Los enigmas de Taiana: Washington y Caracas
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Jorge Taiana
• Lo cierto es que el secretario de Legal y Técnica apuesta a Rafael Follonier, actual viceministro del Interior (secretario de Provincias), quien acaba de regresar de un viaje a Venezuela al que fue especialmente invitado por Chávez. Las relaciones bolivarianas de Follonier son tan viejas como su militancia en la izquierda ultra de los '70, antecedentes que no sólo lo acercan al canciller caribeño Alí Rodríguez -otro conocido de De Vido, pero por haber administrado PDVSA- sino que le hicieron ocupar un lugar especial en el palco de la anticumbre. Allí el segundo de Aníbal Fernández se cubrió del frío detrás del poncho de Hebe de Bonafini. Para el clima político que impuso la designación de Nilda Garré en Defensa y de Taiana en Cancillería, ese solo gesto mejora el currículum. Claro, nadie asegura hasta ahora que Kirchner quiera, como Zannini, aplicarle a su hermandad venezolana un pegamento ideológico que complique aun más la relación con los Estados Unidos. Por eso tal vez se imponga, involuntariamente, Aníbal Fernández, quien pretende retener a Follonier a su lado como secretario de Provincias.
• A propósito del vínculo con Washington, la Embajada en esa ciudad es otra de las incógnitas que debe despejar Taiana. José Bordón logró el milagro de indisponerse, al mismo tiempo, con el gobierno al que representa y con el gobierno ante el que ejerce esa representación. De Kirchner lo aleja su vínculo con Lavagna, quien fue su padrino para que llegue a la Embajada. Del Departamento de Estado lo distancia el malestar de Tom Shannon, el subsecretario para el Hemisferio Occidental, que se confiesa engañado por Bordón porque «me llevó a un almuerzo con Cristina Kirchner, en plena campaña electoral, para hablar de la cumbre y después todo terminó en una ofensa para los Estados Unidos».
• De Vido, que acaso atraviesa su cenit en el firmamento K, acaso sea decisivo también en el destino de Bordón. El lunes el ministro viaja a los Estados Unidos para exponer en el Council of the Americas, un esfuerzo para mejorar su imagen y la del gobierno ante esa platea. Basta relevar dos o tres datos del contexto de este viaje para advertir lo que De Vido se juega con él: como consignó ayer este diario, en sólo 15 días George W. Bush y Roberto Lavagna mencionaron la palabra «corrupción»; al parecer, los dos usaron la misma fuente, un informe del Banco Mundial sobre «cartelización» en los precios de la obra pública. El gobierno quedó paralizado con estas observaciones, sin siquiera atinar a explicar que los sobreprecios de los contratos se podrían deber, entre otras cosas, a las expectativas de inflación que el propio Lavagna vino generando con sus políticas. Hasta ahora las acusaciones de Bush y Lavagna no tuvieron respuesta. Tal vez la tengan en el Council. Sería lógico pensar que a algún norteamericano se le ocurra vincular, más por afán ideológico que por puritanismo, esas imputaciones con el nexo bolivariano del gobierno argentino, que administra De Vido.
No hay que ser muy avispado para advertir las expectativas que De Vido, y el gobierno, han depositado en este «road show», plagado de empresarios y destinado no sólo a despejar sospechas, también a explicar los cambios que introdujo Kirchner en su gabinete el lunes pasado. Por eso hay que prestar atención a un detalle: el ministro confió la organización de la travesía a Héctor Timerman, el cónsul en Nueva York, y no a Bordón, el ex delegado de Lavagna. Y, tal vez, ex embajador.




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