24 de diciembre 2001 - 00:00

La rara jura de un gobierno inesperado

Adolfo Rodríguez Saá tenía dos liturgias posibles para lanzar su gobierno. Podía presentarlo como una gestión de salvación nacional, ajena a la lucha por el poder y solamente enfocada a sacar al país de su dramática emergencia apelando a todos los auxilios políticos y sectoriales que fueran posibles. O, en cambio, podría encarar el desafío abrazado a su grupo más estrecho pensando, antes que nada, en la próxima elección presidencial del 3 de marzo. Y no tanto para competir en ella sino para anularla y seguir viaje hasta 2003, si fuera posible.

El camino elegido por Rodríguez Saá parece ser el segundo, sobre todo si se toman en cuenta las imágenes, fragmentarias y desordenadas, de sus primeras horas en el gobierno. Por la tarima del Salón Blanco, jurando como ministros o secretarios, sólo desfilaron peronistas, en su mayor parte puntanos. Debajo, el público no era más variado. No había empresarios ni sindicalistas, tampoco dirigentes de otros partidos, mucho menos líderes religiosos o culturales.

Novedoso

La novedad de la ceremonia era absoluta, en el más estricto sentido de la palabra. Por primera vez en la historia argentina un gobierno civil reemplaza a otro, de distinto signo político, de manera abrupta. Hasta los detalles estéticos demostraron lo inesperado de la escena: Rodríguez Saá, por ejemplo, no tuvo tiempo siquiera para comprarse un traje y el que usó, gris topo, correspondía a su figura pero con varios kilos menos. La misma improvisación se notó en la demora con que llegaron los ministros al estrado. Tardaron más de una hora, que algunos justificaban en que «hay que redactar los decretos y las actas con urgencia» y otros en que los tironeos de la interna peronista impedían mostrar el gabinete de manera definitiva. Esta situación se hizo especialmente angustiante en el caso santafesino: Carlos Reutemann desautorizó la presencia de dos ministros de su provincia en el gabinete, lo que dejó sin asumir a Jorge Obeid --postulado para la Jefatura de Gabinete-y benefició a José María Vernet, encargado de la Cancillería y del Ministerio de Defensa.

Los demás gobernadores ya se habían retirado del salón y varios aprovecharon las cámaras vacantes para hacer su lanzamiento. En el Salón de los Bustos, junto a micrófono, fueron mostrando sus virtudes uno a uno, como en los vareos previos a las carreras de caballos. La mayoría, desde Néstor Kirchner hasta Carlos Ruckauf, se atribuía las medidas más simpáticas anunciadas por el Presidente, desde la suspensión del pago de la deuda hasta el cierre de las importaciones.

El gentío estaba integrado principalmente por desocupados peronistas, de la línea media, dispuestos a soportar el calor asfixiante y esperar lo que hiciera falta para acceder a los primeros puestos de trabajo del millón que había anunciado «el Adolfo» un rato antes. El retorno a la Rosada les resultaba onírico y hasta el nuevo presidente proyectaba esa sensación: sus emociones parecían verdaderas, desbordantes; no había tenido ese plazo entre la elección y la asunción que permite enfriar los sentimientos.

Ovación

Al cabo de la amansadora, cuando ya eran cerca de las 14, el escribano Natalio Echegaray ingresó con sus mamotretos al Salón Blanco e hizo estallar a la concurrencia en una ovación. Hasta ese momento no se sabía a ciencia cierta quiénes habían quedado y quiénes no en la grilla de los ministerios. Apenas si algún infiltrado había conseguido uno que otro dato de la hermética reunión que se prolongaba en el despacho presidencial.

Más contento se lo veía cuanto menos conocidos eran los colaboradores a quienes tomaba juramento. Es lo que sucedió con Carlos Lusquiños, escudero permanente del nuevo presidente, quien ocupó la Secretaría General y se hizo cargo de la Jefatura por el traspié de Obeid. O con Carlos Sergnese, antiguo ministro de Gobierno y después senador por San Luis. Había un abismo entre quienes sabían que le dicen «Bingo» y que su casa junto a un puente, en la capital de la provincia, se hizo famosa durante la campaña electoral de 1991, y quienes preguntaban si era un extra-partidario. Sergnese recaló en la SIDE, secundado por Héctor Maya, quien ya cosecha la vieja amistad con Alberto Rodríguez Saá, el hermano del Presidente con quien formó un bloque disidente en el «viejo Senado».

Efusivo

Estos nuevos funcionarios tenían al propio Rodríguez Saá como hinchada: él los aplaudía y después se les colgaba del cuello para abrazarlos tras la jura. En cambio Vernet, Daniel Scioli u Oraldo Britos ganaron ovaciones como viejos conocidos y en el caso del primero con jefe de barra y todo. Moisés Ikonicoff sacaba su mano en alto entre la multitud al grito de «Tati-Tati», sin conseguir llamar la atención del nuevo canciller. La de «Iko» es la primera adhesión explícita que consiguió Rodríguez Saá desde el mundo del espectáculo; la otra fue la de Miguel Angel De Renzis, un fanático de Sergnese (por lo menos si se lo mide por la cantidad de veces que lo invitó a su programa de trasnoche).

Las juras tienen el encanto de la información y en la de ayer había mucha, referida a los agitados días del PJ. Entre tantos datos, algunos merecen ser consignados por lo insólitos. Por ejemplo, la pasión con que el fugaz ministro de Economía de Ramón Puerta, Jorge Milton Capitanich, asumió su cargo: se hizo hacer tarjetas de presentación y hasta ubicó el retrato de su mujer, Sandra, sobre el escritorio. O el fanatismo de un jocoso seguidor de Puerta, quien afirmaba a quien quisiera oír: «Ramón hizo el mejor gobierno de los últimos tiempos. Mantuvo la convertibilidad, no aumentó la deuda, no hizo bajar las reservas, cumplió su mandato en término y nadie se queja de la herencia recibida».

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