24 de febrero 2003 - 00:00

Kirchner, con Scioli, otro paso más lejos de Duhalde

"No voy a hablar con Scioli", dijo Eduardo Duhalde cuando se enteró, por los diarios del fin de semana, de que Néstor Kirchner le había ofrecido al ministro de Deportes y Turismo la candidatura a vicepresidente de la Nación. No es que los Duhalde no estén de acuerdo con la designación. En rigor, tanto al Presidente como a Chiche, su esposa, siempre les agradó el ex motonauta, sentimiento que estimulaban también las encuestas que demostraron el buen desarrollo de Scioli en algunos circuitos del conurbano. Además, el anecdotario del deportista y su mujer Karina Rabollini, prodigado en Chapadmalal durante asados estivales servidos por Felipe Solá, siempre fascinó a la pareja gobernante. Pero Duhalde no intervino en la decisión de Kirchner y acaso lo haga notar.

Detectar hasta dónde se extiende esta prescindencia, que el propio mandatario adelantaba ayer a uno de sus ministros desde la costa, será decisivo para ponderar las perspectivas del gobernador de Santa Cruz. Como sucede con toda opción, el candidato capitaliza en algunos aspectos de la decisión y se priva de otros beneficios. En efecto, Scioli es un personaje relativamente nuevo en la política y para muchos votantes todavía sigue figurando en la nomenclatura deportiva. Hasta su cargo en el gabinete lo refiere a ese campo. Además, quien será casi seguro el vice de Kirchner es un moderado que no abrirá frentes de conflicto con otras fracciones, ni siquiera con el ex presidente. Ese pacifismo le permitió pasar a Scioli desde la militancia menemista a la postulación para integrar el gabinete de Fernando de la Rúa, la alianza porteña con Domingo Cavallo, el Ministerio de Deportes de Adolfo Rodríguez Saá y la función actual en la misma cartera, todo bajo la inofensiva consigna de «lo mío es trabajo, trabajo y trabajo». El santacruceño busca en él la figura ideal para tender un puente a los votantes que gustan de Menem y, al mismo tiempo, emanciparse de un conflicto automático e irreconciliable como el que el ex presidente mantiene con Duhalde.

Hay otros méritos que Kirchner detectó en Scioli. Uno de ellos es la confianza que le tiene su mujer, la senadora Cristina Fernández. Ella y Scioli se conocieron ampliamente en el Congreso, donde además de compartir la bancada peronista de diputados jugaron un partido similar en momentos de estrés, como integrantes de la Comisión Investigadora sobre Lavado de Dinero que encabezaba Elisa Carrió.

Finalmente, otra condición de Scioli se ha vuelto virtud en el juego actual de la política y es la más importante: no es bonaerense. Como Menem, igual que Adolfo Rodríguez Saá, Ricardo López Murphy o Elisa Carrió, tampoco Kirchner quiso contaminarse con la disputa interna de ese sector del peronismo. Tal vez decidió tomar distancia al enterarse de que Duhalde, ante cada interlocutor que objeta la candidatura patagónica, profetiza: «No importa, en seis meses volvemos nosotros». Desde diciembre de 2001 el PJ bonaerense se ganó fama de prepotente, mazorquero y Kirchner sabe que darle la vicepresidencia es tentar demasiado a esa gente. Además, tanta insistencia del Presidente con Roberto Lavagna lo hizo sospechar. Después de todo, también para Kirchner Scioli es todavía un motonauta, alguien incapaz de servir de estandarte a un golpe que lo lleve a la presidencia.

•Virtudes

Si en esta condición territorial radica acaso la mayor virtud del vice que seleccionó Kirchner, es posible que en ella se encuentre también la fisura. Como candidato a completar la fórmula, Scioli no expresa de manera acabada ninguna de las dos condiciones que identifican hoy a Duhalde. No es un emblema de la gestión oficial salvo para quienes, confundidos, creen que la reactivación turística tuvo que ver con alguna política oficial. En este aspecto un Lavagna o un Alfredo Atanasof hubieran aportado un sello más inconfundible. Tampoco Scioli, como se dijo, proyecta sobre la fórmula al peronismo de la provincia de Buenos Aires. Ese grupo político interpretaba desde ayer la designación del segundo de Kirchner como una invitación a hacer su vida: es posible que, ignorados en la fórmula, los caciques del conurbano decidan estar alertas hasta el 28 de febrero, día en que vence la inscripción de listas en la provincia y, una vez «escriturada» por cada uno su candidatura, se desentiendan de la suerte de Kirchner.

¿Habrá inaugurado Duhalde esta tendencia, con su frase «con Scioli no voy a hablar»?

Más allá de las predicciones del gobierno, al Presidente le ha resultado imposible hasta ahora alinear a sus seguidores detrás del candidato predilecto (ni qué hablar del resto del interior del país, que encontró una forma de expresarse en la voz de Carlos Reutemann). Hasta el mismo Duhalde lamenta cierta falta de docilidad de su ahijado: se expresa en la determinación sobre el vice pero también en la negativa a adoptar el equipo de campaña «de la casa» (los brasileños de Duda Mendonça) y en los conflictos que introdujo dentro del gabinete por razones personales y políticas, reclamando inclusive la renuncia de ministros. La adopción de un compañero de fórmula fue una operación también costosa para el candidato: hasta ayer lo habían rechazado Chiche Duhalde, Ramón Puerta y Roberto Lavagna.

Por eso, cubierta la ecuación electoral del oficialismo, todavía es imposible saber cuál es la carrera que se inicia. Si la de Kirchner hacia una etapa más promisoria de su carrera o la de Duhalde hacia el refugio bonaerense al que parece dirigirse con paso cada vez más presuroso.

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