«Raza de víboras.» La frase se reprodujo, a pincel, en las paredes. Corrían los violentos 70 cuando, por primera vez, Hebe de Bonafini, al frente de Madres de Plaza de Mayo «tomó» por primera vez la Catedral Metropolitana. Tres décadas después volvió a hacerlo.
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En rigor, fue la cuarta vez que Madres copó ese templo. Pero como nunca antes, Bonafini tuvo como aliada visible y protectora a la Casa Rosada. No ocurrió, claro está, cuando reinaba la dictadura. Tampoco en las ocasiones siguientes: cuando lo hizo contra Raúl Alfonsín o en la era Menem. Ayer, sin embargo, no fue una demanda nacional: la irrupción y permanencia de Bonafini y otras cinco madres de desaparecidos en la Catedral fue una protesta contra el gobierno de Mauricio Macri, que trabó el acceso a recursos girados por Nación a la Fundación Madres.
Por ese motivo, un colectivo de funcionarios nacionales se puso ayer en marcha para, primero presionar y luego negociar con el Gobierno porteño para que destrabe una partida de 3,4 millones de pesos destinados a obras de la Fundación Madres.
En Planificación, la cartera que conduce Julio De Vido -quien no es, por otro lado, uno de los preferidos de Bonafini-, el caso Madres ocupó a un batallón de funcionarios. Incluso Darío Díaz, que funge de enlace entre el gobierno y Hebe, estuvo en la Catedral.
Todo un símbolo. En un solo movimiento, Bonafini incomodó a dos actores que figuran entre los enemigos de la Casa Rosada. Para patalear contra Macri, «invandió» el territorio de Jorge Bergoglio. La titular de Madres se puso, a gusto, el traje de provocadora contra dos rivales de los Kirchner.
Amenaza
El resultado fue inmediato: rehusó cualquier negociación -aunque envió, como delegado, a Sergio Shocklender- con la amenaza de quedarse apostada en la Catedral hasta que, finalmente, le destraben los fondos que retenía el Banco de la Ciudad.
En el tumulto, Gabriela Michetti, vicejefa del Gobierno porteño, reaccionó y habló de «privilegios» de Madres en el uso de los recursos oficiales. El término fue usado por el organismo y el gobierno para descargar sus fusiles contra la dirigente macrista.
Es cierto que en ocasiones tuvo gestos autónomos. Su acompañamiento a Jorge Telerman en contra del candidato oficial, Daniel Filmus, o las críticas recurrentes a los intendentes del conurbano, duhaldistas devenidos en hiperkirchneristas.
Como contracara, tuvo un trato preferencial en la asistencia financiera para sus planes de vivienda. Todavía resuena la queja de piqueteros K respecto de demoras, en algunos casos de meses, en los pagos. Bonafini tiene más suerte: sin tardanza, le depositan los fondos.
Es más: no sólo la política de DD.HH. que inició Kirchner y promete continuar Cristina Fernández satisface a la jefa de la fundación. La asistencia monetaria del gobierno nacional le permitió emprender proyectos inmobiliarios impensados en otros tiempos.
Pero la influencia es mayor. De hecho, mañana Madres de Plaza de Mayo desembarcará en la ex ESMA para avanzar con la reconfiguración de ese complejo militar que fue centro de torturas y detenciones. Tienen su eslogan: «Pintar de vida donde reinó la muerte».
El predio -que «abrió» Kirchner en marzo de 2004- será reconvertido en un centro cultural que Bonafini planea usar para la formación política.
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