La doble Nelson

Política

Durante más de tres años, Néstor Kirchner demostró lo inaudito: su capacidad para gobernar la Argentina como si fuera Santa Cruz. Parecía dudoso que pudiera domesticar a 40 millones de habitantes con la misma facilidad que dominó a 450 mil patagónicos aislados. Sorprende, inclusive, que el management primario aplicado a un almacén de barrio también sirviera para conducir una cadena multinacional de supermercados. Pero así fue. Tal vez por aquella certeza literaria de que los sucesos de una aldea se reproducen del mismo modo en un imperio.

Lo que no significa, claro, que la gestión omnímoda sobre un diminuto distrito devenga en un ejercicio eficaz de gobierno. Aunque Kirchner puede alegar razonables parámetros de éxito en su estacionamiento sureño de una década. Sin embargo, esa férrea y dominante administración, insular y vertical, que en algunos casos se imagina -al igual que otras provincias- más propia de un antiguo patrón de campo, a menudo ofrece situaciones de perpetua improvisación. ¿Cómo se puede entender que un maestro, en esa provincia, gane por recibo 161 pesos mientras en rigor percibe cerca de $ 2.000 en la mano? Sólo el arbitrio del poder habilita un desfase tan notable, de 1.140%, amén de la formal anomalía por la cual el distrito (el Estado) se permite exigir transparencia al tiempo que practica un ominoso encubrimiento fiscal. No hay empresario privado que se atreva a semejante ordalía, tal vez porque alguien -en diez años- le advierte de esa calamidad.

Es una perla entre otros ejemplos, una aproximación apenas en torno al manejo caprichoso y perpetuo de un gobierno con escasos límites y alejado del centro.Curioso: el mismo sistema, instalado en el mismo centro -la Argentina- pervivió sin tropiezos a pesar de restricciones presuntamente más severas, multiplicación de kilómetros cuadrados, una multitud agigantada de habitantes y una formidable complejidad de intereses. Pero, si faltó cierta seriedad al administrar un departamento de dos dormitorios, no quiera imaginarse el traslado espiralizado de esa falla a un consorcio con varios edificios, al control de una ciudad, a un país.

Allí entonces estalla la conducción única, personalizada, la del protagonista que todo lo puede y, además, ni siquiera demanda de otras inteligencias para su tarea: sin consejeros, ministros, consultas, intercambios -de buena calidad, por otra parte-, el esfuerzo vano de uno solo se disuelve. Aunque por más de tres años haya imperado con ventaja en las encuestas como en Santa Cruz. Para tener en cuenta en el futuro: si más de un historiador se ufana por el gobierno de Kennedy o el de Frondizi, en esa opinión deberá observar que ambos se unifican en un solo punto clave, la cantera masiva de funcionarios y asesores que alimentaron sus cerebros. Tanto que al decir de uno de ellos, el norteamericano Ted Sorensen, «somos la sangre intelectual que bombea al presidente».

Obvio, ese valor agregado no se observó en el gobierno nacional, poco importó hasta hace pocos meses y, en verdad, inquieta por lo que vendrá: parece que él o su esposa se mantendrán en la Casa Rosada luego de las próximas elecciones. Por lo tanto, como diría el empresario Cristiano Rattazzi, de Fiat, hablemos para la Argentina estratégica que vendrá luego de los comicios, no para esta temporada previa de dislates políticos y económicos.

  • Cuatro + ocho

    Hubo dos demonios que Kirchner pretendió eludir desde el inicio: la inflación y la corrupción. No ignoraba que esas cascadas fueron la partida de defunción de varios antecesores. Sin embargo, hoy parece rodeado por ese par de amenazas, una asfixiante doble Nelson (llave mortal en la lucha libre). Fiel a su estilo, habría oficialmente que trasladarle la culpa a un tercero, a un ajeno -como hace Aníbal Fernández con el radicalismo, partido al que le imputa autoría intelectual sobre un extraviado que se robó un camión y lo lanzó contra la casa del Presidente-, pero sólo Kirchner puede responder por ese dúo negativo que lo aprisiona.

    Con el costo de vida se burló del INDEC, primero perforándolo, luego objetando su sentido (por no hablar de los controles que él gusta llamar «plan de estabilización de precios»), definitivamente instaló -contra su propio sentido- la impresión de que no hay guarismos fiables y, por lo tanto, 9% anual del gobierno para el costo de vida es la mitad por lo menos de lo que considera el resto de los argentinos. En riesgo, además, de una aceleración que nadie pondera ni cuantifica y cuyo vértigo, se supone, no debería enloquecer en los próximos meses. Así también pensaba Raúl Alfonsín. En un país todavía sensible donde nadie ahorra -más bien se compran bienes por desconfianza-, el consumo supera a la oferta en diversos rubros (carne, por ejemplo), el Banco Central deja de ser referente de autoridad monetaria por más que acumule reservas (quizás porque se sospecha un destino político para esas reservas), se digita el tipo de cambio y se inunda la plaza de efectivo al tiempo que los incrementos salariales desbordan cualquier expectativa, casi alegremente. Inclusive, hasta parece que la propia Casa Rosada -con la ficción premeditada de apadrinar aumentos formales que sabe son inferiores a la realidad- estimula esa velocidad en contra de sus propios intereses de sosiego. No en balde algunos se han irritado cuando este diario avanzó con el recuerdo nefasto de la carrera del Rodrigazo.

    Se habla de 16,5% con la misma impunidad de 30% (el porcentaje que en rigor más se acerca a lo que obtienen los gremios), como si fuera todo lo mismo. Justo en un mundo en el que el titular del Banco de Inglaterra debe responder a una áspera interpelación por haberse excedido, en el año, en 0,1% de la tasa inflacionaria prevista (se calculó 2%, se permitía hasta 3% y, como se burló ese tope con el 3,1%, por esa décima debe padecer un juicio público). Interrogante y de corto plazo: ¿qué pasará a fin de año cuando la inflación real se haya devorado el aumento salarial? Ya la construcción dejó de crecer por el alza de precios. Ya hay síntomas de desaceleración en general.

    Intimida el recuerdo inflacionario, también otro más reciente: el impacto de presuntas corruptelas sobre la administración. Con la vista gorda del principio, el país -al igual que gran parte de Santa Cruz- no se detuvo en los fondos de la provinciaque viajaron tal vez sin vuelta al exterior, tampoco en la escandalosa retirada de Gustavo Béliz, ni siquiera reparó en la denuncia con dimisión incluida de otro ministro, Horacio Rosatti, quien abandonó Justicia por disgusto con una licitación sobre cárceles. Ni hablar de la partida del gobernador Sergio Acevedo, alguien de la casa, rodeado en su momento por objeciones a la entrega de la obra pública. Hasta allí, silencio. Sólo unos descarriados como los que comenzaron el caso de IBM-Banco Nación en su momento, cuando Domingo Cavallo presumía de todo el poder y parecía que la guillotina no llegaría a uno de sus oficiales más próximos en la entidad financiera.

    Hoy se desacomodó el gobierno: le llueven sospechas por el escándalo Greco y, a pesar de sus solicitadas, se supone que el caso Skanska aportará tela judicial por mucho tiempo. Son dos misiles bajo la línea de flotación cuya onda expansiva -como lo que sucede con la inflación- se multiplicó en forma geométrica por la sucesión de errores del gobierno. Por explicar sin criterio o denunciar a otros como excusa distractiva, sus funcionarios han agravado el efecto retardatario de esos episodios, sea justificando lo injustificable (la firma del proyecto legislativo para avalar el pago de 200 millones de dólares al grupo mendocino), presumiendo de ilustración académica desconocida («hemos superado todas las teorías económicas»), enfrentando a alguien que dispone de más rating que el Presidente (Marcelo Tinelli), incurriendo en declaraciones pueriles (Aníbal Fernández casi todos los días) o aclarando procesos licitatorios que más bien conducen a la duda. Fruto, en general, de apresuradas decisiones o de una cúpula que tal vez revele cierta desorientación. Y a la cual le falta lo que Kennedy llamaba su «brain trust», algo que parecía innecesario en Santa Cruz pero que se vuelve imprescindible para conducir un territorio más vasto. Sobre todo si el matrimonio se quiere quedar otros 4 años más y con perspectiva cierta de otros 8 adicionales.
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