Los Kirchner temen inhabilitación
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En la previa del 1 de mayo, la CGT marcha contra el Gobierno con reclamos por cierre de fábricas
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La CGT anticipó que analiza una medida "mucho más fuerte" después de la marcha del 1° de mayo
El tercer elemento es la naturaleza del sistema presidencialista, que les pone en todo el mundo restricciones a los políticos, por ejemplo, el límite de reelecciones, cláusulas que impiden el nepotismo (existen en muchas provincias argentinas y en muchos países del mundo). Se imponen estas medidas porque el poder que le da el sistema a un presidente es tan grande que hay que recortar sus facultades. No ocurre eso en sistemas parlamentarios, en donde los jefes de gobierno pueden repetir los mandatos sin límite alguno. Es porque el pueblo elige legisladores que juntan mayoría para formar gobierno; es decir, no eligen a una persona sino a un partido.
En un régimen presidencialista, se elige una persona con sus afectaciones (se le exige edad mínima, nacionalidad, rentas, no tener inhibiciones personales, a veces se ha pedido un credo determinado). Una de esas afectaciones es la que surge del estado matrimonial, que convierte, para bien o para mal, a dos personas en una sola.
Desde la antigüedad, los sistemas políticos que aspiran a la igualdad han intentado reprimir ese tribalismo que es el nepotismo que instaura a los propios en el poder por el solo mérito de pertenecer a la grey. Los papas designaban sucesores a sus sobrinos (nipotes), que muchos presumían eran sus hijos; en los regímenes militares se llegaba a un ministerio por ser coronel; en una democracia, por pertenecer al partido ganador. Pero el extremo de imponer a los familiares en el poder reduce las costumbres a la escala más baja del engreimiento (presunción de ser más por pertenecer a la grey). El nepotismo transmite la señal más perversa a la sociedad: que sólo se puede tener poder si se es parte de la familia del poder. No es exclusivo de la política tampoco el nepotismo, en un país que cada diez años pulveriza su moneda, su economía y su sistema político. Habrá que creer que hay fuerzas oscuras que para asegurar el dominio de ciertas castas promueven esos cataclismos decenales en la Argentina. Así como hay presidenta por ser la esposa del antecesor, hay hijos que son legisladores por el mérito simbólico de sus padres (la veterana Norma Bidegain, hija del ex gobernador de Buenos Aires; los jóvenes Victoria Donda o Juan Cabandié, hijos de desaparecidos). ¿Mérito?
Seguramente no porque esa tragedia que vivieron no los capacita. Pero se los premia por pertenecer a una grey, como los sindicalistas hijos de sindicalistas que nunca barrieron una vereda (el niño Víctor Santamaría, portero simbólico), nunca vendieron una póliza (el niño Valle, del sindicato de corredores de seguros) o jamás manejaron un camión (el niño Moyano, segundo de papá en el gremio de los camioneros). Alguna vez habrá que pedirle al dirigente sindical que pruebe que en algún momento desempeñó la actividad a la que representa.
La novedad del planteo la aportan esta vez los Kirchner mismos: nunca antes un partido había estado dominado tanto por un mandatario; nunca se había designado a dedo a un cónyuge como sucesor (lo había hecho Perón cuando eligió a Isabel, pero como vice).
También son novedades que en la Argentina se eliminó la cláusula de no reelección y que el actual gobierno aplica una aspiradora de unitarismo que choca contra la tradición federal del país: acumula recursos no coparticipables, captura facultades de municipios y provincias, renacionaliza el sistema fiscal, educativo y de seguridad. En suma, un panorama que abre el debate -viejo en la Argentina desde 1816- sobre los daños de la suma del poder público.



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