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11 de agosto 2006 - 00:00

La pesadilla Blumberg

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Juan Carlos Blumberg
Si había alguien que tenía a mal traer el sueño de Néstor Kirchner desde el año pasado, ése era Juan Carlos Blumberg. Aunque, con tino y cuidado, varias veces oficialmente «melonearon» -sobre todo, a través de Aníbal Fernández- al ingeniero cuyo hijo fue asesinado luego de un secuestro. Motivo de la preocupación: la capacidad de Blumberg para convocar multitudes, hecho que se expresó en tres oportunidades memorables. Ahora, el ingeniero se ha convertido en una pesadilla para el Presidente, más que la candidatura de Roberto Lavagna o de Mauricio Macri, las imputaciones de corrupción emanadas de Elisa Carrió o las desavenencias diplomáticas con casi todos los países del mundo.

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Por lo menos, en el corto plazo. Y, como Kirchner es demasiado transparente, casi juvenil frente a situaciones que lo ponen nervioso, la llamada del ingeniero a una marcha sobre la Plaza de Mayo, el próximo 31, lo descolocó al extremo de que, en lugar de continuar en su estrategia de captación, desencadenó una ofensiva para aplastar la figura del protagonista y la convocatoria anunciada. Típico de cierto peronismo, un nuevo desafío para probar -si logra su objetivo- de que puede ser exitosa la política de aniquilamiento. De pronto, Blumberg ingresó a la categoría de los que merecen descalificación y castigo, como si fuera un dirigente más de la oposición. O un periodista.

  • Ofensiva inédita

  • Ya habló el Presidente no sólo para quejarse de los propósitos de Blumberg, considerando que pasó el luto por el hijo muerto o debido a que teme una concentración poco grata frente a la Casa Rosada de la cual es inquilino. Tanta inquietud le ha prodigado ese llamado que hasta él mismo, quien nunca -como probaron algunos investigadores de sus discursos- utilizó la palabra « inseguridad», lo hizo anteayer por primera vez. También, por primera vez, se ha desatado una ofensiva en medios y personeros oficiales para derrumbar la propuesta de Blumberg y a él mismo.

    Por un lado, ceñirlo ideológicamente en un único y deshonroso sector (al menos, para el gobierno): la derecha. Si es posible, también otorgarle una categoría superior y más descalificativa en el rubro por el origen de su apellido. No faltará, por supuesto, algún elemento chismoso sobre la vida personal del ingeniero. El otro flanco a atacar es la profesión futura del ingeniero: dirigente político, candidato a la gobernación bonaerense (aunque ya hace un mes que tiene en suspenso la firma de un acta que lo consagra como aspirante asociado a Mauricio Macri). Para el gobierno, esta sola posibilidad merece descalificarse, aunque siempre ha reclamado mejores y nuevos participantes en la actividad y a pesar de que todo el elenco oficial proviene de ese oficio.

    Habrá, hay en verdad, ya una campaña para desnaturalizarla marcha o protesta de Blumberg por la falta de seguridad en Capital ( asombra el crecimiento en este distrito) y en la provincia, tan sólo porque la preside un advenedizo y ambicioso candidato de la política. ¿Alcanzará ese desprestigio orquestado para restarle consenso a la propuesta del 31 o habrá que incluir al ingeniero en la lista de indeseables que preparan un magnicidio? O, tal vez, ¿no será la hora de que salgan de la penumbra piqueteros díscolos que lancen una contramarcha el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar, con intencionalidad opuesta y beligerante? Demasiados ardides para no enfrentar un problema que es de todos los argentinos.

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