19 de marzo 2003 - 00:00

Las razones de un acuerdo precipitado

El acuerdo entre Ricardo López Murphy y Patricia Bullrich, anunciado ayer, es otra consecuencia de la jugada que diagramó Aníbal Ibarra al precipitar los comicios locales y, de ese modo, evitar que sus adversarios puedan hacer pie en su distrito una vez librada la batalla nacional por la presidencia de la Nación. Quien quiera constituir una fuerza parlamentaria en la Ciudad, sea en el nivel municipal o en el del Congreso, deberá definir sus listas antes del 18 de abril. Las alianzas se realizan con mayor premura: antes del 8 deben estar selladas. López Murphy está entre quienes, con un destino promisorio entre los porteños, piensa cosechar un racimo de diputados y legisladores cuando termine su promoción a la presidencia. Pero tener que definir por adelantado con quién se asociará para ese empeño necesariamente lo desfigura, lo encierra en una opción y lo hace prescindir de otras, en un momento del proselitismo en que nada debe despreciarse.

El balance, que anoche habrá realizado como buen economista, da un saldo matizado: acaso se le escapen algunas adhesiones, pero habrá ganado que un candidato a jefe de Gobierno le conceda los tres primeros candidatos a diputados nacionales (de allí hacia abajo, compartirá la «sábana» con la Bullrich, uno a uno) y también una distribución igualitaria en la lista de legisladores porteños, en la que Bullrich se reservó los dos primeros lugares.

Los nombres para encabezar esas dos ofertas parecían definidos ayer: Martha Oyanharte como primera diputada nacional, María Eugenia Estenssoro como primera legisladora local. Estenssoro es la mujer de Haroldo Grisanti, con quien la candidata a alcalde tuvo una relación estrechísima siendo diputada nacional. Tiempos de discusión postal en los que Alfredo Castañón iba y venía desde el Correo hasta el Congreso para abastecer su guerra contra Alfredo Yabrán. Grisanti, al parecer, sigue ejerciendo el mismo rol: sponsor.

• Rechazos previos

Hubo varios rechazos antes de que López Murphy apostara a una alianza con la Bullrich. A él mismo lo desairó Mauricio Macri (de vuelta el correo), y él, a su vez, interrumpió negociaciones con Enrique Olivera. En la selección gravitaron cuestiones de física electoral, pero también afinidades y repulsas personales. Si fuera por el candidato presidencial, Macri sería el candidato más aceptable para una asociación, aun cuando el titular de Boca siga concurriendo al despacho de Eduardo Duhalde con más frecuencia que la publicitada. Pero Macri se ha fijado un criterio difícil de llevar a la práctica para su carrera: «Quiero llegar como independiente, pero asumir como peronista», le dijo a Miguel Angel Toma. La asociación con el PJ es incompatible con López Murphy, quien pedía un pronunciamiento en su favor como contrapartida para su bendición local. ¿Sigue abierto el canal de comunicación? La foto con Bullrich ¿es más que un «apriete» a Macri para que entre en razones? Incógnitas que anoche nadie despejaba del todo al lado del jefe de Recrear. Algo hay de cierto: Macri comenzó a temer por su éxito con López Murphy, bendecido hoy por los porteños, en contra.

Si el candidato a presidente coqueteó con el titular de Boca, también Bullrich buscó otras cotizaciones en el mercado. El sábado por la tarde, se aproximó a Rafael Bielsa, a quien le ofreció la Vicejefatura de Gobierno. La invitación sigue en pie. Ambos están unidos por un pasado similar de militancia en el PJ de izquierda y, además, por las contradicciones emocionales que siempre les produce el recuerdo de Rodolfo Galimberti. Cuando López Murphy se enteró de estas excursiones, suspendió las negociaciones y desconectó el teléfono durante todo el domingo. Recién el lunes volvieron a tomar contacto José María Lladós (L. Murphy) y Jorge Velazco (Bullrich), los dos representantes de los candidatos. No hay que menospreciar, como tal vez hizo Enrique Olivera, las afinidades de quienes se asociaron ayer. Durante la gestión de Fernando de la Rúa, Patricia Bullrich fue tal vez el sostén más fuerte que encontró López Murphy para llevar adelante su severo programa económico. Los dos fueron víctimas de lo mismo: el levantamiento del radicalismo bonaerense en contra del Presidente. Hubo otro delarruista en aquella hora, que también ahora los une: Fernando de Santibañes, padre espiritual de un grupo de jóvenes que ahora orbita alrededor del economista. Allí están Lautaro García Batallán, Hernán Lombardi, Darío Richarte. Por eso anoche, desde las proximidades de Olivera, los radicales ortodoxos hacían rechinar los dientes y repetían: «Finalmente, Ricardo optó por los 'sushi'».

Suena frívolo, superficial el reproche. Aunque cobije una verdad profunda. El círculo juvenil que alentó a De la Rúa tiene por el radicalismo clásico el mismo desdén que se puede encontrar hoy en las inmediaciones del candidato de Recrear, donde gravitan Manuel Solanet, Alejandro Paz, Juan José Urquiza, Carlos Balter, es decir, conservadores para los que la UCR inspira la misma irritación que producía en sus abuelos durante los años '30. «Olivera es De la Rúa», decían ayer para justificar su rechazo de una alianza con el ex titular del Banco Nación, sin advertir que a la asociación que acababan de sellar sólo le falta el auspicio de Shakira.

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