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Algo similar logró la ley Menem que cabalgó el entonces diputado Jorge Rodríguez -un hombre que venía de la ciencia, era genetista, una rareza si se compara ese antecedentecon los de otros que ocuparonesa cartera-. Logró sentara radicales e independientespara hacer votar esa norma que le puso letra a una tendencia internacional de la descentralización de los sistemas educativos.
Alfonsín quería terminar con la herencia recibida de los gobiernos militares, recortada sobre el patrón del clericalismo que dominó los ministerios de Educación desde 1976. La tumba de su gobierno fue un hecho político inolvidable, la famosa Marcha Blanca de docentes que le organizó desde la oposición el peronismo. El alfonsinismo venía de perder la conducción de la CTERA ( federación de gremios educativos) de Wenceslao Arizcurren en manos de la Lista Celeste de Mari Sánchez, estrella del peronismo renovador de aquellos años. Esa manifestación opositora reflejó el momento de mayor fuerza del gremialismo docente en su historia. Fue la cara política de la otra crisis que derrumbó a aquel gobierno, la económica.
Menem percibió que la ola desreguladora de los 90 empujaba hacia la descentralización de los servicios, un modelo eficaz en muchos países que trasladan las decisiones financieras y curriculares a los niveles provinciales y municipales (Estados Unidos es el modelo). Una educación descentralizada implicaba además, para el cálculo político, un sindicato descentralizado y desactivado como para organizar protestas como las que había sufrido su antecesor.
Con los mismos protagonistas que Alfonsín -los pedagogos línea Flacso, radicales, peronistas y la Iglesia- dedicó varios años a construir la Ley Federal que ahora tambalea. Atacó instituciones como los «grados» escolares e introdujo palabrejas como « polimodal» que por su sola cacofonía las rechazaron padres y maestros. Este gobierno, que hace correr ferrocarriles a pérdida -porque sabe que despiertan la nostalgia del ciudadano de a pie que los identifica con algún progreso pero más con el tiempo pasado que fue mejor-, reflota ahora el «sexto grado» que hace llorar a las madres. Como los trenes.
Menem gozó en el último tramo de su gestión de un sindicalismo pulverizado, contrapartida de un ministerio vaciado de poder y de funciones. Un regalo para un presidente que siempre administró en el tumulto y a contrapelo de la opinión de los sectores medios.
Sobre el final, el riojano cayó en la trampa adonde lo condujo su ministra Susana Decibe. Como el eje de la Ley Federal -el envío de fondos de la Nación a las provincias para habilitar las nuevas modalidades- fracasaba por las tribulaciones financieras que siguieron el efecto Tequila y sus corolarios, a la ministra se le ocurrió la creación del Impuesto Docente a los vehículos.
Era la solución que imaginó para un nuevo round de aquella Marcha Blanca contra Alfonsín, la Carpa Blanca contra los gobernadores que armó el sindicalismo frente al Congreso -allí radican los representantes de las provincias-. Era en los estados donde se incumplía la aplicación de fondos (o faltaban desde Nación o los distraían los gobernadores) y una ley remediaría esa crisis que deterioraba la ley «federal».
Ineficaz como tributo y odioso como concepto, ese impuesto fue el emblema de otro fracaso educativo. Decibe creía que le iba a regalar a Menem la solución de un problema que en realidad no era del gobierno nacional. Equivocó el objetivo y, peor, la solución.
La ley «federal» quedó acuñada, como canta hoy el sindicalista Yasky cuando elogia el proyecto Kirchner, como el mejor ejemplo del modelo «neoliberal», que por fracasada, acentuaba la «exclusión» y el descompromiso de la Nación con un tema central como la educación. ¿Estaba el mal en el modelo? Seguramente que no, pero sin los fondos para pagar esa transición también se perdió esa promesa.
Al asumir la Alianza, levantar esa carpa se convirtió en el primer objetivo de gobierno. Aún hoy, Fernando de la Rúa se lamenta de haberse gastado en el primer mes de su gestión u$s 400 millones en «pagar» el levantamiento de ese símbolo de la protesta que, no olvidar, él mismo había halagado con visitas de campaña. Fue el primer round del desmoronamiento de su gestión.
Con Kirchner reaparece la ilusión de cambiarlo todo. Daniel Filmus -que había sido ministro de Educación de Carlos Grosso en la Capital Federal y después asesor de Jorge Rodríguez en el Ministerio de Educación- se disfrazó de transversal y posnoventa para alentar, con el mismo amor y la misma lluvia, la revisión del pasado que ayudó a construir.
Lo ayudó esa ideología neorromántica que emplea el gobierno para ganar adhesiones cuando cultiva el elogio de la multitud como protagonista de la historia (el Presidente «habla» desde el púlpito con el pueblo, y con nadie más). El proyecto que se presentó ayer, escrito por los mismos asesores que vienen de la ilusión alfonsinista de los 80 y los mismos peronistas, además de los mismos pedagogos, busca prosélitos en que le dará al Ministerio de Educación nacional -hoy un «raviol» en el organigrama del Estado- un rol protagónico. Es decir, más poder para el ministro. También encanta a los sindicalistas, que se cuelgan a la ilusión de pasar de una federación de sellos provinciales a ser el sindicato más grande de la Argentina y ahora con más poder. El sistema nuevo alienta la centralización de los servicios, busca alimentar esa quimera que designa como «identidad nacional» (una antigualla que sólo produce muertos cada vez que se la enarbola). En suma, un sistema en el cual el manejo del dinero y de los proyectos vuelve al palacio Pizzurno (hoy Sarmiento) y al sindicato docente. Un sueño peronista.



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