Pero al margen de nombres, lo cierto es que el radicalismo comenzó a moverse en forma paquidérmica. Es que los atrae un señuelo: como las elecciones irán divididas, hay una expectativa de vida. Es cierto que para presidente y vice, formaciones nuevas como la de Elisa Carrió o Adolfo Rodríguez Saá pueden acaparar caudales no imaginados, eso no ocurrirá cuando se vote para diputados y senadores. En ese momento, perdida la tracción de una figura, comienza a imponerse la máquina partidaria y, en ese aspecto, la UCR tiene más de 100 años de práctica. Técnicas de supervivencia en la selva. Raúl Alfonsín, Rodolfo Terragno y Angel Rozas.
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