15 de abril 2004 - 00:00

Kirchner cree ver a Duhalde camuflado entre la oposición

Hilda Chiche Duhalde
Hilda Chiche Duhalde
"No se ría, señor presidente, de las preguntas de la oposición. La oposición tiene preguntas muy serias para hacer." Eduardo Camaño quedó blanco como un papel después de escuchar, delante de todo el bloque peronista la reprimenda de Hilda Chiche de Duhalde. La diputada y ex primera dama anticipó lo que ocurriría un rato después, durante la sesión en la cual el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, visitaría la Cámara de Diputados para cumplir por primera vez con el ritual de rendición de cuentas que prevé la Constitución.

Inquietante la premonición de Chiche Duhalde, convertida casi en una pitonisa bonaerense. Como si obedecieran sus palabras, los diputados de la oposición le hicieron a Fernández algunas preguntas incómodas sobre operaciones del Poder Ejecutivo que no resultan tan transparentes como se esperaba. Al parecer, Chiche está mejor informada que el propio Camaño, quien debería conocer algunos de esos interrogantes envenenados que le llegaron a Fernández desde las bancas opositoras. Es que algunos de ellos los formuló un amigo de él, el santafesino Alberto Natale, demócrata progresista inquieto por iniciativas ligadas al negocio del gas. El otro inquisidor fue Héctor Polino, quien le enrostró a Fernández una operación con final poco feliz en la concesión del negocio de la firma digital para la administración pública.

• Clemencia

Más despierto que Camaño estuvo su enemigo de siempre, el quilmeño Aníbal Fernández. El ministro del Interior, tan suspicaz como la mujer de Duhalde, llamó por teléfono a varios diputados para solicitarles clemencia con su colega y homónimo. Se dirigió en especial a los peronistas de la Capital Federal, enemistados con el otro Fernández por la reyerta partidaria que lleva adelante con Miguel Angel Toma. La del ministro del Interior fue una falta de respeto por partida doble. Por un lado, resultó peyorativo para Alberto que él ejerciera una innecesaria abogacía delante del bloque oficialista. Por otro, dio a entender que los peronistas porteños son tan torpes como para tramitar en público y durante una interpelación en la que intervienen los opositores, una polémica cifrada como la que los envuelve con el jefe de los ministros.

Aunque, debe concederse, esa pelea es tan enardecida que los diputados porteños debieron aclarar ayer en los corrillos que no eran, obviamente, los autores de los panfletos de baja calaña que se repartieron para agredir al huésped. Hay que pensarlo bien y corregir: acaso fue indispensable que el logorreico Fernández tendiera un cerco sanitario en torno a su compañero de gabinete y de maratones radiales que visitó la leonera del Congreso.

La premonición de Chiche Duhalde se produjo en el mismo contexto que generó precauciones en el Ejecutivo. Cuando ella hizo oír su reproche, Camaño estaba instruyendo al bloque peronista sobre la conducta que se esperaba del oficialismo durante la visita de su principal funcionario. «No hagamos preguntas, es un día especial, está regresando el Presidente a la Capital y el jefe de Gabinete tiene muchas preocupaciones», adoctrinaba el titular de la Cámara, hasta que la señora de Duhalde pidió la palabra, ofuscada: «Señor presidente, yo no necesito que me indiquen cuándo puedo hacer preguntas y cuándo no».

Es posible que los principales funcionarios del Ejecutivo, más allá de los llamados preventivos del ministro del Interior, se muevan con confianza en las aguas del PJ, donde no encuentran más que afecto y subordinación. Pero en el entramado del oficialismo existen también quienes, lo confesó ayer Miguel Bonasso, suponen la existencia de una conspiración permanente. Entre esos seguidores de Kirchner, que se cuentan también en el funcionariado de la Casa Rosada, quieren ver que debajo del agua se ha iniciado una especie de «tercerización» de la oposición por parte del peronismo orgánico, sobre todo del duhaldismo. Por esa razón, estos dirigentes suspicaces leyeron de la peor manera las palabras de Chiche: para ellos la mujer de Duhalde no sabía lo que iba a pasar porque se lo informaron sino porque, en alguna medida, lo produjo.

• Negociación

El clima de sospecha que opaca las relaciones entre Kirchner y Duhalde aconsejaría alguna negociación. De lo contrario, se seguirá multiplicando la interpretación que quiere ver la mano del bonaerense detrás de cualquier agresión hacia el gobierno o una razón inconfesable aun en sus apologías. Si hasta se especula con que el ex presidente sólo se sincerará a partir de 2005, cuando esté envuelto en los fueros de una nueva senaduría que le permita expresarse con tranquilidad. Carpetas de Duhalde que se envían contra Kirchner a través de extrapartidarios. Carpetas de Kirchner que se dirigen contra Duhalde para conseguir su sometimiento. Peligroso clima de fabulaciones, sobre todo si quienes lo padecen deciden pasar a la acción a partir de esas creencias.

En la superficie, Duhalde parece decidido a llevar adelante una sola disidencia: la que tiene que ver con los reclamos de la provincia frente a la Nación por recursos coparticipables. Es la estrategia adoptada por todos los gobernadores peronistas, que consiste en marcarle límites a Kirchner sólo cuando éste muestra tendencias expansivas hacia las demás jurisdicciones. Una postura incuestionable aun para quienes desconfían de la propia sombra.

Antes de partir hacia su retiro de Montevideo, el ex presidente se hizo instruir por Gerardo Otero, el ministro de Economía de la provincia, y por Jorge Sarghini, el antecesor en esa cartera, sobre la discusión actual por los ingresos provinciales. Después ordenó a los diputados bonaerenses que mantengan una reunión con Otero, en la que pueda trazarse una estrategia para contrarrestar con argumentos fiscales la lluvia de acusaciones sobre el conurbano que los bonaerenses sienten como una confabulación en su contra. Una más.

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