24 de enero 2003 - 00:00

La Capital, un laboratorio para la pelea del peronismo

El primero en reaccionar fue Antonio Cassia, sindicalista del SUPE que milita en el círculo íntimo de Carlos Menem. El miércoles al mediodía, tomó el teléfono, llamó a Chile e increpó a su jefe: «¿Cómo es esto de que acordamos con Duhalde en la Capital? ¿Vamos a entregarnos a Toma, que te mandó preso? ¿Sabés que estamos convalidando la lista de congresales con la que nos van a suspender las internas el viernes?». Menem, desde el otro lado de la línea, intentó tranquilizarlo. «Bueno, fue Alberto Kohan el que estuvo en eso. Pero no se hagan problemas, mañana vuelvo a Buenos Aires y arreglamos todo, tienen razón».

La conversación estaba referida a una anécdota, si se la mira desde la economía más general de las relaciones entre Menem y Duhalde: el mendocino Cassia, con Javier Mouriño a su lado, le reprocharon a Menem haber habilitado un acuerdo por el cual Miguel Angel Toma habría logrado una lista de unidad en la interna peronista de la Capital, al parecer bendecida también por Eduardo Duhalde. La historia del Partido Justicialista porteño despierta tanto interés como la del Socialismo Democrático de Chubut: su lejanía del poder es sideral. Pero como ese partido oficia a menudo como playa de maniobras nacionales, el enredo expone con crudeza algunos rasgos esenciales de la interna global del Partido Justicialista.

•Negociación

En efecto, Toma venía negociando un acuerdo con Kohan, que tuvo su culminación el martes de la semana pasada. Ese día, el secretario de Inteligencia del Estado visitó a Menem con la excusa, altruista, de llevarle una carta del «testigo C» en la que se desmentía la información de «The New York Times» según la cual el ex presidente habría cobrado u$s 10M para ocultar la identidad de los autores del atentado a la AMIA. Fue Kohan quien lo hizo entrar en la oficina del riojano. Cuando la conversación sobre esa declaración se había agotado, Toma comentó que sería interesante lograr algún acuerdo en la Ciudad para evitar las internas. Hasta le sugirió que hiciera desistir de su precandidatura a jefa de Gobierno a Raquel Kismer de Olmos. Menem, como cuando lo consultan sobre un ascenso al Himalaya en ojotas, contestó con un clásico «metéle para adelante».

La cuestión no pasó desapercibida para buena parte de su entorno, sobre todo para los que tienen intereses políticos en el distrito. Tanto que hubo una reunión el viernes en la que Kohan debió defender la posibilidad de un acuerdo con el duhaldismo. Opción bastante incierta si se tienen en cuenta las declaraciones de Menem del último domingo, en las que califica a Duhalde como «dictador». Ayer el supuesto pacto estalló y salió a la luz que, si no expresaba los intereses de Menem, tampoco contemplaba los de Duhalde.

Importa la peripecia porque revela la lógica general de la interna entre estos dos bloques peronistas. Como en la provincia de Buenos Aires, el duhaldismo se apresura en todos los distritos por definir su porción de poder local antes del 27 de abril. No vaya a ser que ese día triunfe Menem y los caudillos de cada feudo deban discutir la porción de torta que les toca embanderados en una eventual derrota de «Lupín». Toma, si se quiere, procedió en la Capital como Felipe Solá en Buenos Aires. Apresuró una definición, aunque de manera más precipitada que el gobernador, que convoca de manera algo grosera a una interna el 30 de marzo para cargos que se discutirán en setiembre. El jefe de la SIDE quiso ser más elegante y propuso un acuerdo de unidad.

Kohan, como en su momento Eduardo Bauzá frente a Eduardo Camaño y Juan Carlos Mazzón, soñó que era posible por un instante suspender las hostilidades. Igual que el «Flaco», que Carlos Corach y tantos otros grandes inválidos de guerra del menemismo, está, si no asustado, cansado de pelear. Toma utilizó esas debilidades para convencerlos de su «lista de unidad», en la que todos los cargos con alguna perspectiva de éxito son para funcionarios del duhaldismo: desde él mismo como presidente del partido, pasando por el secretario de Turismo Daniel Scioli como candidato a jefe de gobierno, el viceministro del Interior Cristian Ritondo como diputado nacional y el diputado Diego Santilli como primer candidato a legislador.

•Costo innecesario

Ayer, en el Hotel Presidente, se discutió nuevamente este pacto. Al mediodía Menem, Juan Carlos Romero, Rubén Marín, Claudia Bello, Kohan y Roberto Monteverde analizaron el cuadro metropolitano. La conclusión que se sacó allí es que, por la ambición de Raquel Kismer de Olmos y su esposo Orlando el menemismo en su conjunto pagó un costo innecesario: el de confundir a sus propias huestes con un acuerdo de fantasía con el duhaldismo, en el segundo distrito del país.

Pero lo que irritó al estado mayor del riojano no fue solamente haber incurrido en este error político, que Duhalde festejó (una vez más les hizo creer que está dispuesto a acordar y les tomó la temperatura, gratis). El acercamiento de Toma, la facilidad para franquear la puerta de Menem y para acordar en beneficio propio, activó la memoria del menemismo «salvaje» de manera horrorosa. Se vieron de nuevo en la escena que creen haber vivido durante los diez años de instalación en el gobierno: la de quienes acompañan en el llano (que ya dos veces fue prisión), soportan el escarnio y la escasez y, cuando se alcanza la cima, ven desconsolados cómo el poder pasa a las manos del verdugo. Con razón o sin ella, el menemismo ultra cree que ésa fue la experiencia que vivieron cuando su jefe decidió promover, en la década del '90, a los José Luis Manzano, los Toma, los Corach, los Domingo Cavallo, los Guido Di Tella. El acuerdo con el jefe de la SIDE de Duhalde les hizo sospechar que ahora, cuando la rueda de la fortuna podría estar volviendo a una nueva altura, la conducta de su jefe podría ser la misma de entonces. Y quieren evitarlo. Paradojas de la política y del odio: a estos menemistas que se expresaron en la voz de Cassia, Mouriño, Bello o Monteverde les pasa lo mismo que a sus adversarios duhaldistas. También ellos miran con espanto cómo, después de servir a una bandera durante más de una década, el comandante los pone a disposición de Néstor Kirchner y Felipe Solá sin siquiera consultarlos.

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