4 de febrero 2002 - 00:00

La táctica de Duhalde y Alfonsín contra la Corte

El gobierno terminó de definir ayer la estrategia que seguirá en adelante para que por lo menos seis jueces de la Corte Suprema de Justicia presenten su renuncia. El plan fue definido después de aplicar el «método Duhalde» de ensayo-error, como en todas las demás áreas de la administración. Se endilgará a iniciativas parlamentarias independientes, que examinarán a los jueces para acusarlos de manera individual mientras Eduardo Duhalde calla y simula desinterés. Al programa le falta, como suele suceder con el Presidente, un remate: los 2/3 del Senado, imprescindibles para condenar al tribunal total o parcialmente.

Enojado y musitando quejas, Duhalde preparó su discurso del viernes por la noche, en el que se excusó por no anunciar las medidas políticas y económicas que tenía previstas. Recibió el consejo de varios colaboradores, la mayoría de los cuales le recomendó hablar con dureza contra la Corte. Allí estaban Juan Carlos Maqueda, Eduardo Camaño, Soria, Nilda Garré, Vanossi y buena parte del equipo económico. Sin embargo Duhalde se encerró con su principal asesor, el brasileño Joao Santana (es el que le hizo citar a Helio Jaguaribe con aquello de que «la Argentina está condenada al éxito»), quien le recomendó aparecer prudente, aplomado. Raúl Alfonsín lo felicitaría por eso al día siguiente, reunido el gobierno con la dirigencia bonaerense de la UCR en la residencia presidencial.

• Blanqueo

Después de esa aparición pública, Duhalde se reunió con su equipo político: Maqueda, Camaño, Jorge Capitanich, Aníbal Fernández, Rodolfo Gabrielli y Soria. Allí se decidió blanquear al día siguiente, de manera pública, lo que venía realizándose en secreto desde hacía 10 días: una negociación con la oposición radical para voltear a la Corte. De esas negociaciones participaban muy activamente Leopoldo Moreau, Carlos Maestro y Jesús Rodríguez, quienes el jueves por la tarde habían discutido con peronistas del Senado si el nuevo tribunal debía tener 5, 7 o 9 integrantes. En cambio Alfonsín se mostró siempre más renuente a castigar a los jueces: después de todo, es también «su» Corte, la que armó con Carlos Menem en medio del pacto de Olivos.

El grupo permaneció en la quinta hasta la madrugada. Entre otras cosas, los presidentes de las cámaras y los ministros asistieron a la grabación del programa presidencial que saldría al aire a las 9 del día siguiente por la radio del Estado. Duhalde fue allí más duro que en la presentación por TV, rondando la acusación por un «golpe judicial», lo que llevó a Santana a recomendarle que grabe nuevamente. Finalmente, no hizo falta.

• Aspiración

Cerca de la medianoche se cursaron las invitaciones a los radicales para la reunión del día siguiente. La aspiración, obvia: que no se viera la embestida sobre la Corte como un impulso del Ejecutivo sino como una operación del Parlamento en la que estuvieran involucrados también la UCR y el Frepaso. Lástima que la reunión se hizo en la casa del Presidente, en público.

El «gabinete ampliado» que se sentó en Olivos (con Alfonsín, Maestro, Moreau, Rodríguez, Marcelo Stubrin, Darío Alessandro) analizó distintas vías para arrinconar a la Corte. Una, propuesta por el secretario general Fernández y por el presidente de la Cámara baja, Camaño, consistía en jubilar mediante una ley a los magistrados que ya habían iniciado el trámite previsional. Los radicales la descartaron, igual que había sucedido la noche anterior con algunos peronistas a los que le habían sugerido esa estrategia.

A cambio de esa salida, los duhaldistas más rígidos pensaron en que se lleve adelante un juicio político sumarísimo, capaz de liquidar a la Corte en dos días. Se inquietó Alfonsín, quien recomendó «mucha prudencia institucional y adoptar una postura pública conciliadora». Aún así, el ex presidente tributó a la imaginación duhaldista diciendo que «es evidente que Menem está detrás de esto». Es cierto que también hizo una salvedad: «No todos los miembros de la Corte son iguales y algunos deberían ser salvados». Se refería a Gustavo Bossert, tal vez también a Augusto Belluscio (aunque la defensa de este magistrado, se comentó después en lo de Alfonsín, «va a correr por cuenta de Arnoldo Klainer, que tiene más compromisos con él»).

No era una buen sábado el de don Raúl: en otra época, con mayor lucidez y picardía política, no se le hubiera ocurrido pisar la casa del Presidente para planificar con el resto de un Ejecutivo ajeno a la luz del día cómo voltear a otro poder del Estado. Moreau, Stubrin, Rodríguez, tampoco lo salvaron del error. Después de todo, el fallo del viernes también los afectó porque los obligó a ventilar los acuerdos que venían realizando en secreto con el PJ (que llevaron a pensar en una visita de Alfonsín a Duhalde, temprano, el domingo de la semana pasada). Aun así se mostraron prudentes en Olivos. Es decir, no se plegaron a la tesis de suspender a los jueces al cabo de dos días de trámite sumarísimo, como se sugirió desde el ultraduhaldismo.

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