13 de abril 2004 - 00:00

Los intendentes, en "alerta y movilización" por Arslanian

León Arslanian
León Arslanian
Así como Néstor Kirchner padece al G-7 en cada discusión con el FMI, Felipe Solá tiene su propia cruz: el G-23. Los miembros de ese grupo no son jefes de Estado que se reúnen en ciudades sofisticadas; tampoco, un bloque de países en Naciones Unidas. Más modesto, el «grupo de los 23» está integrado por los intendentes peronistas de la 1ª y 3ª sección electoral del conurbano, que han decidido comportarse como un bloque político, deliberando en la Capital Federal una vez por semana. Esos alcaldes, que se reunieron hace siete días para discutir una estrategia frente a lo que suponen un avance de la Casa Rosada sobre sus feudos, volverán a hacerlo hoy, como si ya se hubiera verificado su pronóstico. En efecto, entre la dirigencia media del Gran Buenos Aires se interpreta la designación de León Arslanian como una especie de intervención acordada sobre una porción tan importante de la política local como es el área de seguridad.

«Que pongan a alguien peronista y no a uno de esos garantistas que cobran y se van, denunciando que las mafias no los dejan hacer nada», se quejaron los intendentes el martes de la semana pasada, mientras elaboraban un petitorio para acercarle a Solá. Un día después, se les contestó con la designación de Arslanian, decidida en la Casa Rosada más que en la residencia platense. Hasta ayer por la tarde, alimentaban su paranoia: nadie los había invitado a la asunción de Arslanian, hoy a las 10.45.

En rigor, los fantasmas de los alcaldes con el nuevo orden de cosas impuesto por Kirchner en el distrito se agitan por viejas razones. Todos recuerdan que Eduardo Duhalde no se deshizo del nuevamente ministro porque se lo pidiera Carlos Ruckauf en medio de su frenética campaña del «meta bala». «Eso habrá sido la excusa, pero 'Negro' lo echó cuando 'el Armenio' quiso remover a los comisarios de todas las departamentales y reemplazarlos por civiles», recordó ayer delante de este diario uno de los conjurados de esta tarde.

Los intendentes suponen que Arslanian volverá con esa iniciativa, ahora con el aval de Kirchner. Y recuerdan que fue él quien lanzó la acusación de que cada jefe de una ciudad importante se alimenta de un desarmadero de autos. En definitiva, el G-23 teme que en cada comuna se instale a un jefe de policía civil que como principal objetivo se proponga investigar al titular de la municipalidad para ganar fama de implacable con la corrupción. Es lo que sucede tantas veces con estas empresas de saneamiento: resulta más fácil mostrar rendimiento desatando una interna política que apuntando contra las redes delictivas.

• Víctimas secretas

Sin embargo, quienes conocen íntimamente la estructura de poder provincial afirman que no son los intendentes los que se verían más perjudicados con el regreso de Arslanian. Sus víctimas secretas estarían en la Legislatura bonaerense. Allí hay dos legisladores que hace tiempo se han constituido en puente entre la política y el aparato de seguridad, sobre todo influyendo en designaciones, ascensos y destinos policiales. Uno es el senador Horacio Román, representante de Morón, a quien desde hace años se considera una especie de subjefe informal de la Policía Bonaerense, a través de sucesivas administraciones. Román preside la comisión de Seguridad del Senado, pero últimamente ha enfriado su relación con Duhalde, quien está dudando de incluirlo de nuevo en las listas provinciales del año próximo (más allá de cualquier discurso reformista, en el duhaldismo las bancas las otorga el jefe, claro, tarea que se resume con el verbo «pagar»).

El otro blanco de Arslanian es el diputado Juan Garivotto, presidente del bloque de diputados duhaldistas. Seguidor a ultranza del ex presidente, Garivotto es hoy el hombre clave del titular de la Cámara, Osvaldo Mércuri. A este marplatense lo tienen apuntado en el club de los garantistas: fue quien salió a contestarle a Marcelo Saín la acusación de que «la dirigencia política bonaerense se financia con el delito a través de la Policía». Saín era, hasta decir esa frase, el viceministro de Seguridad de Juan Pablo Cafiero. Lo echaron por orden de Duhalde, el jefe de Garivotto, sin que Cafiero ofrezca su renuncia (la ofreció después, cuando Solá lo echó a él para poner en su lugar a Juan José Alvarez).

El retorno de Arslanian se mira con recelo en todo el entramado duhaldista, por más que haya sido el propio Duhalde uno de los factores de su elevación. También en la Policía se esperan reflujos, por ejemplo, el del comisario mayor Julio Frutos, jefe de la departamental Quilmes y alejado de la fuerza cuando le dirigió una carta abierta a Duhalde diciendo que las reformas que él promovía en la Policía eran «gatopardistas» (es decir, destinadas a simular un cambio para que todo siga igual). Frutos fue uno de los niños mimados de la gestión Arslanian y promete ahora volver con el cuchillo entre los dientes, acaso a la Secretaría General de la fuerza. Como se ve, nadie sabe todavía qué lugar les harán a los reclamos de Juan Carlos Blumberg y la multitud que lo acompañó el 1 de abril en este ida y vuelta de vencedores y vencidos.

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