¿Señal a
mercados?
La ministra
Felisa Miceli
encabezó la
columna de
la Corriente
Nacional y
Popular junto
a su esposo,
el «Pacha»
Velazco.
Terminó entusiasmado su tarde, ayer, Néstor Kirchner. Después del acto en la Plaza de Mayo y, mientras cantaba Mercedes Sosa debajo de su balcón, él compartió una tertulia VIP con ministros, gobernadores y algún legislador jerarquizado. Al salir de la Casa Rosada -alrededor de las 18.30-, no pudo resistir la tentación y detuvo su auto frente a los concurrentes que, por un largo rato, seguirían asistiendo al festival.
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Aglomeración alrededor del coche, charla informal y cariñosa del Presidente y sólo una víctima: un señor con muletas que terminó tirado en el suelo por obra de la pequeña y apasionada marabunta.
Era para Kirchner el final de un día demasiado largo y tenso. Primero, por la recepción a los 85 embajadores que lo saludaron en el Día de la Patria. Muchos de ellos estrecharon su mano por primera vez: es lógico, en la Argentina no es el primer mandatario sino el vice o el canciller quienes reciben las cartas credenciales de los representantes de otros países. La ceremonia de ayer compensó ese pasable desaire. Asistieron todos los ministros y se lo vio especialmente inquieto a Julio De Vido: recibía a los extranjeros casi como un presidente en la puerta del salón.
Atravesadas esas aguas desconocidas, todo el gobierno caminó hasta la Catedral Metropolitana para escuchar a Jorge Bergoglio, el cardenal primado de la Argentina. Así como Kirchner dejó de recibir a embajadores, también Bergoglio innova en su reinado: antes era un cura jerarquizado quien predicaba delante de los presidentes en las ceremonias de agradecimiento. Ahora el desafío lo tomó el propio arquidiocesano. ¿Conocía Kirchner de antemano lo que le habían preparado? Hace dos años ocurrió que sí, a pesar de que Bergoglio no había enviado el texto del sermón. Milagros de Francisco Larcher. Si ayer Kirchner no sabía lo que le esperaba, tampoco se lo vio tan preocupado. Más, el sillón que le pusieron, muy superior que la incómoda silla de la primera dama, casi lo hace cabecear un par de veces. ¿Hacía cuánto que el Presidente no se detenía durante un rato a escuchar a alguien?
La visita a la Catedral dio lugar a mucho color oficial. Radiantes, se destacaban dos mujeres: Karina Rabolini y Vilma Ibarra. Daniel Scioli tuvo su momento de satisfacción también. Al salir de la Iglesia, espontáneos bonaerenses lo agasajaban y felicitaban. Parecían sinceros.
Del templo, a la azotea de la Rosada, desde donde la pareja presidencial -ella, la senadora, atareada con su pelo por el ventarrón miró el acto, allá abajo. El escenario estaba montado desde la noche anterior. Si la plaza era de todos, como dijo el Presidente, los palcos seleccionaron al personal oficial. Los ministros que estaban en la Casa Rosada cuando había pasado el mediodía, subieron sin restricción alguna: había hasta secretarios privados junto a Alberto Fernández, Aníbal Fernández, Carlos Zannini, Oscar Parrilli y el resto del olimpo K. Obviamente, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ocuparon un lugar en esa plataforma.
Los que habían decidido mezclarse con el público, como Felisa Miceli (presidió una columna de la Corriente Nacional y Popular de su esposo, Jorge «Pacha» Velazco), debieron subir al escenario alternativo. A propósito de Miceli: ¿No la iban a cambiar por Jorge Remes Lenicov el 25 de Mayo? Ni esa modificación ni el resto del cambio de gabinete se produjo.
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